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En justificación y descargo del cabrón de Miguelito

Miguelito había nacido cansado. Al menos eso decía, o más bien vociferaba a cada momento su santa madre. La madre de Miguelito descrita por una persona educada habría sido una mujer con carácter. Pero Félix Rodriguez de la Fuente habría descrito, usando su voz más admirativa y tensa, como una alimaña sin paliativos. La buena señora se deslomaba de sol a sol; limpiando sobre limpio, ordenando sobre ordenado, a veces cocinando sobre cocinado. No paraba ni un minuto y terminaba los días agotada. Su comportamiento no era obsesivo como se podría esperar de una persona así, qué va, su constante actividad era un simple acto de desprecio: para poder decir con la cabeza bien alta lo muchísimo que trabajaba ella y poner así de relieve la vaguería y estulticia que imperaban en el resto del mundo. Sus contadisimos ratos de ocio los dedicaba a dos cosas fundamentalmente: a gritarle a Miguelito (su marido hacía tiempo que había tirado la toalla y se había muerto, de un infarto como no podía ser de otra manera) y a tejer junto con alguna de sus vecinas, una red de maledicencias de proporciones fractales. Con semejante progenitora, llegó el momento en que ante Miguelito se abrieron dos únicos caminos a seguir: el primero consistía básicamente en volverse majareta y, un buen día agarrar un cuchillo de cocina mellado y soltando espuma por la boca apuñalar a la vieja hasta que cerrara de una vez por todas el nido de mierda que tenía por boca. Pero como Miguelito había heredado alguno de los genes prácticos que tenía su padre (que era contable) eligio el segundo camino que consistia básicamente en pasar de todo. Mientras estaba en su casa, su posición natural era la horizontal. El cansancio mental que le provocaba ver a la arpía afanándose de aquí para allá a todas horas le impedía cualquier actividad, incluso leer un libro o ver la televisión. Aunque su inactividad no era achacable exclusivamente a ese cansancio existencial. Más bien era una suerte de método de autodefensa que fue desarrollando y perfeccionando con el paso del tiempo desde que había escogido el camino del pasota. Su estrategia era la de cualquier animalillo pequeño y vulnerable en una situación extrema: pasar lo más desapercibido posible. En los oscuros y enrevesados pasillos de su mente, allí donde anidan los sentimientos y las emociones más viscerales las puertas se fueron cerrando una tras otra. Y un buen día, sin saberlo siquiera tiró la llave. Con la inteligencia emocional encerrada y olvidada, otros procesos mentales ocuparon su lugar. Con el tiempo la mente de Miguelito fue capaz de trazar con precisión de tiralíneas el camino que va desde el deseo a su satisfacción, derribando o sorteando impecablemente los obstáculos que van una cosa a la otra sin importarle demasiado las implicaciones morales de sus actos y quién se vería perjudicados por ellos; y todo imprimiendo el mínimo esfuerzo. Miguelito se transformó en un hombre sin moral. Sin embargo pasó algún tiempo antes de que eso se hiciera evidente.

Como a todo el mundo en esta vida (excepto a los herederos profesionales), a Miguelito le llegó el momento de ponerse a trabajar. El dudoso honor de lanzarlo al mundo laboral les tocó en suerte a los antiguos jefes de su padre. Hay gente a la que le toca la primitiva; a esos buenos señores les tocó Miguelito. Su padre había sido un buen trabajador: callado, poco problemático, serio y efectivo en su labor; alguien en quien siempre se podía confiar. Sus antiguos jefes adoptaron alegremente al huérfano sintiendo que le devolvían un favor a un viejo amigo. Al principio no se arrepintieron de su decisión. El hijo era tan callado, tan serio, tan efectivo y tan gris como el padre. Sin embargo un día todo cambió; y la culpa la tuvo una estrella del rock. Estaba Miguelito un día tomando un café durante el descanso del trabajo cuando algo llamó su atención. En la televisión se veía un aeropuerto y un pequeño avión a reacción del que descendía a duras penas, acosado por sus fans y rodeado por sus escoltas un cantante de moda. A Miguelito siempre le había traído al fresco la música fuera del género que fuese. Fue el avión lo que llamó su atención; y se preguntó cómo se sentiría un hombre al tener su propio avión. Con el último sorbo de café se propuso comprobarlo. Para cuando pagó el café ya había trazado un plan. Y a partir de ese mismo momento se ocupó en llevarlo a cabo.

