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poquetacosa

Pensamiento escéptico y política.

Desdichado lector:

Antes de que sigas adelante, me veo en la obligación de hacerte una advertencia. Lo que sigue es, posiblemente, perfectamente obviable; largo, reiterativo y seguramente aburrido. Solo una cosa diré en mi descargo: ¡Si no lo suelto reviento!

Avisado quedas.

« La política y el fútbol tienen eso. Se sienten, no se piensan. No debería ser así en el caso de la política, pero es».

El entrecomillado lo podemos leer en los comentarios a una de las entradas del Golem Blog . Y quien dice eso tiene más razón que un santo. Apoyándose en ese hecho incontrovertible, la misma persona afirma que no debe aplicarse el pensamiento escéptico (esto es: la voluntad de hacerse preguntas y buscar sus respuestas) a la política porque la imparcialidad ahí es imposible y las conclusiones que saquemos estarán invariablemente viciadas de filias y fobias. Y en lo de la inconveniencia de aplicar el pensamiento escéptico a la política creo que el amigo se equivoca. Se equivoca mucho. Del todo diría yo.

Me explicaré. Tengo entendido que la democracia, puede resumirse muy básicamente como el gobierno ejercido por el pueblo. ¿Cómo se consigue eso? Por medio de elecciones en los que el pueblo elige a sus representantes. Estos representantes se organizan a su vez en formaciones o partidos políticos. Según las reglas democráticas más simplificadas es la formación más votada (por el pueblo) la que ejerce el gobierno del país durante un periodo pactado de antemano, a cuyo término vuelven a convocarse nuevos sufragios. El resto de los partidos, que han conseguido menos votos que la formación llamada a formar gobierno, integran lo que conocemos como oposición y su cometido consistiría básicamente en ejercer de contrapeso, en fiscalizar al gobierno y evitar que se emborrache de poder y saque los pies del tiesto. Esto, claro está es pura teoría. En la práctica y según el sistema vigente en España, el partido que ha sido votado mayoritariamente suele verse obligado a buscar alianzas para poder gobernar con cierto desahogo y lo que consigue en realidad es verse literalmente cogido por las pelotas por grupos que respaldados muchas veces por cuatro votos mal contados, llevan adelante iniciativas muchas veces abusivas que no podrían imaginar ni en sus sueños más húmedos y cuyo único mérito está en constituír un peso que, aunque irrelevante visto desde el conjunto, sí es capaz de inclinar la balanza que de entrada está bastante equilibrada por el peso parecido de los dos partidos mayoritarios. En cuanto a la oposición, parece que ha dejado de estar de moda la fiscalización constructiva destinada a frenar los posibles desmanes del gobierno y lo que se lleva ahora son los dinamiteros. Estos tipejos (antes o después lo son todos, no nos equivoquemos) se afanan, con fines puramente electoralistas, en destruir por principio cualquier iniciativa que tome el gobierno. El sentido común se va al carajo y son incapaces de ver otra cosa que las próximas elecciones o, en casos como el actual las anteriores, que perdieron pero aún no parecen haberse dado cuenta. Visto así, podemos caer en la tentación de considerar al gobierno como una pobre víctima. Nada más lejos de la realidad, su comportamiento suele ser tan limitado a la estética y tan electoralista como el de los otros. Silenciando sus errores y dándose autobombo con sus aciertos, o con todo lo que tenga la mínima posibilidad de venderse como tal, igual que los otros magnifican los errores gubernamentales o transforman sus logros en tales. Sus iniciativas dejan la práctica a un lado y se limitan a parchear el tambor al son que tocan las encuestas de opinión o, lo que es peor: las modas. El caso es que entre unos y otros montan tal batiburrillo de demagogia que el ciudadano de a pie, abrumado por la información contradictoria o por la simple ausencia de información termina aferrándose a sus filias y sus fobias dejando al corazón lo que debería gestionar la cabeza. En cualquier caso, la consecuencia lógica es un panorama político plagado de inútiles, irresponsables y corruptos todos ellos, eso sí, democráticamente elegidos (faltaría más) por un país que ha perdido la capacidad de crítica y va a votar como quien va al fútbol. El caso es, que entre unos y otros la democracia termina transformada en una puta performance, que es como definió alguien a un skech humorístico al que le han quitado la gracia.

