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poquetacosa

El rincón de los charlatanes

Dios no existe y yo puedo demostrarlo.

Dios no existe y yo puedo demostrarlo.

Pues sí, amigos y vecinos. En primicia mundial puedo deciros que después de arduas y extensas investigaciones yo, Poquetacosa Lopeson Smith puedo demostrar, científicamente y más allá de cualquier duda razonable la inexistencia del dios judeocristiano alias Dios, Yavhe, Alá, Padre, Hijo, etcétera.

Ahora bien. Aquellos que deseen ser partícipes de este conocimiento deberán cumplir una única (pero imprescindible e innegociable) condición: deberán demostrarme a mí, científicamente y más allá de cualquier duda razonable la inexistencia de cualquiera de los siguientes dioses: Zeus, Osiris, el FSM o (que no se diga que no somos paritarios, coño) diosas: Afrodita, Bastet o Isthar.

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Seamos un poquito irreverentes:

Seamos un poquito irreverentes:

"Si hablas con Dios, a eso se le llama rezar. Si Dios te responde, entonces es esquizofrenia."

Y por cierto:

"No vengas a rezar a mi escuela y yo me abstendré de ir a pensar a tu iglesia (o mezquita, o sinagoga, o....)."

Continentes hundidos.

Continentes hundidos.

"El hundimiento de los continentes [...] solía ir acompañado de volcanes, terremotos y hordas de barquitos llenos de ancianos ansiosos por construir pirámides, y círculos místicos de piedras en alguna nueva tierra donde cupiera esperar que ser el poseedor de una antigua y genuina sabiduría esotérica atraería a las chicas."

Cita extraída del libro de Terry Pratchett ¡Voto a Bríos!, como todos los suyos, muy recomendable si te quieres echar unas risas.

El cronovisor.

El cronovisor. Allá por el 1972, saltaba una curiosa noticia en todos los medios de comunicación. Un equipo científico, dirigido por un benedictino especialista en prepolifonía (que también, hay que ver en qué cosas se especializa la gente) había conseguido dar forma a un invento que venía llamado a revolucionar el mundo tal y como lo conocemos, etc etc. Se trataba nada más y nada menos que del Cronovisor, un cacharrejo que nos permitiría ver y escuchar personas y hechos ocurridos hace la leche de tiempo. Como ocurre siempre con estas cosas, el tema se sustentaba en incontrovertibles teorías científicas. En este caso, nada más y nada menos que en la primera ley de la termodinámica, la que habla de la conservación de la energía. Si damos por hecho que la energía no se crea ni se destruye, el cronovisor debería ser capaz de, como quien dice tirar del hilo, desenredar la madeja de energía remanente, y volver a codificar sonidos e imágenes del pasado para hacerlas perceptibles por nuestros imperfectos sentidos. No voy a contar la historia completa del cacharrejo porque es fácil encontrarla en la red. Solo comentaré aquí, muy sucintamente, cómo terminó (¿seguro que terminó?... titototin…totin…totin…). Que fué, ni más ni menos que como cabe esperar que termine cualquier buena historia de conspiranioias: Ese Vaticano que se acojona al ver el potencial del inventito de marras, esos servicios secretos que se alborotan, esa etiqueta de top-secret, esa órden del Papa de turno conminando a guardar silencio sobre el asunto, ese director del proyecto que (convenientemente) estira la pata. Vamos, lo de siempre.

Sin embargo, hoy no quiero hablar de ese desprestigiado cronovisor. No señor. Hoy, con grave riesgo para su bienamado pellejo, haciendo chakras sordos a los mensajes telepáticos de los hombres de negro que silencio avisan y amenazan miedo, Poquetacosa (o sea, yo) va a hablarles del Auténtico Cronovisor (mayúsculas reverenciales incluídas). Ese que los amantes del misterio misterioso, empeñados en que los árboles no les dejen ver el bosque, parecen no conocer.

El auténtico cronovisor, no es un proyecto secreto. Su uso y disfrute es libre y, en su versión más básica, gratuíto. Lo usamos continuamente, aunque para explotar todo su potencial necesitaremos una noche oscura y estrellada y un lugar sin demasiada contaminación lumínica. El auténtico cronovisor siempre ha estado ante nuestros ojos… de hecho son nuestros ojos. Sí, amigos y vecinos, nuestros ojos nos permiten asomarnos a las ominosas tenebrosidades (titototin… totin… totin…) del pasado. Su mecanismo también se fundamenta en un hecho científico, en el que que nos cuenta que la velocidad de la luz es finita, 300.000 Km/s sobre poco más o menos. ¿Cómo afecta esto a nuestro cronovisor? Pues sencillamente, en que si miramos lo suficientemente lejos podremos ver el pasado, por cada 300.000 Km que nuestra mirada se adentre en la distancia, también retrocederá un segundo en el tiempo. Vamos a explicar esto con unos ejemplos prácticos.

