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poquetacosa

El manzano y el Rey.

El Monte del Borrico Extraviado se yergue imponente cerca de Salannah dominando la ciudad como un descomunal centinela o como un padre demasiado controlador junto a una hija con falda demasiado corta. Sus laderas están cubiertas de verdes bosques y está plagado de lugares misteriosos y legendarios. No voy a contar todas esas leyendas porque la mayoría son muy aburridas y previsibles y además, me llevaría todo el día y toda la noche hacerlo. Hoy nos interesa un lugar en particular de ese monte. Es un valle abierto al sur más o menos en mitad de la ladera. Su nombre, el Valle del Roble parlante. Sugerente ¿verdad? En realidad si conocemos su historia no lo es tanto. El valle debe su nombre a Roberto Racket, un pastor de por allí muy aficionado al cachondeo que tenía la puñetera costumbre de ocultarse en un roble hueco que crecía junto al camino y asustar a los viajeros diciendo chorradas. Aclarado esto podemos continuar. En el Valle del Roble Parlante hay una aldea de pastores y en esa aldea vivía Simón, nuestro protagonista de hoy. Cuando arranca nuestra historia tenía Simón 17 o 18 años y un primer vistazo nos sugeriría una personalidad bastante bobalicona. Un tipo larguirucho de esos a los que parece haberles tocado en suerte un cuerpo un par de tallas demasiado grande, aparentemente con más codos y rodillas que los demás mortales. El acné, los ojos soñadores y el labio inferior un poco colgante reforzaban ese aire bobalicón. Sin embargo Simón distaba mucho de ser tonto. Nunca, desde que comenzó a llevar rebaños a los pastos se le había perdido una oveja (¿que eso no tiene mérito? Probad a hacerlo y me contáis). Tenía unas manos hábiles y precisas y a cien pasos era letal con su honda; para los lobos de la zona, el olor de Simón era sinónimo de verdugones y contusiones graves. Sin embargo Simón tenía fama de tipo raro. En parte era su aspecto, tambíén contribuía el hecho de ser un tipo de pocas palabras, pero la mayor de sus rarezas a ojos de sus vecinos era que, no solo sabía leer, sino que había leído casi todos los libros que había en su aldea –un total de 25-; de hecho los había leído todos menos los tres que guardaba el boticario en el altillo del armario y que tenían bonitas ilustraciones. Esos nunca se los había prestado a Simón. De hecho ni siquiera la esposa del boticario conocía su existencia.

Simón podría haber terminado sus días feliz en la aldea, con sus ovejas, su honda, la limitada biblioteca del pueblo… y tambien con la hija del molinero que últimamente le hacía ojitos al verlo pasar. Sin embargo su padre era un tipo ambicioso, de esos empeñados en que sus hijos fueran «alguien en la vida». El buen hombre estaba íntimamente convencido de que su retoño era un poco bobo (tanto libro no podía ser bueno para el cerebro), sin embargo una carta lo cambió todo. El remitente era su primo-segundo Canuto que era cerero en Salannah; según contaba, después de múltiples gestiones e innumerables muestras de buen hacer había conseguido convertirse en proveedor exclusivo del Palacio Real. Su actual situación le permitía tomar bajo su techo, como aprendiz, a su sobrino preferido Samuel. En realidad el cerero necesitaba con urgencia alguien que le echara una mano en el negocio; a ser posible alguien que trabajara a cambio de comida, ropa y techo sin demasiadas exigencias pecuniarias. Por otra parte, su actual situación se debía al trágico fín que había tenido el anterior cerero real, gran aficionado al licor koh-koh! y que había terminado sus días, borracho como una cuba dentro de un caldero de cera caliente.

