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poquetacosa

Sábado noche.

Las estrellas titilaban luminosas y frías, ajenas a todo, en el cielo invernal. La luna, en cuarto menguante luchaba infructuosamente por eclipsar su brillo, mientras un resplandor rosado en el esteanunciaba la cercanía del amanecer. Sin embargo, todo seguía oscuro. En una carretera secundaria, los faros de un coche, perforaban la oscuridad; ajeno su conductor a la belleza del cielo invernal. Bastante borracho; muy borracho a decir verdad. El cuerpo echado sobre el volante, los ojos enrojecidos por el alcohol intentando ver con claridad las rayas blancas de la carretera y las señales que parecían empeñadas en no quedarse quietas. Sabina, contaba en el radiocasette a todo volumen sus encuentros amorosos con una viuda. ¡MIERDA! El coche hizo volar chispas al pasar rozando el guardaraíl. Otro rascón. Y van… El conductor corrigió a duras penas la trayectoria y volvió a la carretera dando bandazos. Al recuperar el control, volvió a felicitarse por haber cogido esa carretera. Por la otra ruta, habría llegado antes y más cómodamente. Sin embargo era una carretera más transitada y a esas horas con toda seguridad encontraría controles de alcoholemia. Si, en verdad llevaba una trompa impresionante. Esa carretera, tenía peor asfalto, más curvas, y discurría en casi todo su trayecto por una zona boscosa y aislada. Pero no era eso lo que inquietaba al borracho. No eran las curvas, ni que por esa carretera pasara tan poca gente que, de sufrir un accidente podrían tardar días en encontrarlo. No. Lo que realmente lo inquietaba era la casa. Se levantaba en una ladera boscosa a cincuenta metros de la carretera como un centinela maligno. Sus ventanas cerradas como los ojos de un ídolo ciego que todo lo vieran. Él sabía que veían; y vigilaban con hostilidad. La gente sencilla de los pueblos de alrededor evitaba la casa; se contaban historias en las noches de invierno, alrededor de la lumbre y con una bebida caliente en la mano que ponían los pelos de punta. Historias de muerte, asesinato y violencia. Pero esas no eran las peores, al fin y al cabo la violencia, es un mal humano. Perpetrado por humanos y por ello comprensible. Las peores historias, se referían a luces malignas que paseaban por sus pasillos, gritos aterradores que salían de sus sótanos. Historias de locura de caminantes de antaño a los que había sorprendido la oscuridad cerca de la casa y habían sido encontrados días después vagando por los campos como espectros babeantes de ojos vaciados por la demencia.

El conductor conocía esas historias y, aunque no las creía, lo inquietaban. Sobre todo cuando la luz del día cedía su puesto a las ignotas sombras de la noche. Sobre todo cuando la casa estaba tan cerca. De ser de día ya podría verla agazapada, como al acecho arropada por los oscuros pinos de la ladera. A pesar de la oscuridad, sabía dónde estaba, no podía verla pero, a pesar de las brumas del alcohol, podía advertir su malignidad; su hostilidad. Si pasar cerca de la casa durante el día producía intranquilidad, hacerlo en la oscuridad, producía, simplemente miedo. Un miedo infantil e inconfesable a lo desconocido. Un miedo que no debía tener lugar en la era de la informática y la luz eléctrica. Sin embargo, era ese miedo el que atravesaba como un cuchillo helado la agradable semiinconsciencia de la borrachera llegando directamente al alma. Ese miedo, le impulsó a acelerar un poco más a pesar de las curvas; a pesar del peligro tangible de salirse de la carretera, allí acechaban otros peligros. La casa se acercaba. Cuando pasara, levantaría el pie del acelerador y se reiría. Pero ahora no. ahora quería pasar cuanto antes. Dejar atrás su maligno influjo y llegar cuanto antes donde hubiera luz. Luz de farolas, de carteles luminosos. Civilización. De pronto, en plena curva, notó cómo el coche intentaba irse hacia la derecha a pesar de que las órdenes que le daba con el volante decían lo contrario. Aterrado, aceleró aún más pensando en fuerzas malignas que querían atraerlo hacia la casa. Al tiempo que las ruedas pisaban la gravilla de la cuneta, le llegó un olor a goma quemada. A su pesar, frenó, de no haberlo hecho se habría salido de la carretera volcando. Tan cerca de la casa…