Si volvemos la vista hacia Sirio, sistema éste tan querido para el mundo magufo, no lo veremos tal y como es en la actualidad, la luz que nos llega de Sirio salió de allí, aproximadamente cuando el mundo del colorín, lloraba con esas lágrimas suyas tan parecidas a la saliva goteante de los carroñeros, la muerte de Lady Di. Pero eso es poco tiempo, nuestro cronovisor puede llegar más lejos. Si miramos hacia Regulus, la estrella α de la constelación de Leo estaremos viendo el tiempo en el que se hacía uno de los mayores descubrimientos de la egiptología y que quedó eclipsado por la inminencia de la II guerra mundial: el descubrimiento en Tanis, por parte del egiptólogo Pierre Monet, de la tumba de Psusenes I. Un faraón cuyo ajuar eclipsaba al del mismísimo Tutankamon, y que reinó hace 3.000 años. Durante su reinado ocurría el drama que podemos ver en la fotografía que ilustra esta entrada: la agónica muerte de una estrella, que tras consumir todo su combustible, expulsa al espacio su envoltura gaseosa dando lugar a lo que conocemos como NGC 6543, la nebulosa del ojo de gato para los amigos. Pero claro, para ver espectáculos como ese, nuestros queridos cronovisores necesitan aumentar su poder mediante ayuda óptica. Esa foto en particular fué sacada por el instrumento óptico más poderoso que tenemos a nuestra disposición en este momento: el telescopio espacial Hubble . Tiemblo al pensar lo que será capaz de mostrarnos el James Webb cuando entre en servicio. Pero volvamos a poner los pies en la tierra. Polaris, la estrella que nos muestra el norte, envió la luz que hoy vemos, durante el reinado de Felipe II, cuando los tercios españoles hacían temblar Europa y un tal Miguel de Cervantes daba por finalizada su carrera militar. Y podemos llegar aún más lejos. Mirando a la Nebulosa de Orión, nos adentramos 1.500 años en el pasado, 163.000 observando la Nube Mayor de Magallanes, 2,4 millones de años si miramos hacia la galaxia de Andrómeda. Esto a simple vista y sin ayuda. Un telescopio nos puede llevar más allá. Nos permitirá observar por ejemplo, el cúmolo de Virgo, un conjunto de galaxias que se encuentra a 50 millones de años luz. Si recurrimos al actual rey de los telescopios, el Hubble , la cosa ya da vértigo. Su famosa foto de campo profundo, nos muestra un conjunto de galaxias, tal y como eran hace 14.000 millones de años. A estas alturas, la enormidad de las distancias pone a prueba hasta a las mentes más abiertas.

El cronovisor, efectivamente existe; aunque la mayoría del tiempo lo dediquemos a la mezquina ocupación de observarnos el ombligo, lo tenemos a nuestra disposición, sin necesidad de mediums, ouijas, ni aparatejos raros vetados por el Vaticano, para mostrarnos las verdaderas maravillas del universo.

Pensamiento escéptico y política.

Desdichado lector:

Antes de que sigas adelante, me veo en la obligación de hacerte una advertencia. Lo que sigue es, posiblemente, perfectamente obviable; largo, reiterativo y seguramente aburrido. Solo una cosa diré en mi descargo: ¡Si no lo suelto reviento!

Avisado quedas.

« La política y el fútbol tienen eso. Se sienten, no se piensan. No debería ser así en el caso de la política, pero es».

El entrecomillado lo podemos leer en los comentarios a una de las entradas del Golem Blog . Y quien dice eso tiene más razón que un santo. Apoyándose en ese hecho incontrovertible, la misma persona afirma que no debe aplicarse el pensamiento escéptico (esto es: la voluntad de hacerse preguntas y buscar sus respuestas) a la política porque la imparcialidad ahí es imposible y las conclusiones que saquemos estarán invariablemente viciadas de filias y fobias. Y en lo de la inconveniencia de aplicar el pensamiento escéptico a la política creo que el amigo se equivoca. Se equivoca mucho. Del todo diría yo.

Me explicaré. Tengo entendido que la democracia, puede resumirse muy básicamente como el gobierno ejercido por el pueblo. ¿Cómo se consigue eso? Por medio de elecciones en los que el pueblo elige a sus representantes. Estos representantes se organizan a su vez en formaciones o partidos políticos. Según las reglas democráticas más simplificadas es la formación más votada (por el pueblo) la que ejerce el gobierno del país durante un periodo pactado de antemano, a cuyo término vuelven a convocarse nuevos sufragios. El resto de los partidos, que han conseguido menos votos que la formación llamada a formar gobierno, integran lo que conocemos como oposición y su cometido consistiría básicamente en ejercer de contrapeso, en fiscalizar al gobierno y evitar que se emborrache de poder y saque los pies del tiesto. Esto, claro está es pura teoría. En la práctica y según el sistema vigente en España, el partido que ha sido votado mayoritariamente suele verse obligado a buscar alianzas para poder gobernar con cierto desahogo y lo que consigue en realidad es verse literalmente cogido por las pelotas por grupos que respaldados muchas veces por cuatro votos mal contados, llevan adelante iniciativas muchas veces abusivas que no podrían imaginar ni en sus sueños más húmedos y cuyo único mérito está en constituír un peso que, aunque irrelevante visto desde el conjunto, sí es capaz de inclinar la balanza que de entrada está bastante equilibrada por el peso parecido de los dos partidos mayoritarios. En cuanto a la oposición, parece que ha dejado de estar de moda la fiscalización constructiva destinada a frenar los posibles desmanes del gobierno y lo que se lleva ahora son los dinamiteros. Estos tipejos (antes o después lo son todos, no nos equivoquemos) se afanan, con fines puramente electoralistas, en destruir por principio cualquier iniciativa que tome el gobierno. El sentido común se va al carajo y son incapaces de ver otra cosa que las próximas elecciones o, en casos como el actual las anteriores, que perdieron pero aún no parecen haberse dado cuenta. Visto así, podemos caer en la tentación de considerar al gobierno como una pobre víctima. Nada más lejos de la realidad, su comportamiento suele ser tan limitado a la estética y tan electoralista como el de los otros. Silenciando sus errores y dándose autobombo con sus aciertos, o con todo lo que tenga la mínima posibilidad de venderse como tal, igual que los otros magnifican los errores gubernamentales o transforman sus logros en tales. Sus iniciativas dejan la práctica a un lado y se limitan a parchear el tambor al son que tocan las encuestas de opinión o, lo que es peor: las modas. El caso es que entre unos y otros montan tal batiburrillo de demagogia que el ciudadano de a pie, abrumado por la información contradictoria o por la simple ausencia de información termina aferrándose a sus filias y sus fobias dejando al corazón lo que debería gestionar la cabeza. En cualquier caso, la consecuencia lógica es un panorama político plagado de inútiles, irresponsables y corruptos todos ellos, eso sí, democráticamente elegidos (faltaría más) por un país que ha perdido la capacidad de crítica y va a votar como quien va al fútbol. El caso es, que entre unos y otros la democracia termina transformada en una puta performance, que es como definió alguien a un skech humorístico al que le han quitado la gracia.