Esperó toda la tarde el padre de Simón rumiando su discurso, y cuando su hijo bajó de los pastos se sentó frente a él, se rascó el sobaco, puso sus manazas en los hombros del chico, y le dijo que fuera preparando el petate, que el día siguiente al amanecer salía arreando para Salannah. Una vez allí preguntaría por Canuto el cerero que era un familiar lejano y había triunfado en la vida y entraría a su servicio como aprendiz. A la mañana siguiente, cargado con un pequeño fardo que contenía dos mudas y dos quesos, Simón salio por primera vez en su vida del Valle del Roble Parlante camino de Salannah. Su padre, con lágrimas en los ojos contaba a todo aquel que quisiera escucharle que había colocado a su hijo nada menos que de «ayudante» en el Palacio Real.

Dos semanas despues, tras correr interesantes aventuras en las que conoció una extraña secta de feministas radicales e integristas y un ermitaño de la Orden del Perpetuo Ayuno que terminó con un queso y medio de una sentada, llegó por fín nuestro protagonista a Salannah, llamada por algunos «La Perversa». Era día de mercado y la ciudad hervía de actividad. Despues de preguntar un par de veces y de perderse otro par, una de las cuales fue a parar al corazón del barrio rojo de donde salio a toda velocidad y con palpitaciones, encontró por fin la cerería de Canuto; en cuyo cartel, pintado en una tosca tabla de madera campaba orgullosa una vela de sebo rematada por la Manzana Real de Salannah.

Los primeros meses en la cerería fueron muy duros para Simón. Su tío le hacía trabajar de firme, pues el consumo de velas del Palacio era grande. Además el ambiente asfixiante de la cerería no es el mejor lugar para alguien que ha pasado la vida respirando el aire puro de los montes. Sin embargo, una tarde Simón hizo un descubrimiento que contribuyó a dulcificar mucho sus días. Durante uno de sus paseos por la ciudad, despues de trabajar, nuestro protagonista encontró un edificio que hizo que su prominente labio temblara de emoción y sus ojos tristones se abrieran de par en par: la Biblioteca de Salannah, la mayor del mundo conocido: miles y miles de volúmenes escritos en todos los lenguajes conocidos o no. Hay quien cuenta que, entre sus fondos se encuentra el único ejemplar que existe escrito usando el alfabeto cambiante de Mynn, un país poblado por escritores locos. A Simón se le hizo la boca agua. Al principio los monjes que cuidan de la biblioteca observaron su aspecto torpón y desastrado con alarmada desconfianza. Sin embargo su actitud cambio al ver el trato amoroso, casi reverencial que daban a los libros sus ágiles dedos. Muy pronto nuestro protagonista pasó a formar parte del paisaje habitual de la Biblioteca. Tarde tras tarde, libro tras libro, Simón era feliz.

Pero la felicidad dura poco. Y en casa del pobre menos. Y Simón, la verdad, no tenía ni una puñetera moneda. El cerero le había prometido un sueldo a veces, sobre todo despues de tomar unas cuantas cervezas (nunca bebía nada más fuerte durante la jornada pues recordaba el final de su predecesor), sin embargo siempre parecía olvidarse de pagárselo. En realidad, Canuto el cerero distaba mucho de ser la persona ruin que estás imaginando, querido lector. Todos los viernes por la noche sin faltar uno, desde que el muchacho demostró su valía para el trabajo, depositaba en una cajita su sueldo. Para dárselo cuando encuentre una chica guapa solía decirse. No. Canuto no era mal tipo; simplemente su confianza en las cualidades ahorrativas de la juventud era igual a cero. Tambien conocía Salannah y sabía en qué podía transformar esa ciudad perversa, a un chico joven y curioso con unas cuantas monedas en el bolsillo.