Hacía frío y su aliento se condensaba en nubes de vapor al respirar. A pesar de la gruesa chaqueta, sintió frío en los huesos al ver lo que había ocurrido. Un pinchazo. Una blasfemia sonora como un latigazo acudió a sus labios pero no llegó a salir. Vio dónde estaba. Junto al coche, había un camino cerrado con una cadena de la que pendía un cartel que prohibía seguirlo. Que prohibía ir a la casa. Como si alguien quisiera hacerlo por propia voluntad. Sintiendo los testículos como oprimidos por una mano fría, abrió el maletero y sacó el gato y la rueda de recambio. Continuamente, volvía su mirada hacia el camino. A cincuenta metros, por ese camino, se agazapaba el terror. Con movimientos torpes de borracho, levantó el coche con el gato. Apretaba ya los últimos tornillos con el pelo de la nuca erizado como esperando un golpe - se había obligado a no volver la vista hacia la casa - cuando escuchó pasos en la gravilla del camino. Se volvió con los ojos desencajados empuñando la llave del gato como un arma. Por el camino bajaba un anciano rechoncho impecablemente vestido con un traje negro. Saludó sacudiendo una mano. Blanca y fina, casi femenina que no parecía ir en consonancia con su pelo blanco y su cuerpo regordete.

- Buenas noches joven.

El hombre se tranquilizó un poco al oírlo hablar con su voz amable de anciano. Al ver su sonrisa amistosa. Sin embargo, sus ojos, jóvenes en su rostro viejo. Su piel tan lisa y sin una arruga.

- Veo que ha tenido un pinchazo. Si puedo ayudarle en algo…- su sonrisa se ensanchó dejando entrever el brillo de unos dientes muy blancos.

El borracho sonrió a su vez contagiado por la sonrisa inofensiva del abuelo “dentadura postiza”, pensó. El anciano miró comprensivo la llave del gato que él aún sostenía en alto. Sintiéndose avergonzado de su actitud agresiva la dejó caer al suelo sintiéndose ridículo.

-Cómo podía tener miedo del simpático abuelete que ahora miraba la rueda de recambio como comprobando que estuviera bien puesta?

- ¿Le apetece un café joven? aquí arriba, no tengo casi nunca ocasión de conversar con gente tan simpática como usted.

En la mirada del anciano había ahora un punto de ansiedad. Como en la mirada de un niño ante el escaparate de una pastelería. Esa mirada hizo volver al miedo. Eso, o la visión de los dientes. Un poco demasiado largos, un poco demasiado puntiagudos. La parte racional del cerebro del borracho pensó fugazmente que el dentista que había hecho esa dentadura postiza -tenía que ser postiza -, era un chapucero.

- Se lo agradezco de verdad, jefe, pero ya he desayunado… A demás, tengo un poco de prisa, he quedado… Quizá otro día. - se excusó mientras le daba la espalda para dirigirse al coche, sin recordar la llave del gato en el suelo, sin recordar que el gato seguía puesto.

Entonces llegó el ataque. Inusitadamente rápido; el anciano se abalanzó sobre él cuando ya tenía la puerta del coche abierta. Cogiéndolo del pelo, echó su cabeza hacia atrás con una fuerza atroz, dejando el cuello al descubierto. Su aliento olía a osario, su mirada ya no era bondadosa, sólo hambrienta.

- Pero yo no he desayunado aún.
Entonces, sintió los dientes en su cuello y comprendió antes de hundirse en el olvido que la dentadura no era postiza, que no había ningún dentista incompetente.

Y el vampiro se alimentó una vez más. Mantuvo su boca en el cuello hasta que notó que ya no quedaba más sangre. Negando así toda posibilidad de que su presa se levantara convertido en un no muerto como él. Saciado, dejó caer el cadáver desmadejado que inexplicablemente tenía una sonrisa boba pintada en los labios. Después de deshacerse del cadáver y del coche - odiaba los coches porque siempre eran un problema. ¡Qué tiempos aquellos en los que la gente viajaba a pie! - volvió satisfecho a la casa. Antes de entrar, decidió quedarse un rato a disfrutar de la noche. Su reino. Se sentía bien. Como no se había sentido en muchos años. Saciado, contento y con una extraña euforia que corría por sus miembros. Se sentía poderoso, invencible. Al llegar a la casa, tropezó con el primer escalón que daba a la puerta. A pesar de la agradable sensación que lo invadía, se sentía torpe y embotado. Una extraña sensación que no sentía desde hacía muchos años. Cuando aún estaba vivo. Al tocar el picaporte de la puerta, notó una extraña quemazón en la nuca. Se volvió lentamente y el primer rayo de sol del día lo saludó dándole de lleno en la cara.

Cagüen la leche. Dijo justo antes de disolverse en la luz. Antes de quedar reducido a polvo con un ruido parecido al de una pompa de jabón al reventar. Una ráfaga de aire, esparció las cenizas llevándolas quién sabe dónde. En el escalón de piedra desgastada por años de lluvia y viento sólo quedaron cuatro colmillos blancos. Uno tenía una caries.

Y es que, como cualquiera de sus congéneres más cosmopolitas habría sabido; es peligroso alimentarse en sábado noche de alguien que acaba de salir de una discoteca atiborrado de alcohol de garrafón. El garrafón embota los sentidos, ralentiza los reflejos y deja una resaca terrible. ;-)
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