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La Noche me pone (de las memorias de un lactante. Parte III)

Soy un noctámbulo, qué le voy a hacer. Me va la marcha nocturna y no puedo evitarlo. Puede que sea algo genético; tal vez mi tataratataratataraabuelo fuera por ahí vestido de gala y tuviera una parcelita con torreón en ruinas incluído allá en Transilvania. Eso explicaría tambien (fíjate tú) las imparables ganas de succionar que me entran más o menos cada tres horas. Pero no. No creo que sea eso. Mi afición se debe más bien a que, como me paso el día sobando, por la noche tengo ganas de marcha. Creo que el fenómeno incluso tiene nombre científico y todo pero como soy un bebé no lo sé ni me importa. Soy consciente de que durante el día vienen visitas, que voy de mano en mano como la «falsa monea» y casi todos me agitan, me toquetean y se dedican a hacer caras raras. Debo tener una de las mayores colecciones de sonajeros, tentetiesos y demás cosas ruidosas y de colores brillantes que existen porque las visitas no paran de agitármelas delante de las narices. Pero yo no hago mucho caso. Yo sigo a lo mío. Exceptuando los momentos en los que me entra el ansia succionadora cuelgo el cartel de no molestar y me dedico a dormir. Sin embargo, oye, no sé, en cuanto llega papá de hacer lo que quiera que hacen los mayores cuando no están a mi alcance, cuando en la calle se pone oscuro, me entra un no sé qué por el cuerpo; una alegría y unas ganas de marcha… Entonces quiero verlo todo, quiero saberlo todo, quiero que me hagan carazas y me agiten sonajeros.

La cosa empieza en cuanto papá abre la puerta. Entonces lanza su grito de guerra que es como el de Tía Vicenta pero en agradable: ¿¿Dondeestámimachoteeeeeeeee?? Si estoy durmiendo me despierto y me da la risa porque sé lo que viene a continuación: una super-super-pedorreta en la tripa; luego me sube muy alto muy alto, y me zarandea como sólo papá sabe zarandearme y ahí sí que no puedo parar de reír; tanto que una vez vomité y todo. Pero procuro evitar eso porque si vomito se termina la diversión y mamá se pone muy seria. Luego llega el momento del baño, el mejor del día. Primero me dejan en pelotas, eso me encanta entre otras cosas porque las pedorretas dan más risa. Despues me quitan la plasta (expresiones como “control de esfínteres” siguen siendo un misterio para mí) y hala, al baño. Me lo paso pipa chapoteando y tirando del pelo de mamá. Después del baño me ponen el pijama, me meten en la cuna, y ahí sí que empieza la diversión de verdad. Entonces jugamos al «enciende-apaga». La cosa consiste en lo siguiente: mis papás se meten en la cama, apagan la luz y se quedan muy callados. Yo tengo que llamar su atención para que la vuelvan a encender y entonces ellos me cojen y como premio me zarandean un poco cantando. Empiezo con un poco de gu gu gu, ta ta ta, para ir entrando en calor. Pero claro, ellos no me lo van a poner tan fácil. Sigo con unas pedorretas y más ta ta ta. A veces, al llegar este punto zarandean un poco la cuna como diciendo: Venga, ¿eso es todo lo que sabes hacer? Yo me pico y ahí es donde comienza el espectáculo. Primero utilizo el berrido número 1 que quiere decir: “el nene quiere marcha”. Suele funcionar, pero si no funciona paso al número dos que traducido es: “el nene se está impacientando”. Y ahí sí que encienden la luz y me gano mi premio. A veces se ponen duros pero siempre gano yo. Luego, me meten en la cuna y vuelta a empezar otra vez. A veces me duermo, pero otras… buff, las pasamos jugando hasta que amanece. Lo pasamos más bien… Si he he conseguido un berrido especialmente sonoro, hasta juegan a cambiarme el nombre. Ya no me llaman mi nene guapo, entonces me llaman tu hijo. Sin embargo una noche ocurrió algo. Llevaba ya mucho rato con el berrido número 2 pero no parecía surtir efecto. Como no me hacían mucho caso y no parecían dispuestos a encender la luz y jugar conmigo, me dije: nene, a grandes males grandes remedios, estos han subido el listón. Elegí el berrido número 3, el que significa literalmente «el nene está muy cabreado», tomé aire, y me puse a berrear hasta ponerme rojo. Y funcionó. Encendieron la luz y se pusieron a mecerme por turnos pero yo ya le había cogido el gusto a la cosa y pasaba de callarme. Parece que se me fue la mano. Se pusieron muy serios, se vistieron, me metieron en la cuna de ir en coche, y allá que nos fuimos los tres. Yo estaba asustado porque pensaba que me había pasado y me iban a dejar en el portal de un convento con una notita. Sin embargo me equivoqué. Fue peor aún.

Reconocí el hospital por el olor y las luces brillantes. Mala marcha –me dije-, por ahí debe andar el tipo de la cara tapada. Así que hice lo que todo bebé inteligente habría hecho en mi lugar: me quedé callado como una puta. Y mira que me provocaron ¿eh? Me desnudaron, me toquetearon, me metieron cosas raras en las orejas y en la boca, pero yo aguanté el tipo sin berrear ni una sola vez. Si acaso algún gugugu y alguna sonrisilla como diciendo: venga va, que no era más que un juego, somos personas civilizadas. Y funcionó. En seguida volvimos a casa. Mis papis me hicieron más carantoñas y me mecieron antes de meterme en la cuna pero yo estaba enfadado y decidí que esa noche ya no quería jugar a enciende-apaga. Bien pensado creo que no les gusta demasiado el juego pero yo creo que es porque no lo han probado lo suficiente. Eso sí, no he vuelto a usar el berrido número 3. Y es que mis papis son guays (sobre todo mi mami que es la mami más guapa del mundo) pero tambien son un poco muermos. Será que son mayores.
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