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poquetacosa

La estatuilla

Había una vez un hombre feliz excavando en el jardín de su casa. De pronto su azadón emitió un ruido metálico y tintineante al tropezar con algo duro. Con sumo cuidado desenterró el objeto y ante sus ojos incrédulos apareció una pequeña estatuilla dorada. Era bella, bien trabajada en todos sus detalles y aparentemente muy antigua. El hombre fue a ver a un anticuario para mostrarle su hallazgo y el anticuario le confió que la estatuilla era muy valiosa pero que lo sería aún más con el paso del tiempo. El hombre volvió a su casa y puso la estatuilla en un estante pues era bella y agradable a la vista. Decidió que no la vendería de inmediato pues no necesitaba dinero y podía permitirse esperar a que su valor aumentara. En medio de la noche despertó bañado en sudor y con una certeza instalada en su mente: unos ladrones habían entrado en su casa y habían robado su estatuilla. Se levantó de un salto, bajó a trompicones la escalera hasta el salón, y no respiró tranquilo hasta encontrar la estatuilla tal y como la había dejado en su estante. Para más seguridad esa noche la pondría debajo de la almohada. Sin embargo ni aun así logró conciliar el sueño. Por la mañana la escondió en el cajón de los calcetines y, cansado y ojeroso se fue a trabajar. En el trabajo no pudo concentrarse. No podía sacarse de la cabeza la imagen de dos ladrones que aprovechando su ausencia entraban en su casa y lo revolvían todo hasta dar con su estatuilla. A media mañana no lo pudo soportar y alegando que estaba enfermo (cosa del todo creíble dado su aspecto) volvió corriendo a casa y no respiró tranquilo hasta encontrar la estatuilla tal y como la había dejado en el cajón de los calcetines. Más clamado y con la estatuilla firmemente agarrada se dedicó a reflexionar qué debía hacer. Pensó en venderla inmediatamente pero no necesitaba el dinero y podía esperar un poco más. Tal vez estaría más segura en la caja de seguridad de un banco, pero los bancos son asaltados continuamente y ningún seguro le pagaría con justicia una estatuilla cuyo valor no dejaba de aumentar con el paso del tiempo. Decidió que en casa estaba más segura. Por la noche volvió a poner la estatuilla debajo de la almohada pero no logró conciliar el sueño. Si se dormía (pensaba) entrarían los ladrones y se llevarían su estatuilla. Por la mañana no fue a trabajar. en lugar de eso puso su tesoro en una mochila y se fue a la ciudad. Caminaba asustado, mirando a todas partes y aferrando la mochila como si dentro guardara sus últimos alientos. Después de comprar una escopeta, unas gruesas rejas para las ventanas y una cerradura nueva y más segura para la puerta se sintió mucho mejor. Tanto que en contra de su costumbre se dio el lujo de comer en un pequeño restaurante. Sin embargo la comida le supo a ceniza; todo el mundo parecía mirar con ojos codiciosos la mochila que mantenía firmemente sujeta sobre sus rodillas y cuando el camarero se acercó para preguntarle si quería café dio un respingo, pagó y salió de allí a toda prisa. No respiró tranquilo hasta que llegó a su casa y las rejas y la nueva cerradura estuvieron instaladas. Se arrellanó en un sillón, introdujo dos cartuchos en la escopeta, se acomodó la mochila como un cojín y suspiró con satisfacción. Despertó cuando ya había anochecido y no pudo dormir más. Tanto mejor. Los ladrones se mueven siempre de noche. El día siguiente, cuando fue a trabajar llevaba la estatuilla cuidadosamente envuelta en el fondo de su cartera. En el trabajo, igual que en el restaurante todas las miradas se le antojaban codiciosas y hambrientas. Cualquier comentario, por inofensivo que pareciera hacía que saltara del susto y apretara su cartera con más fuerza. Durante la pausa para el café alguien comentó entre risas que debía llevar en la cartera un boleto premiado de la primitiva o algo así porque no se había separado de ella en todo el día. A él no le hizo gracia al broma. Algo saben –se dijo-, sus comentarios parecen jocosos e inofensivos pero lo saben y solo esperan el momento oportuno para robarme mi tesoro. Decididamente ese no fue un buen día. Ni lo siguientes tampoco.