La vida tranquila y feliz de Simón terminó con una fiesta. El Palacio del Rey organizaba una de sus mundialmente famosas recepciones e hizo un pedido especialmente importante de velas. Normalmente era Canuto quien servía personalmente los pedidos, sin embargo esta vez no tuvo más remedio que hacerse acompañar por su aprendiz para que le ayudara a transportar tanto material. Mientras subían resollando por las empinadas calles que daban a la Plaza del Manzano, donde estaban las puertas principales del Palacio, Canuto iba aleccionando a su sobrino. Haz lo que yo haga y sobre todo mantén la boca cerrada. No vamos a ver al Rey, no te hagas ilusiones, sin embargo los cortesanos: nobles, escribanos y demás ralea que vive en el Palacio son gente arbitraria y de poca paciencia. Una palabra o un gesto mal interpretados y terminaremos los dos colgando cabeza abajo de las murallas. Para llegar a los almacenes debemos cruzar el patio de armas que siempre está lleno de soldados, oficiales y gente así. Esos, además de tener poca paciencia van armados, así que tú a mirar al suelo y si te preguntan respondes con monosílabos seguidos de «Excelencia». Nada de ponerte chulito ni contestar con malas maneras. Entramos, hacemos la entrega y nos tomamos el resto del día libre.

Justo cuando se disponían a traspasar los portones dobes que daban al patio de armas, se escuchó un tumulto desde el interior. Canuto tuvo la agilidad necesaria para saltar a un lado mientras le gritaba a Simón que hiciera lo mismo. No tuvo tiempo. Un caballo de batalla finamente enjaezado salio por la puerta a galope tendido arrollando al muchacho, que rodó varios metros hacia el centro de la plaza y cayó despatarrado, rodeado de velas y un poco aturdido.

- Maldito patán – masculló el jinete mientras desenfundaba una descomunal espada y se dirigía hacia Simón con intención de aliviarlo del peso de la cabeza.
- ¡Mingus! Guarda tu espada. Está al sevicio de tu Rey, no al de tu mala leche – la voz autoritaria hizo que la espada se detuviera a escasos centímetros del cuello de Simón.
- ¿Cómo te llamas muchacho? – la voz autoritaria pertenecía a un personaje rechoncho que cabalgaba rodeado de una imponente escolta de guerreros encabezada por el tal Mingus.
- Mi nombre es Simón… -el cerero cruzó los dedos- Excelencia – el cerero se relajó un poco y la espada de Mingus volvio a salir a medias de su vaina.
- Veo que eres nuevo en la ciudad Simón, pues el trato adecuado para dirigirte a Nos, es Majestad.

A lo largo y ancho de la plaza se escucharon todo tipo de golpes, chasquidos y sonidos de cerámica rota al soltar cada cual lo que llevaba en las manos para arrodillarse; Canuto simplemente se desmayó. Despues se hizo un silencio sepulcral. Simón mientras tanto, seguía pugnando por ponerse en pie.

- Vuestra Majestad será magnánima con este, el último de sus siervos, por cometer imperdonable torpeza de no reconocer al Glorioso Iosephus – el último libro que había leído Simón en la biblioteca era un tratado de buenas maneras cuyo autor era un tal Sirius Ball.
- ¡Vaya! Aquí tenemos un cerero culto. Y si no he perdido mis aptitudes para conocer a las personas, tambien un hombre paciente ¡Mingus!
- ¿Majestad? – el rostro del jefe de la guardia era impenetrable… tal vez porque llevaba bajada la celada de su yelmo.
- Ocúpate de que alguien recoja las velas y reanime al cerero. Despues acompañarás a Simón ante el chambelán. Que lo bañe, lo vista de forma adecuada y lo presente ante Nos esta tarde. Será el nuevo Escuchador Real.

Poco despues, Canuto bajaba otra vez hacia la cerería; tenía aún las piernas temblorosas por las emociones, pero conservaba las fuerzas suficientes como para ir contando –con lágrimas en los ojos- a todo el que quería escucharle que había colocado a su sobrino Simón en el Palacio. Nada menos que en un puesto de Escuchador Real. De paso tambien preguntaba si alguien conocía algún chico joven y bien dispuesto que quisiera colocarse como aprendiz de cerero. Con muchas posibilidades de ascender.