¿Qué quiero decir con todo este rollo? Pues sencillamente que nuestros representantes distan mucho de ser los semidioses cuyas palabras y hechos deben ser elevados a artículos de fe que piensan muchos; de hecho, a estas alturas del chiste, sospecho que ni siquiera hay demasiados que estén especialmente dotados intelectualmente. Son adaptables, saben venderse, tienen capacidad para agradar; no puede ser de otra manera para llegar donde están. Pero nada más. Polvo y humo.

¿Cómo es posible que una panda de piernas, casi iletrados en porcentajes sorprendentemente altos, consigan ponerse, o más bien andar siempre a bofetadas alrededor del timón de un estado? Pues desde mi punto de vista la explicación es sencilla, aunque políticamente incorrecta. Para explicar esto, tenemos que desmitificar primero una de esas palabras fetiche: democracia; que junto con sus hermanas justicia y libertad ha sido puteada hasta límites impensables. Hablemos claro. La democracia no es la panacea universal. Ni mucho menos. Como mucho es, entre todos los sistemas de gobierno posibles, uno de los menos malos. ¿Qué ocurre con una democracia cuyos sustentadores y razón de ser (votantes), acríticos, prefieren «sentir» la política en lugar de reflexionar sobre lo que hacen los políticos? Sencillo. La palabra, tan bonita ella, se ve desprovista de su sentido y se transforma en algo parecido al coño de la Bernarda. Todo vale. Tergiversar, mentir, zancadillas, puñaladas traperas... El desvergonzado fin justifica los medios. Y en medio de todo esto, el pueblo, el que debía gobernar ruge extasiado o indignado según caiga la pelota; ajeno a todo lo que no sean las luces de colores, el polvo y el humo que les venden a precio de oro y de dignidad.

¿Cual es la consecuencia de este panorama? Pues bastante deprimente, la verdad. Nos encontramos con un paisaje en el que nuestros políticos viven en los mundos de Yupi, con un contacto con la realidad patéticamente limitado. Charlatanes cuya única diferencia con Rappel y Paco Porras, se suele limitar a que nuestros políticos visten de una manera un poco más elegante, y por supuesto en que las consecuencias de sus charlatanerías suelen ser infinitamente más jodidas. Y más vergonzosas.

Si después del peñazo de arriba no estás ya hasta las narices, con tu permiso daremos un paseo por unos cuantos ejemplos ilustrativos.

Comenzaremos por aquella sabrosa anécdota que tuvo lugar al principio de la actual legislatura (allá por agosto de 2004 creo recordar). Entonces pudimos regocijarnos contemplando a nuestras paritarias ministras que, recordémoslo pertenecen a un partido que se apellida socialista y obrero, se soltaban la melena y aparecían posando para una de las revistas más pijas que existen convenientemente ataviadas con trapitos cuyo precio da sudores fríos imaginar. El motivo, según ellas, era reivindicar los derechos de la mujer. O sea, a ver si nos entendemos. Resulta que posar para Vogue vistiendo unos trapitos con un precio que supondría el sueldo de un año para la mayoría de las españolas es una forma de reivindicar los derechos de las mujeres. Pues algo debo haberme perdido, porque a mí, eso me parece un capricho de nuevo rico. No. Vamos a ver. Al parecer nuestras muy paritarias, socialistas y obreras ministras, no parecen saber que, a día de hoy (y también entonces) la situación de la mujer obrera española es bastante jodida; y eso dejando a un lado los contratos basura, los sistemáticos incumplimientos de los convenios por parte de las empresas y los sueldos de mierda. En el mundo real, señoras ministras-modelo (juego de palabras traído por los pelos), ser mujer joven y casada se transforma en un hándicap a la hora de buscar trabajo porque es normal que durante la entrevista, el fulano de turno les pregunte si piensan tener hijos. Si la respuesta es sí, adiós muy buenas. En el mundo real, a pesar de las leyes de conciliación de la vida laboral y familiar, se despide sistemáticamente a las mujeres por el hecho de quedarse embarazadas. Tienen la Ley de su parte ¿No? Pues no. Por la sencilla razón de que un trabajador medio no suele poder permitirse litigar con el empresario en caso de despido improcedente, y si a pesar de todo lo hace, lo máximo que podrá conseguir es una indemnización que en la mayoría de los casos será una mierda, o una readmisión forzosa a un trabajo en el que ya no es bien recibido y terminará dejando. Y esto no es mas que un ejemplo. O sea, que no me jodan señoras ministras.