Con el paso del tiempo se fue volviendo huraño y perdió a sus amigos, al final también terminó perdiendo su trabajo. Mejor –pensó-, no necesito trabajar siendo dueño de un tesoro. Se van a enterar todos cuando me decida a venderlo y me vuelva inmensamente rico. A pesar de las rejas, la cerradura nueva, y la escopeta que siempre mantenía cargada y a punto seguía sintiéndose inseguro y con sus últimos ahorros instaló una alarma y compró dos perros guardianes. Dos fieras negras e imponentes que patrullaban tranquilizadoramente el jardín. Vivía del subsidio de parado y apenas salía de casa para ir corriendo al supermercado y comprar comida precocinada o para sacar del banco su subsidio. Los vecinos empezaron a darse codazos y a golpearse las sienes con el dedo al verlo pasar. Lo llamaban loco y él lo sabía. Que me llamen lo que quieran –pensaba-, cuando venda mi tesoro me llamarán excéntrico. Un día, reflexionando llegó a la conclusión de que las rejas, la escopeta, las cuatro cerraduras (su número no dejaba de aumentar), la alarma y los perros no eran suficientes. Cualquier ladrón medianamente hábil podría sortear todo eso y más. Así que decidió que debía usar la inteligencia. Una noche, a salvo de todas las miradas, abrió un agujero en el jardín, metió dentro con mucho cuidado la estatuilla y encima plantó un enorme cactus. Con una sonrisa de satisfacción y las manos sangrantes y llenas de espinas (en su enajenación ni siquiera se le había pasado por la cabeza ponerse guantes) volvió a entrar en la casa. A ningún ladrón se le ocurriría mirar debajo de un cactus. Sin embargo, para más seguridad, decidió que esa noche dormiría en un sillón junto a la ventana; sin perder de vista el cactus y con la escopeta cargada sobre su regazo. Durmió a ratos y acosado por las pesadillas.

Pasó el tiempo y redujo al mínimo las salidas. Iba una vez al mes al banco y sacaba todo su dinero; la comida se la traía a casa el repartidor del supermercado y él aprovechaba para hacerle el pedido para la semana siguiente. Descuidó su aseo y el de la casa pues no se sentía bien si perdía de vista el cactus que estaba cada vez más crecido. El hecho de ir a la cocina para tomar un vaso de agua era una tortura. Los desperdicios y los envases vacíos se acumulaban a su alrededor. Hacía sus necesidades por la noche, en el jardín y la escopeta cargada se transformó en un miembro más de su anatomía. Los perros, hartos de comer un día sí y dos no saltaron la valla del jardín y escaparon. Mejor así –pensaba él-, no eran mas que un par de bestias perezosas. Su ocupación más placentera, la única aparte de vigilar consistía fantasear sobre lo que haría el día que se decidiera y vendiera su tesoro. Entonces podría ducharse, afeitarse, comprar ropa bonita y comer bien todos los días. Dinero de momento no le faltaba. Sus costumbres eran frugales y no gastaba mas que una décima parte de su subsidio en comida. Podía aguantar mucho tiempo así, y mientras tanto el valor de su tesoro no paraba de aumentar.

Un día, una vecina se quejó del mal olor que salía de la casa y llamó a la policía. Llamaron a la puerta pero como no contestaba nadie la echaron abajo. Lo encontraron sentado en el sillón. Muerto pero agarrando aún la escopeta cargada. Era solo piel y huesos y sus cuencas vacías miraban vigilantes hacia el jardín.

El tiempo pasó y la casa fue vendida. La compró un hombre feliz que nada más instalarse se puso unos guantes gruesos de cuero, cogió su azadón y se dispuso a arrancar el feísimo cactus que crecía en medio del jardín…
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