La verdad es que el puesto de Escuchador Real no era ninguna bicoca. Era una figura creada por el Rey actual y que sustituía la figura del Bufón de la Corte. Como quiera que el Rey no tenía ningún sentido del humor había despedido a los bufones. Tambien se da la circunstancia de que Iosephus XII, llamado por algunos Pepe el Manzanita (no por el emblema real de Salannah, sino por su aspecto redondo y sonrosado), a pesar de sus aptitudes administrativas y guerreras, era un llorón y un quejica. Siempre andaba lloriqueando sobre lo incomprendido que era, lo solo que se sentía, lo injusto que era el mundo con él… sus nobles no tardaron en aprender a evitar esos arrebatos y huían despavoridos cada vez que el Rey entraba en sus fases lloronas. La situación llegó a ser insostenible, y se forjaron intrigas para eliminar al Rey y sustituírlo por alguien menos pesado. Consciente de que la cosa no podía continuar así, al chambelán real se le ocurrio una genial idea. Habría un solo hombre encargado de escuchar las cuitas del Rey. Lo escucharía, lo consolaría con su silencio, en definitiva ejercería de paño de lágrimas. Y así nacio la figura de Escuchador Real. Al principio la elección para ocupar un puesto tan aparente recaía en eruditos, científicos y hombres santos; sin embargo éstos no tardaban en declinar tal honor o dirctamente desertaban buscando tierras menos deprimentes. Es por eso, que poco a poco las exigencias para ocupar tan eminente lugar junto al Rey se fueron relajando; pues se descubrió que las personas pacientes y cortas de entendederas duraban más antes de abismarse en la más negra de las depresiones y hacerse necesario un relevo. Tan jodida era la cosa, que una de las asociaciones más influyentes de Salannah, la ADSD (Asociación por el Derecho a un Suicidio Digno) fue fundada por un antiguo Escuchador.

Simón no tardó en descubrir que su actual trabajo era una mierda. Comía y vestía mejor que antes, sí. Era bien considerado y respetado en la corte, pero no tenía ni un momento libre. Debía acompañar al Rey siete días a la semana y veinticuatro horas al día aguantando sus interminables y gimoteantes monólogos. Dormía en un jergón a los pies del lecho real, y si en mitad de la noche su patrón se despertaba sobresaltado por alguna pesadilla, su función era consolarlo y tranquilizarlo hasta que se volvía a dormir. Se había transformado en una especie de retrete emocional que no tenía ni un minuto de soledad y sobre todo echaba de menos a sus queridos libros; porque aunque el Palacio Real de Salannah contaba con una biblioteca que competía, si no en tamaño sí en calidad con la de la ciudad, Simón apenas la había visitado un par de veces, y siempre en el ejercicio de sus funciones de Escuchador por lo que solo se pudo permitir un par de miradas anhelantes a los libros que cubrían las paredes. Y fueron pasando los meses. Y Simón se hundía en negros pensamientos. Y llegó el otoño.