¿Qué quiero decir con todo este rollo? Pues sencillamente que nuestros representantes distan mucho de ser los semidioses cuyas palabras y hechos deben ser elevados a artículos de fe que piensan muchos; de hecho, a estas alturas del chiste, sospecho que ni siquiera hay demasiados que estén especialmente dotados intelectualmente. Son adaptables, saben venderse, tienen capacidad para agradar; no puede ser de otra manera para llegar donde están. Pero nada más. Polvo y humo.

¿Cómo es posible que una panda de piernas, casi iletrados en porcentajes sorprendentemente altos, consigan ponerse, o más bien andar siempre a bofetadas alrededor del timón de un estado? Pues desde mi punto de vista la explicación es sencilla, aunque políticamente incorrecta. Para explicar esto, tenemos que desmitificar primero una de esas palabras fetiche: democracia; que junto con sus hermanas justicia y libertad ha sido puteada hasta límites impensables. Hablemos claro. La democracia no es la panacea universal. Ni mucho menos. Como mucho es, entre todos los sistemas de gobierno posibles, uno de los menos malos. ¿Qué ocurre con una democracia cuyos sustentadores y razón de ser (votantes), acríticos, prefieren «sentir» la política en lugar de reflexionar sobre lo que hacen los políticos? Sencillo. La palabra, tan bonita ella, se ve desprovista de su sentido y se transforma en algo parecido al coño de la Bernarda. Todo vale. Tergiversar, mentir, zancadillas, puñaladas traperas... El desvergonzado fin justifica los medios. Y en medio de todo esto, el pueblo, el que debía gobernar ruge extasiado o indignado según caiga la pelota; ajeno a todo lo que no sean las luces de colores, el polvo y el humo que les venden a precio de oro y de dignidad.

¿Cual es la consecuencia de este panorama? Pues bastante deprimente, la verdad. Nos encontramos con un paisaje en el que nuestros políticos viven en los mundos de Yupi, con un contacto con la realidad patéticamente limitado. Charlatanes cuya única diferencia con Rappel y Paco Porras, se suele limitar a que nuestros políticos visten de una manera un poco más elegante, y por supuesto en que las consecuencias de sus charlatanerías suelen ser infinitamente más jodidas. Y más vergonzosas.

Si después del peñazo de arriba no estás ya hasta las narices, con tu permiso daremos un paseo por unos cuantos ejemplos ilustrativos.

Comenzaremos por aquella sabrosa anécdota que tuvo lugar al principio de la actual legislatura (allá por agosto de 2004 creo recordar). Entonces pudimos regocijarnos contemplando a nuestras paritarias ministras que, recordémoslo pertenecen a un partido que se apellida socialista y obrero, se soltaban la melena y aparecían posando para una de las revistas más pijas que existen convenientemente ataviadas con trapitos cuyo precio da sudores fríos imaginar. El motivo, según ellas, era reivindicar los derechos de la mujer. O sea, a ver si nos entendemos. Resulta que posar para Vogue vistiendo unos trapitos con un precio que supondría el sueldo de un año para la mayoría de las españolas es una forma de reivindicar los derechos de las mujeres. Pues algo debo haberme perdido, porque a mí, eso me parece un capricho de nuevo rico. No. Vamos a ver. Al parecer nuestras muy paritarias, socialistas y obreras ministras, no parecen saber que, a día de hoy (y también entonces) la situación de la mujer obrera española es bastante jodida; y eso dejando a un lado los contratos basura, los sistemáticos incumplimientos de los convenios por parte de las empresas y los sueldos de mierda. En el mundo real, señoras ministras-modelo (juego de palabras traído por los pelos), ser mujer joven y casada se transforma en un hándicap a la hora de buscar trabajo porque es normal que durante la entrevista, el fulano de turno les pregunte si piensan tener hijos. Si la respuesta es sí, adiós muy buenas. En el mundo real, a pesar de las leyes de conciliación de la vida laboral y familiar, se despide sistemáticamente a las mujeres por el hecho de quedarse embarazadas. Tienen la Ley de su parte ¿No? Pues no. Por la sencilla razón de que un trabajador medio no suele poder permitirse litigar con el empresario en caso de despido improcedente, y si a pesar de todo lo hace, lo máximo que podrá conseguir es una indemnización que en la mayoría de los casos será una mierda, o una readmisión forzosa a un trabajo en el que ya no es bien recibido y terminará dejando. Y esto no es mas que un ejemplo. O sea, que no me jodan señoras ministras.