«Una mentira convenientemente repetida adecuadamente mil veces se convierte en una verdad». Durante las anteriores legislaturas, me harté de ver a un señor bajito con bigote repitiendo machaconamente aquello de «España va bien». Que curioso, me decía yo. Porque mi poder adquisitivo no deja de caer en picado, y si miro a mi alrededor no veo mas que precariedad económica y precariedad labora y consumismo desaforado e irresponsable; todo ello convenientemente aderezado por los bancos agarrándonos bien agarrados por las pelotas. Claro, llegados a este punto a mí se me presentaba una paradoja, si España iba bien, y yo, que confío ciegamente en los políticos y no soy crítico con ellos no soy nadie para dudarlo, una de dos: o bien no vivo en España, o tal vez vivo en la España equivocada. Va a ser lo último. Por cierto, como supongo que sabréis la mayoría de vosotros, el entrecomillado que abre el párrafo es de un tal Joseph Goebbels, ministro de propaganda del Tercer Reich.

Los niños. Tan fotogénicos ellos ¿verdad? ¿Existe acaso imagen más entrañable que la de un político (generalmente en plena campaña electoral que es lo mismo que decir en cualquier momento) besando a un niño? Hay que proteger a la infancia, nos dicen. Y tienen razón. Y en los mundos de Yupi se la protege, claro que sí. Ay de aquel maestro que ose decir a un niño una palabra más alta que otra (por no hablar de suministrarle una colleja) ¡Anatema! ¡Excomunión! ¡Al infierno, a la hoguera con el diabólico enseñante! No vaya a ser que el tierno infante nos coja un trauma o como último recurso tire de teléfono móvil (última generación, con cámara de vídeo Mp3 y microondas) y llame a los geos de protección del menor. Claro. Esto es en los mundos de Yupi. En la práctica nuestros hijos son despiadadamente bombardeados en campañas meticulosamente diseñadas para hacer palanca en el eslabón más débil de la cadena: los niños. Y claro, lo que viene son generaciones cada vez más acríticas y depravadas (conocen al dedillo sus derechos pero no quieren oír hablar de obligaciones) que no tienen ningún empacho en extorsionar a padres y profesores con tal de tener un teléfono con microondas, con el que poder grabar las palizas que les arrean a pobres incautos y echarse unas risas. Las criaturas. La disciplina es un invento retrógrado y a extirpar mientras se impone la ley del todo vale. El sistema educativo ha sido sistemáticamente socavado hasta el punto de no saber bien de qué carajo estamos hablando. La escuela universitaria de magisterio de Valencia languidece y se cae a pedazos a la sombra del derroche de la Ciudad de las Artes y las Ciencias (¿Se puede imaginar mayor contrasentido?) y las universidades se llenan de futuros licenciados para los que la coma es un puntito con rabo y el hecho de escribir su propio nombre sin faltas de ortografía supone un evento literario sin precedentes. ¿Que exagero? No, lamentablemente no exagero. La enseñanza de las humanidades se ha relegado a un segundo plano y en algunas ramas (léase filosofía) está lista para la puntilla, la Historia (tan importante conocerla para no vernos obligados a repetirla) se prostituye en la casa de putas de los intereses partidistas y la literatura es cosa de esnobs, de pedantes y lo que es peor: de derechas. Los padres descargan su responsabilidad educativa en maestros asustados y desencantados. Y no nos equivoquemos, la mayoría de las veces no lo hacen por gusto, lo hacen por esa alegre y destructiva ignorancia que parecen empeñados en inculcarnos, o porque no tienen más remedio; al fin y al cabo hay que pagar la puta hipoteca. Lo estamos consiguiendo, sí señor. Estamos consiguiendo unas nuevas generaciones formadas por consumidores disciplinados, borregos mezquinos que rugen extasiados ante los fuegos artificiales mientras les arden las pelotas. ¡Que carallo! Protejamos la infancia, lo estamos haciendo de puta madre.

Esto es lo que trae la falta de escepticismo en política. Una democracia enferma en su raíz, y una sociedad que solo necesita pan y circo sin preguntarse jamás quién coño se está comiendo el entrecot.

Toca Madera...

El panorama magufoide patrio, en su vertiente más popular y kiosquera está de enhorabuena. Desde hace unas semanas contamos en nuestros puntos de venta habituales o no, con una nueva publicación que viene a engrosar la ya de por sí surtidita fauna y, ya de paso abrir nuestras mentes cual puerta de chiqueros para darle entrada al morlaco de la maravilla más pachanguera. El nombre de la cosa es «Toca madera y conviertete en mágico». Ahí es na. Pero pongámonos en antecedentes.