La ciudad se engalanó para celebrar el Día de la Manzana del Rey. Iosephus XII se preparó para tan importante acontecimiento y, contento como estaba con su nuevo Escuchador (le había durado él solo más que los tres anteriores) lo designó para que ejerciera de paje bajo el manzano. Escoltados por una nutrida compañía armada encabezada por el Capitán Mingus se acercaron al árbol mientras la multitud reunida en la plaza los vitoreaba ensordecedora. Iosephus (Pepe el Manzanita) se acercó solemne al árbol acompañado por Simón, encargado de sujetar el largo manto de armiño para que no arrastrara. Iosephus se situó bajo las ramas, alargó su regia mano… y la volvio a retirar contrariado. Retaco como era, la manzana más baja estaba fuera de su alcance. Se hizo un silencio ensordecedor en Salannah. Iosephus discurría la forma de salir airoso de la situación, barajaba la posibilidad de pedir un taburete para alcanzar la manzana, cuando Simón, solícito y servicial como siempre se adelantó y cogio la fruta. Su intención era buena: darle la manzana al Rey para evitar que se pusiera más en ridículo, sin embargo Iosephus la cagó. Dame esa manzana inmediatamente chico. La cara del Rey se había tornado púrpura y parecía a punto de estallar. Su expresión era codiciosa, mezquina e insegura, y un desagradable tic se había apoderado de su ojo derecho. Simón se quedó parado mirando aparentemente al vacío por encima de la cabeza del Rey. Pero no miraba al vacío. A la luz del amanecer, ante sus ojos se destacaban las doradas cúpulas de la Biblioteca de Salannah. Era allí donde había leído una curiosa historia sobre el manzano. Miró la cara del Rey que empezaba a amoratarse. Miró la manzana en su mano. Y le dio un descomunal bocado. Iosephus se quedó blanco, su mandíbula se descolgó y acto seguido volvio al púrpura mientras su mano buscaba el sable ceremonial para atravesar a Simón. ¡Viva el Rey! Gritó alguien en la multitud. La voz solitaria parecio provocar un alud sobre la plaza. La gente vociferaba y trataba de romper los cordones de seguridad al ver lo que Iosephus trataba de hacer. Mingus se había mantenido hasta entonces en un segundo plano. Medía mentalmente la distancia que lo separaba de Simón dispuesto a descargar un golpe fatal. Sin embargo tambien miró a la multitud airada. Sabía qué ocurriría si mataba a quien había comido la primera manzana. Lo destrozarían porque la tradición es la tradición y él estaría cometiendo regicidio. Así que, como era un hombre práctico y amante de las tradiciones actuó en consecuencia: desenvainó su espada, un rápido y efectista molinete, y la cabeza de Iosephus XII (alias Pepe el Manzanita) rodó por el polvo en el preciso instante en que éste terminaba de desenvainar su sable de ceremonia. Hecho esto, se volvio desafiante hacia la multitud y gritó: ¡Viva el Rey Simón I! La plaza se venía abajo.

Simón, durante su primer año fue un gobernante tan bueno como podría haberlo sido cualquiera con dos dedos de frente. A pesar de su desmedida afición por los libros conocía sus limitaciones: no era un hombre sabio. Sin embargo sí actuó como tal. Se rodeó de los mejores asesores y llegaron tiempos prósperos para Salannah. Durante su primer año de reinado tambien desaparecieron los Escuchadores Reales. Y llegó otra vez el otoño. Tiempo de manzanas.

La multitud llenaba inquieta la plaza. Los rumores, dichos, desdichos… recorrían al múltiple y peligroso animal. El comentario más repetido era algo así: no hay manzanas. El manzano está desnudo de frutas. ¿Cómo se va a elegir al Rey? Mientras tanto las puertas del palacio permanecían cerradas. Cuando se abrieron y apareció Simón rodeado por su séquito se hizo el silencio para ser sustituído a continuación por un amenazador murmullo parecido al del mar en los acantilados. Simón se acercó al manzano y lo miró como si lo viera por primera vez. Ciudadanos de Salannah – gritó- Como podéis ver este año no hay manzanas. El murmullo subio unos cuantos puntos. El Rey no comerá manzanas este año. Del murmullo general se escaparon algunos gritos airados mientras las frentes de los soldados de la guardia se cubría de un sudor frío. El Rey no es nada sin el pueblo –seguía Simón imperturbable-, y es por eso que el manzano no es del Rey sino del pueblo. Hoy, el Rey no comerá manzanas, pero el pueblo sí beberá toda la sidra que pueda aguantar. En ese momento entraron en la plaza dos descomunales carromatos tirados por bueyes. Estaban cargados de barriles y rodeados de sirvientes que comenzaron a repartir escudillas de sidra entre la multitud, que aulló regocijada.

Y así se terminó la tradición de las Manzanas reales. Simón, al poco de subir al trono había comprendido que eso de las manzanas era algo muy arriesgado y él prefería no arriesgarse. Tambien sabía lo peligroso que es contravenir la tradición. Así que lo que hizo fue matar una tradición creando otra mucho más placentera y menos peligrosa.
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2 comentarios

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Yes, you're right. I'm angered.
I think there's a conspiracy out there in the cyber-world against me.
I mean. Seriously!
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Supra Vaider High -

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