Sus jefes se dieron cuenta pronto de que su trabajo había dado tanto un salto cualitativo como cuantitativo. Tan callado como siempre, de vez en cuando se permitía hacer certeros comentarios que tras su aparente sencillez revelaban una gran efectividad en beneficio de la empresa al ser llevados a cabo. Poco a poco le fueron encomendadas labores de más responsabildad y complejidad hasta el punto de que llegó a hacerse imprescindible y estar más cerca de los jefes de lo que lo estaba ninguno de sus compañeros. Apoyándose en su nuevo estatus que le proporcionaba cierta inmunidad pasó a dar una vuelta más de tuerca a su comportamiento y a parasitar labores que otros llevaban a cabo. Los pocos que se atrevieron a denunciar ese comportamiento eran brutal y rápidamente desacreditados. Los dueños de la empresa lo achacaban todo a envidias internas; era comprensible, máxime viendo cómo medraba su negocio impulsado por los toques de geniales de Miguelito. Y siguieron así de ciegos hasta que un día se encontraron en la calle, con cara de idiotas y con una mano detrás y otra delante.

Con el tiempo Miguelito llegó a controlar, con su efectividad de máquina bien engrasada todos los procesos de control y gestión de su empresa. Hasta tal punto era así, que los dueños a veces se preguntaban qué hacían yendo todos los días a trabajar. Una tarde, cuando todos los empleados se habían marchado a casa, estaban barajando la posibilidad de elevar a Miguelito a la categoría de socio cuando éste entró en el despacho y, tan serio y mesurado como siempre les dio a leer un fajo de papeles. Sus expresiones pasaron de la sonriente tranquilidad al estupor y del estupor a la rabia. Esos papeles demostraban que, en algún momento durante esa semana habían vendido a Miguelito su empresa, sus casas, y hasta los Scalextric de sus nietos. Todo estaba firmado por triplicado de su puño y letra. No había posibilidad de error. Poco despues un par de guardias de seguridad recien contratados ponían en la calle a dos ancianos que ya no tenían nada. Uno de ellos se suicidó esa misma noche, el otro vivio muchos años en un psiquiátrico, desquicidado y gritando día y noche lo cabrón que era Miguelito. Mientras tanto Miguelito se arrellanaba en el sillón principal del gran despacho y soltaba un leve suspiro de satisfacción. Sin embargo no sonreía, aún quedaba mucho por hacer.

Llegaron entonces tiempos duros. Los empleados fueron fáciles de manejar. A pesar de que todos estaban al corriente de lo que había ocurrido y un par de ellos incluso se habían imaginado algo parecido fueron pocos los que lo hicieron patente. Al tercer despido fulminante todo volvio a estar como si nada hubiera ocurrido. Miguelito llevaba la empresa con mano de hierro pero nada ocurría si todo el mundo cumplía con su obligación. El que cometía un fallo no tenía una segunda oportunidad. Las verdaderas dificultades las plantearon algunos empresarios que tenían tratos con su negocio. Trataron de hacerle el vacío, cortarle las líneas de suministro, ponerle la zancadilla, porque todo el mundo apreciaba a los dos ancianos desahuciados. Sin embargo un par de visitas de los nuevos guardias de seguridad y dos o tres maniobras disuasorias llevadas a cabo por su nuevo (y poco escrupuloso) abogado devolvieron tambien esas aguas turbulentas a su cauce. Y la estrella de manolito continuó su fulgurante ascensión. Compró otras empresas, arruinó algunas que le hacían la competencia e hizo pactos ventajosos con otras que le hacían sombra y… más tarde tambien fueron suyas. Su camino estaba sembrado de buenos negocios, cadáveres financieros, y algún que otro cadáver menos financiero y más maloliente. Su olfato, su determinación y su falta de escrúpulos se hicieron famosos en el mundo de las altas finanzas. Ya nadie lo llamaba Miguelito; con 35 años lo llamaban Don Miguel usando un tono entre de adulación y de temor reverencial. Eso no impedía, o más bien era una consecuencia lógica, que a sus espaldas todo el mundo echara pestes de él. Miguelito lo sabía pero le importaba poco. No tenía tiempo para esas cosas.