«Una mentira convenientemente repetida adecuadamente mil veces se convierte en una verdad». Durante las anteriores legislaturas, me harté de ver a un señor bajito con bigote repitiendo machaconamente aquello de «España va bien». Que curioso, me decía yo. Porque mi poder adquisitivo no deja de caer en picado, y si miro a mi alrededor no veo mas que precariedad económica y precariedad labora y consumismo desaforado e irresponsable; todo ello convenientemente aderezado por los bancos agarrándonos bien agarrados por las pelotas. Claro, llegados a este punto a mí se me presentaba una paradoja, si España iba bien, y yo, que confío ciegamente en los políticos y no soy crítico con ellos no soy nadie para dudarlo, una de dos: o bien no vivo en España, o tal vez vivo en la España equivocada. Va a ser lo último. Por cierto, como supongo que sabréis la mayoría de vosotros, el entrecomillado que abre el párrafo es de un tal Joseph Goebbels, ministro de propaganda del Tercer Reich.

Los niños. Tan fotogénicos ellos ¿verdad? ¿Existe acaso imagen más entrañable que la de un político (generalmente en plena campaña electoral que es lo mismo que decir en cualquier momento) besando a un niño? Hay que proteger a la infancia, nos dicen. Y tienen razón. Y en los mundos de Yupi se la protege, claro que sí. Ay de aquel maestro que ose decir a un niño una palabra más alta que otra (por no hablar de suministrarle una colleja) ¡Anatema! ¡Excomunión! ¡Al infierno, a la hoguera con el diabólico enseñante! No vaya a ser que el tierno infante nos coja un trauma o como último recurso tire de teléfono móvil (última generación, con cámara de vídeo Mp3 y microondas) y llame a los geos de protección del menor. Claro. Esto es en los mundos de Yupi. En la práctica nuestros hijos son despiadadamente bombardeados en campañas meticulosamente diseñadas para hacer palanca en el eslabón más débil de la cadena: los niños. Y claro, lo que viene son generaciones cada vez más acríticas y depravadas (conocen al dedillo sus derechos pero no quieren oír hablar de obligaciones) que no tienen ningún empacho en extorsionar a padres y profesores con tal de tener un teléfono con microondas, con el que poder grabar las palizas que les arrean a pobres incautos y echarse unas risas. Las criaturas. La disciplina es un invento retrógrado y a extirpar mientras se impone la ley del todo vale. El sistema educativo ha sido sistemáticamente socavado hasta el punto de no saber bien de qué carajo estamos hablando. La escuela universitaria de magisterio de Valencia languidece y se cae a pedazos a la sombra del derroche de la Ciudad de las Artes y las Ciencias (¿Se puede imaginar mayor contrasentido?) y las universidades se llenan de futuros licenciados para los que la coma es un puntito con rabo y el hecho de escribir su propio nombre sin faltas de ortografía supone un evento literario sin precedentes. ¿Que exagero? No, lamentablemente no exagero. La enseñanza de las humanidades se ha relegado a un segundo plano y en algunas ramas (léase filosofía) está lista para la puntilla, la Historia (tan importante conocerla para no vernos obligados a repetirla) se prostituye en la casa de putas de los intereses partidistas y la literatura es cosa de esnobs, de pedantes y lo que es peor: de derechas. Los padres descargan su responsabilidad educativa en maestros asustados y desencantados. Y no nos equivoquemos, la mayoría de las veces no lo hacen por gusto, lo hacen por esa alegre y destructiva ignorancia que parecen empeñados en inculcarnos, o porque no tienen más remedio; al fin y al cabo hay que pagar la puta hipoteca. Lo estamos consiguiendo, sí señor. Estamos consiguiendo unas nuevas generaciones formadas por consumidores disciplinados, borregos mezquinos que rugen extasiados ante los fuegos artificiales mientras les arden las pelotas. ¡Que carallo! Protejamos la infancia, lo estamos haciendo de puta madre.