Hace bastantes años, era yo cliente irregular de publicaciones como Ano Cero y Más Allá de la estulticia. Sin embargo hace tiempo que no compro ninguna publicación de este tipo. Vale, soy consciente de que para criticar algo hay que conocerlo primero, sin embargo para encontrar maguferías ya no hace falta pasar por el kiosco, un simple paseo por la red de redes suele bastar y sobrar para encontrar material. Además, este tipo de publicaciones suelen pseudoplagiarse en sus postulados y, qué quieres que te diga, conozco formas mucho mejores de aburrirme. La publicación que nos ocupa hoy, por haberme pillado en un día tonto, y además tratarse de una primera entrega, constituye una notable excepción que, me temo va a confirmar mi regla de no gastar dinero en chorradas durante bastante tiempo.

Decir que es un bodrio sería mucho decir. Pero echémosle un vistazo superficial antes de entrar en detalles que por un motivo u otro han llamado mi atención. Para empezar nos damos cuenta de que con la excusa del regalito de rigor –un «oráculo azteca» en este caso- la cosa viene profilácticamente plastificada. Para evitar contaminaciones por malas energías supongo. O más bien para evitar un hojeo previo al pago; sana medida ésta, que en este caso echaría para atrás hasta al magufo más recalcitrante. Otro detalle en el que reparamos nada más aflojar los 2.90 € que cuesta la broma, es en su patética delgadez: 68 páginas incluyendo las tapas, y aparte el regalo: una cartulina troquelada y llena de colorines en el anverso y frases chorras en el reverso que contiene las 16 cartas de que consta el oráculo de marras, cartas que, si nos atenemos a las instrucciones de uso y disfrute deberemos separar siguiendo las líneas de puntos y usando la mano izquierda. La cara de tonto que se le queda a uno al sopesar el producto mientras la caja registradora hace cling cling, se agudiza al comprobar que de esas 68 páginas, 14 están dedicadas a la publicidad del ramo. A saber: mucho 806, mucho colorín místico, mucho careto esotérico, y mucho –esto mucho más mundano- simbolito de Visa, Mastercard y demás trocitos de plástico que hacen nuestra vida más fácil.

Vamos a ver qué nos queda. El titular central de la portada está dedicado a las casas encantadas, tema este, como todo el mundo sabe de candente actualidad. Tambien se trata la lectura de los huesos de los dátiles –esta magufada no la conocía- y, cágate lorito, prometen mostrarnos el rincón oculto de un actor porno; que dado el oficio del paisano debe andar por debajo de las uñas sobre poco más o menos. Lo del actor porno descoloca un poco pero se comprende enseguida; porque si echamos un vistazo a los créditos, nos damos cuenta de que la empresa editora es nada más y nada menos que Adult Video Films S.L.. Organización que como todo el mundo sabe es mundialmente conocida por sus acojonantes –y nunca reconocidos por la ciencia oficial- logros en la cosa de exponer, investigar, y dar solución a todo tipo de misterios para-anormales.

La editorial, a modo de presentación y firmada bajo pseudónimo –claro- nos deja claras un par de cosas. A saber. A la abajofirmante le encannnta escribir, y lo hace muy bien, pero como sus posibles lectoras son gilipollas no va a hacerlo tan bien como sabe porque no pillarían ni una. Tambien queda más o menos claro que la abajofirmante –La Bruja por mal nombre- tiene un don y sabe cosas que, de hacerse públicas conseguirían que nos hiciéramos caquita en los pololos pero que no piensa contárnoslas porque ella es una persona enrollada y consciente de que el coeficiente intelectual medio de su parroquia es comparable, en textura y amplitud, con el de un botijo de esos de «estuve en Valdetortas y me acordé de ti». Poco despues en una maniobra de acercamiento consistente en un guiño cómplice, nos cuenta de que ella, dones aparte, tambien es un ama de casa dinámica, de su tiempo y tal y tal. Otro cómplice «bienvenidas» nos deja claro a qué tipo de público va dirigida la revista: ama de casa de mediana edad y con una formación académica media-baja. Aquí me permito un inciso para poner de relieve algo que «La Bruja» parece no saber: las amas de casa de mediana edad y con una formación académica media-baja distan muchismo de ser tan gilipollas como ella parece creer; y llevan a cabo todos los días, y cuando digo todos los días quiero decir TODOS LOS DÍAS, tareas que harían que un tiburón de Wall Street se pusiera a llorar como una magdalena de encontrarse en la misma situación. Y sin despeinarse ni perder la sonrisa. Con dos cojones.

El sumario podría obviarlo, sin embargo llama la atención que nos prometan, que cuando lleguemos a la página 30 aprenderemos las técnicas jíbaras para reducir cabezas. Una enseñanza de bastante mal rollo, me permito añadir.

Y llegamos a la sección de curiosidades. Aquí nos encontramos con que un tal Edgar Friendich nos conmina a que no pensemos. Bueno, es lógico. Y digo más, si existiera un libro sagrado para el magufete de infantería, creo que ese sería su primer mandamiento. Luego el fulano se explica. La razón para no pensar es la existencia de «vampiros psíquicos»; unos pseudo-jetas que se dedican a robar buenas ideas. Más tarde la cosa se suaviza, y resulta que lo que no debemos hacer es verbalizar nuestras ideas geniales no vaya a ser que cualquier vivales nos las fusile. Pues bien, todas estas chorradas en doce líneas a media página. El julai este del Edgar (del que viene una foto muy meditabundo él y como sujetándose con el pulgar las ideas para que no se le escapen) creo que antes se dedicaba al espionaje industrial pero lo echaron por gilipuertas. La sección de curiosidades, despues de varias chorradas más sobadas que la pechuga de la Berrocal, termina contándonos cómo los semáforos nos indican la forma de dirigir nuestras vidas. Si los encontramos siempre en verde: de puta madre, si están en ámbar: mal rollito pero tiene arreglo, si se ponen coloraos a nuestro paso: chungo chungo chungo.

