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La puta de Salannah

Ella era puta como su madre; también la madre de su madre había sido puta. De hecho incluso el padre de la madre de su madre había sido puta. No me preguntéis cómo es posible que un duro (y peludo) mercenario de mediana edad se levante un buen día hecho una puta. En Salannah pasan cosas más extrañas a veces. Pero volviendo al mercenario que se hizo puta, no faltaba quien decía que tambien era un hijo de puta; aunque sospecho que eso nada tenía que ver con su madre que era curandera y remendadora de virgos. Pero esa es otra historia y puede que algún día os la cuente. Volvamos con la biznieta del mercenario-puta porque ella es la protagonista del relato de hoy.

El barrio rojo de Salannah ha sido tradicionalmente un barrio de putas. Se dice que eso se remonta hasta miles de años atrás, incluso hay una leyenda y todo; pero tambien es verdad que la gente dice muchas tonterías. Nuestra puta, por ser aún jóven y bella se ganaba al vida en uno de los antros menos sórdidos de ese sórdido barrio. Los había peores; en callejuelas estrechas y apenas iluminadas se refugiaban viejas y ajadas glorias de tan digna profesión, que enfermas y derrotadas sobrevivían a base de pequeños y repugnantes trabajos semiocultas en la misericorde penumbra. Curiosamente, de la zona más oscura del barrio rojo, a pesar de la pésima salud que disfrutaban por lo general quienes allí se ganaban la vida, sacaban pocos cadáveres. Puede que ese curioso hecho esté relacionada con la abundancia de ratas que allí había, pero quién quiere saberlo. En estos poco alegres pensamientos andaba perdidan nuestra protagonista mientras soportaba en un cuartucho mugriento las violentas embestidas de un obeso mercader que había llegado esa misma mañana con una caravana procedente del desierto. Esos pensamientos fueron los que le proporcionaron las fuerzas y la determinación necesarias para llevar a cabo su plan y que habían flaqueado alarmantemente durante las últimas horas.

Cuando los gemidos del mercader se tornaron más fuertes y su respiración más superficial ante la inminencia del orgasmo, ella empuñó el largo y afiladisimo estilete que había ocultado unas horas antes debajo de la almohada y con suavidad, casi con cariño, lo introdujo entre las costillas del hombre. La empuñadura vibró levemente cuando la punta de acero tocó el corazón y él se puso tenso. En su mirada se reflejó la incredulidad y cogió aliento para gritar. No llegó a hacerlo. De sus ojos se esfumó de pronto todo rastro de vida y lo que iba a ser un grito, privado de fuerza se transformó en un suspiro que habría parecido de satisfacción de no haber sido por la mirada vidriosa y la sangre que parecía salpicarlo todo. Mientras forcejeaba para desembarazarse de pesado cuerpo del mercader recordó algo que le habían contado tiempo atrás: en algún lejano país definían el orgasmo como «la pequeña muerte». Vaya –pensó-, pues a este le ha llegado una muerte grande o, al menos de tamaño natural; esto sí ha sido un servicio completo. Los caminos del pensamiento son a veces bastante inoportunos.

Cuando el cielo empezaba a clarear Salannah era una mancha brumosa y deformada por las nieblas de la mañana que se iba tornando cada vez más irreal a medida que ella se alejaba cabalgando sobre una bonita yegua y seguida por un borrico con las alforjas rebosantes por el oro del mercader. Cuando el sol naciente le bañó el rostro de luz, ella sonrió feliz por primera vez en su vida al pensar que la pequeña vida que se desarrollaba en su vientre nunca sería puta. Na había remordimiento, la prostitución es un oficio duro y el barrio rojo de Salannah un lugar podrido.
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