Una mañana Miguelito recibio una llamada del hospital. Su madre había sufrido un infarto y su pronóstico, dado lo avanzado de su edad, era grave. Hacía años que no la veía y lo único que sabía de ella era que malvivía con una exigua pensión de viudedad. De todas formas era su madre y además la beneficiaria del único sentimiento que seguía vivo en él despues de tantos años. La odiaba a muerte. Así que se dijo que la visitaría. Pero antes hizo una llamada a su abogado que, rápido y eficaz le entregó una carpeta en el mismo vestíbulo del hospital. Su madre había envejecido. Eso era indudable; sus cabellos se habían tornado blancos y la flaccidez de la piel le daba una expresión casi dulce. Tambien su carácter parecía haberse dulcificado con los años. Al reconocer a Miguelito dos huesos lagrimones rodaron por sus mejillas mientras balbuceaba frases inconexas feliz de ver otra vez a su vástago perdido. Miguelito sonrió a la enfermera de la U.V.I., una sonrisa algo culpable que ella correspondió comprensiva y lo dejó a solas con su madre. Él cogio una mano pálida y traslúcida, como de cera y le dio suaves palmadas susurrando frases tranquilizadoras hasta que la anciana se calmó. Despues sacó su carpeta y le leyó el contenido. Hablaba de asilos inmundos, cuentas de ahorros embargadas y de la expropiación de la casa. Todo era falso, por supuesto, pero los papeles tenían esa impresionante pinta oficial llena de cuños y firmas ilegibles. De todas formas Miguelito sabía que la anciana nunca conocería el embuste. Porque acto seguido el pip pip monótono del monitor cardiaco se aceleró, se volvió irregular y la anciana empezó a convulsionarse en la cama mientras ponía los ojos en blanco y echaba espuma por la boca. La enfermera, con semblante preocupado lo sacó de allí rápida y suave pero firmemente y corrio las cortinas en el momento que llegaba el médico a todo correr. Miguelito se marchó del hospital, ya no tenía nada que hacer allí. Una vez en su despacho introdujo la carpeta en la destructora de documentos. Justo despues del entierro de su madre, en una reunión con el ejército de economistas que trabajaban a sus órdenes se dio cuenta de que no solo se podía permitir comprarse un avión. Podía comprarse una compañía aérea si le apetecía. Un año despues, sobrevolando el Atlántico en su avión privado (había ido a recogerlo personalmente) firmaba la venta de todas las acciones de sus múltiples empresas. Si existiera la justicia poética, podría contar cómo en el momento de firmar, una tormenta se apoderó del pequeño reactor, lo zarandeó hasta arrancarle las alas y lo estrelló contra el Mar de los Sargazos. Sin embargo, aunque la justicia poética existe tiene que compartir su espacio con el refrán que dice que mala hierba nunca muere. En este caso ganó el refrán. Miguelito vivio muchos años aún, retirado en una finca del tamaño de un pequeño país y con su propio aeropuerto. Cuando tuvo su avión, se ocupó de que su dinero fuera bien invertido y se dedicó a hacer lo que más le gustaba en este mundo: nada. Bueno… eso no es completamente cierto. Al menos una vez a la semana volaba en su avión.

Y al final Miguelito murio, como no podía ser de otra manera. Expiró dulcemente en su cama rodeado de llorosos herederos profesionales. No faltó en su entierro quien, en voz baja comentó lo cabrón que había sido en vida; pero fueron los menos, cuando uno tiene suficiente dinero y además está muerto se le perdonan algunas cosas. De todas formas Miguelito no era malo, nunca lo fue realmente. Miguelito solo quería un avión y no tenía sentimientos que lo estorbaran para conseguirlo.
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