Con ese nombre no podía faltar una sección llamada Mundo Supersticioso y subtitulada «por si acaso…» y está dediciada precisamente a eso, a las supersticiones. Bueno, podría ser peor, podrían llamarlas «sabiduría popular». Aquí más chorradas más vistas que el funeral del Papa y algo original. Resulta que si hacemos puenting, debemos hacerlo en luna creciente y levantando la pata izquierda en el momento del salto. Tambien se nos recomienda que, mientras caemos, en lugar de gritar Jeronimooooo y hacernos pipí encima, pensemos con fuerza en un deseo. En mi caso, el deseo fue: «que aguante la cuerda, porfa, que aguante la cuerda y no volveré a hacerlo». Y oye, funcionó. Y eso que había luna nueva y yo tenía resaca. Eso sí, unas gotitas se me escaparon.

Y por hoy ya está bien. Tengo hora con mi charlatán de cabecera para que me de un masajito en el yo interior y me ponga los chakras a punto de nieve. En un próximo post entraré más a fondo con algunos artículos de la revistita de marras justo antes de que acompañe al oráculo azteca en el sueño de los justos del contenedor de reciclado de papel. Sin embargo antes de irme quiero emular a mi admirado Juan Dámaso (Vidente) y hacer una predicción: a esta publicación le veo yo menos futuro que a un consolador en la puerta de un convento.
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Inexplicable

Cuando una línea de pensamiento se fundamenta sobre una palabra de connotaciones negativas… mal empezamos. Poco positivo podemos esperar ahí. Es el caso de los charlatanes y soplagaitas varios de lo paranormal, pues basan todo su intrincado –aunque en esencia muy sencillo- imaginario en una palabra de estas características: inexplicable. Y claro, a partir de ahí hay barra libre. Una vez establecido –por ellos, claro- el carácter inexplicable de un hecho pueden inventarse cualquier explicación que se les ocurra por ilógica que sea. Si la explicación en cuestión se maquilla convenientemente con términos pseudocientíficos, se la rodea con una banda sonora convenientemente misteriosa e inquietante, y se le cuelga tamben la etiqueta de inexplicable, tenemos una bonita pescadilla que se muerde la cola lista para el consumo de cerebros ávidos de emociones emocionantes y poco dados a hacerse preguntas. Desde mi punto de vista esta es la esencia del pensamiento irracional: una panda de débiles mentales que opinan que, lo que ellos no pueden explicar es inexplicable. La desfachatez de estos elementos llega al extremo de ignorar, negar y ridiculizar con uñas y dientes las explicaciones lógicas que puedan hacerse sobre los fenómenos que ellos han etiquetado como inexplicables. Tampoco es que me extrañe, un misterio desvelado deja de ser un misterio lucrativo.

Y conste que en el caso de los que se lucran con este tipo de cosas, la situación me parece comprensible. Cada cual cuida de su negocio por inmoral que este sea. Y claro, esto se refleja en los magufillos de infantería, los que se dejan la pasta en publicaciones, cursos raros y CDs de autohipnósis; unas veces porque están sinceramente convencidos y otras con la nada inocente intención de parecerse a los supermagufos que tienen la exclusiva sobre la palabra inexplicable y, por supuesto sacarle el mismo rendimiento pecuniario que ellos. Desde mi punto de vista, se nota que un magufillo de infantería está maduro cuando empieza a inexplicar cosas. Verbigracia. Pongamos que al magufillo en cuestión se le aflojan los esfínteres emocionales ante la grandeza de un edificio grande como la Gran Pirámide. Como la formación histórica de nuestro personaje es comparable a la de un cojón de pato automáticamente viene la palabra que tan aprendida tiene a su mente: inexplicable. Si es un magufillo con cierta formación en lo suyo, la palabra mágica viene automáticamente seguida por el razonamiento de que es imposible que los egipcios levantaran semejante monumento: no puedo hacerlo yo ¿cómo podrían hacerlo ellos con lo antiguos que eran?. Y a partir de ahí viene la fase de barra libre; que si atlantes, que si extraterrestres, la imaginación y la imbecilidad marcan el límite. Y como todo el mundo sabe, la imbecilidad humana es una de las pocas cosas ilimitadas que existen… bien pensado debería dejar solo la imbecilidad y retirar la imaginación. Hay pocos magufos imaginativos –y suelen tener buenos índices de ventas por cierto-, el resto se limita a repetir los arrebatos lisérgicos de aquellos elevándolos a la categoría de hechos comprobados: inexplicable.