Esto es lo que trae la falta de escepticismo en política. Una democracia enferma en su raíz, y una sociedad que solo necesita pan y circo sin preguntarse jamás quién coño se está comiendo el entrecot.

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6 comentarios

poquetacosa -

Miguel:

El error que tan amablemente me señala ya está corregido.

Por lo demás... Oiga ¿Yo a usted le debo dinero o algo?

Miguel Mencey -

"Por medio de referéndums en los que el pueblo elige a sus representantes.

¿Es que ni siquiera sabe escribir? En plural se dice REFERENDOS. Y además, es el caso que Vd. se refiere ni siquiera son eso, son ELECCIONES. ¿Cómo se atreve Vd. a hablar sobre cosas de la que muestra no tener un mínimo conocimiento?

"los altos niveles de abstención que se registran me parecen muy preocupantes, porque desde mi punto de vista suponen un síntoma más de ese analfaburrismo que tan bien saben explotar nuestros parasit... perdón, políticos; y que oscila entre dos actitudes a cual más pueril: "paso de todo, me da igual" o "yo no puedo hacer nada".

Analfaburrismo (sic), actitudes pueriles, pasotismo, indiferencia... Bien, muy bien, acabamos de ver sus razonados argumentos contra las personas que practican la abstención. A su lado, Descartes es una lombriz de tierra. Pero... ¿podríamos ahora leer sus descalificadores rebuznos?
(...¿o era al revés? Hosti, tú, pos ya me he liao...)

poquetacosa -

Hola Angel:

Bueno... más que secuelas, aquella discusión actuó como un catalizador. Llevaba tiempo pensando en poner esto por escrito pero me ponía furioso cada vez que empezaba. Y aún lo hago, no hay mas que ver el vapuleo al que he sometido a la gramática.

Por otra parte, los altos niveles de abstención que se registran me parecen muy preocupantes, porque desde mi punto de vista suponen un síntoma más de ese analfaburrismo que tan bien saben explotar nuestros parasit... perdón, políticos; y que oscila entre dos actitudes a cual más pueril: \"paso de todo, me da igual\" o \"yo no puedo hacer nada\". En mis sueños más locos veo unas elecciones con una mayoría de votos en blanco tan abrumadora que no se pudiera esconder por mucha retórica y mucho rollo que le echaran.

Eso sí les iba a escocer. A los hideputas.

Angel -

Ejem, veo que te quedaron secuelas de la discusión. Aunque digas que puede ser un post reiterativo y demás, no lo es. Dice lo que cualquiera con cierto sentido debería apoyar. Y es que hay ya mucha gente que, como consecuencia de las cosas que comentas y muchas otras, no vota porque o hay ningún partido que supere el listón de la marca mínima.

poquetacosa -

Y escéptico Macías, escéptico tambien. De hecho, sería muy saludable para nuestros políticos ser puestos en duda más a menudo.

Macías P. -

Pues a mi me ha gustado el post, mas que nada porque hace tiempo que pienso mas o menos lo mismo.

Una precisión: Mas que de pensamiento escéptico deberíamos hablar de pensamiento crítico a secas.
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