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poquetacosa

Mi Scalextric y las investigaciones paranormales: juegos de niños

Queridos reyes magos:

Este año he sido tan bueno como siempre, al menos tan bueno como el cabrón de Luisito. He hecho mis tareas, he sido obediente… vamos, que me he comportado como se supone que debe comportarse un niño bueno. Es por eso, que un año más, al igual que llevo haciendo prácticamente desde que tengo uso de razón, os pido que de una puñetera vez me traigáis el puto Scalextric (el nuevo Monza a ser posible, aunque me conformaría con algo más pequeño). Mi premura se debe a que, como sabéis queda poco tiempo. El año próximo habré dejado de creer en vosotros y aunque seguiré escribiéndoos más que nada para continuar con el paripé, ya no será lo mismo. Para terminar, creo que debería ser innecesario recordaros que, aunque Luisito es un cabrón que apedrea perros, levanta la falda a las niñas y además es el último de la clase, le dejasteis el Scalextric hace años.
A ver si se os ve el detalle.

Vuestro afectísimo:

Poquetacosa.

Como habréis adivinado, el Scalextric no llegó ese año, tampoco el siguiente ni el siguiente. Con el tiempo Poquetacosa se enteró de quienes eran en realidad los reyes magos y claro, se olvidó del juguete de sus sueños. La situación económica de su familia era bastante jodida y el Scalextric un juguete muy caro. En el caso de Poquetacosa se trató del Scalextric, pero seguro que conocéis otros: espectaculares trenes eléctricos, estupendos coches y aviones radio controlados, maravillosas casas de muñecas que tenían hasta el último de los detalles… juguetes que nunca llegaron o que sí lo hicieron; en cualquier caso, llegaran o no, invariablemente nos marcaron con su magia.

Y al final crecemos; nos hacemos adultos o al menos lo parecemos pero no olvidamos aquellos maravillosos juguetes que tanto nos hicieron soñar. La edad adulta, con sus responsabilidades y sus quebraderos de cabeza trae también una independencia económica más o menos desahogada. Y claro, caemos en la tentación y rescatamos esos maravillosos artefactos de las brumas de la memoria infantil. Recurrimos a las excusas más rastreras usando a los niños –hijos, ahijados, sobrinos…- como pantalla; niños que, por otra parte, no dejaremos que se acerquen a menos de dos metros al trasto en cuestión: son demasiado pequeños, son demasiado destrozones, cuando crezcan un poco… Mientras tanto no dudamos en recurrir al eufemismo. Por arte de birlibirloque han dejado de ser juguetes, ahora son hobbyes perfectamente serios, equiparables a la jardinería, la filatelia o la bibliofilia. Para respaldar esa ilusión existen revistas especializadas, reuniones temáticas y demás parafernalia. Nos comunicamos usando nuestros propios códigos incomprensibles para el lego: durezas de ruedas, distancias entre ejes, lubricantes especiales y motores trucados. Sin embargo al final la cosa se reduce a unos cuantos adultos perfectamente responsables en cualquier otro ámbito, que disfrutan como enanos haciendo carreras con cochecitos de juguete. Y vive Dios que la cosa es divertida.

Con lo paranormal y lo misterioso ocurre algo parecido. Al menos con la vertiente más inocente de lo paranormal, aunque a veces inocentes y desaprensivos llegan a confundirse hasta el punto resultar imposible separarlos. No hablaré aquí de la parte más sórdida, esa que anda rozando el delito y se aprovecha sin ningún sonrojo del miedo, la incultura y la desesperación de los demás para ganar unos duros. De lo que hablo aquí hoy, es de niños entrando a medianoche en cementerios y caserones abandonados por el simple placer de tener miedo (que placentero ese miedo inofensivo a fantasmas y aparecidos, que diferente es de los miedos reales a que te peguen un tiro, a romperte el bautismo en cualquier carretera o simplemente a no llegar a fin de mes), de niños temblorosos y felices al ver cómo se mueve el vasito sin que «nadie» lo empuje. Hablo de historias, completamente reales, claro, de terrorífico e imprevisible final contadas con voz cavernosa a la luz de una hoguera mientras sentimos ese agradable estremecimiento en la columna vertebral. De la imaginación infantil aplicada a «luces raras» que se ven en el cielo de noche.

Estos niños son los mismos niños que soñaron con un juguete y también crecen. En la mayoría de los casos, la formación, la experiencia y el sentido común les niegan el disfrute de esos placeres, de ese cosquilleo, de ese estremecimiento, de ese miedo infantil a lo misterioso. Sin embargo existen casos en los que esto no ocurre. El sentido común pierde por goleada y el eufemismo es estirado hasta el límite de su resistencia. Ya no son placeres infantiles. Ahora son investigaciones serias. Al más puro estilo de los niños, que transforman el sillón en un barco pirata y el espacio debajo de la mesa en un inexpugnable castillo, ellos transforman la grabadora en una ventana al mundo de los difuntos, la cámara de fotos –Photoshop mediante en los casos más agudos- en notario de lo maravilloso y lo oculto. Para dar más sensación de credibilidad alardean de los kilómetros que hacen, del dinero que les cuesta, del tiempo que roban a otras actividades en su incesante búsqueda de la Verdad (así, en mayúsculas y sin anestesia). Eufemismos. Porque lo que de verdad andan buscando es ese cosquilleo, ese estremecimiento, ese placentero miedo infantil por lo misterioso. Lo maravilloso y lo sorprendente en su estado más puro: recién salido de la imaginación. ¿Me equivoco? Tal vez, no me hagáis caso. Solo daos una vuelta por la Red y echad un vistazo a las páginas de corte paranormal. Encontraréis, aparte de multitud de chorradas, muchos colores oscuros, ambientes tenebrosos, casas encantadas, cruces de cementerio y desenfocadas y espeluznantes fotos trucadas de fantasmas. Escuditos pseudo policíacos, intrépidos chalecos multibolsillos y términos científicos que, por alguna razón y paradójicamente han adoptado los aficionados al oscurantismo. Verdades de juguete como niños que se disfrazan de piratas.

Aunque los mecanismos sean similares, hay una diferencia entre el aficionado a hacer carreras con cochecitos de juguete y el flamante investigador paranormal. Yo termino la carrera, guardo los coches perfectamente consciente de que son coches de juguete, y sigo con mi vida como si tal cosa. Los aficionados a lo paranormal van perdiendo paulatinamente el contacto con la realidad hasta el punto de llegar a negarla en algunos casos. Para ellos los «misterios» que «investigan» no son de juguete, para ellos son cosas importantes que cambiarían la faz del mundo si no fuera por los macabros hombres de negro. Ya no son niños grandes, son incomprendidos galileos. Y claro, así les luce el pelo.
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6 comentarios

Richi -

Chapeau, me descubro ante una forma de entender a los misteriólogos desde una nueva perspectiva

Jca -

La realidad es parpable,pero no solo con este juguete sino con cualquier otro de la misma época. "Magnifico".

V109 -

dialno; snprtz

Vvicunia -

Maravilloso. Lo suscribo desde el inicio hasta el final.

Pedro Gimeno -

Me ha encantado. Una maravillosa disección de los motivos por los cuales ese pensamiento mágico puede acarrearse desde la infancia hasta la edad adulta. Enhorabuena.

-- Pedro Gimeno

JORGE CHAGAS -

JA JA JA PENSAR QUE AQUI EN URUGUAY ( UN RINCON PERDIDO DEL MUNDO) TENEMOS GENTE ASI.
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