Si a estas alturas de la fiesta llega el detractor de turno y se le ocurre decir que tal o cual hecho inexplicable está más que explicado entramos en la fase buenrollista. Chaval, tienes que abrir tu mente. ¡Coño! Si tengo la mente abierta. Tan abierta la tengo que soy capaz de reconocer que existen cosas en este universo que no soy capaz de comprender; el funcionamiento del encendido electrónico de mi coche sin ir más lejos. Sin embargo no las considero inexplicables. Soy consciente de mi pequeñez, de mis limitaciones intelectuales. Y oye, tan feliz. Esta actitud me permite seguir aprendiendo cosas. También soy consciente de que en el momento en que me atasque y reconozca que algo es inexplicable, habré dejado de aprender. No porque lo sepa todo, sino porque lo categórico de la palabra cierra todas las salidas que no pasen por la fantasía. Ojo, he dicho fantasía, no imaginación. Aunque son palabras emparentadas definen conceptos distintos.

Los amantes del misterio, lo que normalmente buscan es el misterio en sí. La descarga de adrenalina que da el ver una sombra por el rabillo del ojo e imaginar que es un fantasma, al escuchar extraños sonidos en la medianoche de un caserón abandonado, la chapita corriendo por el tablero de la Oui-ja. Vale, de acuerdo. Como hobby no le veo ningún problema. Hay gente que juega al rol consiguiendo los mismos resultados, otros coleccionan orinales o cacas de perro y oye, tan felices. Lo que me jode es, que gentes cuadriculadas incapaces de pensar por sí mismas, que repiten cual loritos las disparatadas teorías de sus gurús, que consideran inexplicable todo lo que desde su cojera intelectual no pueden, o no quieren comprender; que esa panda de pardillos me diga que abra mi mente e intente hacerme comulgar con las mismas ruedas de molino que ellos se tragan sin pestañear. Eso me toca la bisectriz sobremanera.

"¡Oiga usté! ¡Yo tengo derecho a creer en lo que me de la gana!"

Cuando un charlatán, sea profesional o amateur (los profesionales son más retorcidos, los amateur más apasionados) se queda sin argumentos, cosa que ocurre más pronto que tarde a poco que se les pidan pruebas lógicas que respalden sus delirios, suelen recurrir como último e incontestable recurso al entrecomillado que he puesto como título.

Y ahí (nunca mejor dicho) hemos topao con la iglesia. Libertad de culto, libertad de creencias, libertad de irracionalidad, libertad,libertad, libertad... nunca una palabra tan bonita fue tan prostituída salvo, tal vez Paz.

Sin embargo las creencias irracionales casi nunca son algo gratuíto. No. La cosa suele pasar factura. Sobre todo si las inscribimos en un marco de desesperación que es, al fin y al cabo su mejor caldo de cultivo. No, esta no es una de mis divagaciones. Si quieres saber de verdad de qué hablo pincha AQUÍ y saca tus propias conclusiones. Yo ya he pinchado y, con tu permiso me voy a vomitar.
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El pensamiento crítico y el Casio de mi madre.

Mi madre tiene un reloj de esos baratitos, de plástico y goma. Un Casio me parece que es. Lo compró en una de esas tiendas de todo a cien porque mi madre, tanto en su ejercicio profesional como en el ejercicio de la maternidad (las cosas son aún así, no nos equivoquemos), pasa mucho tiempo trasteando con agua y con otros líquidos menos recomendables. Y claro, no quería estropear el reloj bueno, el dorado, que le regalaron hace tiempo. El caso es, que al reloj en cuestión un buen día se le agotó la batería. Normal. Generalmente, si a un reloj como ese se le gasta la pila lo tiras y te compras otro. Suele salir más barato. Sin embargo a mi madre le encanta su reloj sumergible de plástico y lo llevó a la relojería para que sustituyeran la batería. Y el reloj, claro, volvió a funcionar tan bien como hasta entonces. Sin embargo, por alguna razón había dejado de ser sumergible: cuatro gotas de agua, el cristal de la esfera empañado por dentro y vuelta a la relojería. Ya en tan digno establecimiento la conversación se desarrolló más o menos como sigue:

- Buenos días ¿en qué puedo ayudarla? – amplia sonrisa del relojero.
- Pues verá usted, es que ayer vine para cambiarle la pila a un reloj y ahora le entra agua.

El profesional de la manecilla coge el reloj, lo observa con aire experto, asiente un par de veces como para sí, condescendiente, y con gesto algo despectivo lo deposita en el mostrador y procede a dictaminar:

- Este tipo de reloj, sobre todo los de diseño cuadrado como es el caso que nos ocupa, una vez abierto resulta muy difícil, por no decir casi imposible que recuperen la estanqueidad.
- Hombre… tampoco creo yo que haya que estudiar en Salamanca. Que es un Casio de seis euros, no el batiscafo de Cousteau.

El digno comerciante en pelucos que acusa la puya como una duda a su profesionalidad y, destornillador en ristre y con gesto algo mosqueado procede a levantar la tapa del peluco de la discordia, para descubrir que la junta de goma responsable de la estanqueidad del aparato está doblada en una esquina. Con maestría la endereza, la coloca en su sitio, vuelve a apretar los tornillos y ¡Oh Milagro! El peluco en cuestión vuelve a estar preparado para convivir sin peligro de empañamientos con todo tipo de líquidos domésticos.

La historia del reloj no es mas que un ejemplo; hay más. De hecho es algo que puede ocurrirnos en cualquier momento en que necesitemos los servicios de un profesional cualificado, si ese profesional es menos cualificado y más caradura de lo que en un principio pudiera parecer. Verbigracia. El albañil que hemos contratado nos deja una pared torcida cual muralla china. Le pedimos explicaciones y la respuesta puede ser más o menos que no, que la pared no está torcida, que se trata de un efecto óptico propiciado por la distribución general de la vivienda; póngase usted aquí –no, ahí no, un poco más a la derecha- y verá cómo la ve recta. Un fontanero: efectivamente caballero la tubería nueva que acabo de instalar pierde un poco de agua, pero no es mi culpa, la culpa es del arquitecto que al hacer el proyecto no ha tenido en cuenta el influjo de las mareas sobre todos y cada uno de los fluidos. El carpintero. Debo darle la razón, apreciada señora en que la puerta al parecer, no cierra como es debido y hace un desagradable ruido al arrastrarse por el suelo. Sin embargo no debería darle importancia pues es un fenómeno bien conocido en nuestra profesión y se debe básicamente a que la madera aún no se ha adaptado a este entorno que, por otra parte sufre constantes y acusados cambios tanto de temperatura como de humedad E=mc2… pero usted págueme y no se preocupe porque ese problema se soluciona solo en un par de meses. La respuesta adecuada en estos casos suele ser algo así como que las fluctuaciones macrofinancieras en Wall Street combinadas con una desagradable infección por hongos que sufre el cajero del banco impedirán que (póngase el nombre del profesional que corresponda) cobre su trabajo hasta que no esté bien hecho. Y suele funcionar. Después de responder eso y tras los morros y las blasfemias el voy baja de rigor, la pared suele terminar recta, la tubería bien sellada, y la puerta abre y cierra como una seda.

Sin embargo, si estos profesionales tan… poco profesionales esgrimen esas torpes excusas para camuflar su torpeza es, ni más ni menos porque en la mayoría de los casos funcionan. Y… ¿Sabes qué? Pues que no me extraña. Vivimos en un mundo en el que una parte importante de la población está convencida de que la posición de tal o cual esfera gigante de gas incandescente que se encuentra por otra parte a un montón de años-luz, en el momento del nacimiento influye sobre el carácter y el futuro de la criatura. De que unos monigotes pintados en trozos de cartón, interpretados convenientemente por el caradura de turno, son capaces de predecir nuestro futuro y hasta nuestro pasado. De que cualquier sustancia sospechosa que se le pase por los cojones (a veces creo que literalmente) al curandero chalado de guardia es más efectiva para curar nuestros males que cualquiera de los medicamentos probados y reprobados que existen… y así, ad nauseam que decía uno por ahí. Y claro, no me extraña que cualquier elemento se suba alegremente al carro de la credulidad para justificar sus chapuzas. Si la luna es capaz de moldear mi carácter ¿Cómo no va a serlo de afectar la estanqueidad de una tubería?

Eso sí. Aquí todos somos muy guays, muy comprensivos y muy políticamente correctos. Cada cual es muy libre de creer en lo que se le pase por la cabeza por disparatado que parezca. Todo en aras de la libertad. Pero ¿somos así más libres? No, que va, no lo somos. Así lo único que somos es más borregos. ¿Para qué pensar, informarse y sacar conclusiones si hay otros que lo hacen por nosotros? Y además dicen unas cosas tan bonitas… Seamos democráticos porque la verdad lo es. Votemos. Y si el resultado de la votación es que tenemos que meter la astrología, la transcomunicación instrumental (jugar a interpretar palabras en el ruido blanco de una grabación) y la cirugía psíquica en las universidades, pues hagámoslo, creemos cátedras especializadas en fantasmas y fotografías Krilian. Una vez conseguido esto ya podremos dar el Gran Paso. Estaremos existencialmente preparados para irnos definitivamente a la MIERDA.

Un golpe de timón

Este garito en el que ahora te encuentras, amable lector (¡Hola mamá!) nació, como ya dije en el primer post, con vocación de válvula de escape para la mala leche. Y así va a seguir. Sin embargo la realidad a palo seco es jodida de digerir, y el universo magufo a pesar de los peligros que encierra lleno como está de paladines de la imbecilidad es, en el fondo muy aburrido. Los mismos idiotas diciendo las mismas idioteces terminan por cansar.

Uno de los métodos que tengo yo para escapar de estas cosas consiste en sumergirme en mundos e historias ficticias y mi intención es poner algunas aquí para uso, disfrute, y posiblemente tambien para desespero de los pocos que me visitáis. Las desbarradas indignadas que tienen como protagonistas a políticos, magufos, y demás especies carroñeras pueden ser distribuídas, fusiladas, retocadas y todo lo que se os ocurra. No ocurre así con las historias ficticias. Esas tambien pueden ser copiadas y distribuídas siempre que se respete la firma y nunca con ánimo de lucro. Sí, ya sé que hay que estar muy loco para tratar de lucrarse vendiendo lo que yo escribo, pero cosas más raras se han visto. En el caso hipotético de que hubiera alguien lo suficientemente loco, no tiene mas que ponerse en contacto conmigo para negociar la mejor manera de hacerme llegar mi 10 % ;-).

Y sin más rodeos, a continuación dejo un par de esas historias: un acercamiento al maravilloso mundo de Salannah, y la historia de un pobre imbécil.

Que te diviertas.
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