Blogia
poquetacosa

El manzano de Salannah.

Desde tiempos inmemoriales, existe en Salannah una curiosa costumbre. Aunque dadas sus implicaciones, tal vez más que «costumbre», sea una tradición. Sea como sea algo muy antiguo que se remonta a los tiempos de fundación de la ciudad. He aquí la leyenda. Cuentan los más viejos del lugar (esto es un eufemismo, porque la esperanza de vida en Salannah nunca pasó de 35 años) que hace miles de años pasó por el valle donde ahora se levanta Salannah una tribu de pastores nómadas. El jefe del clan tenía dos hijos gemelos: Upa y Salann. Un día salieron los dos muchachos del campamento a pastorear los rebaños de su padre (que como era jefe del clan esa mañana estaba muy ocupado durmiendo la mona) y a Upa se le ocurrió una genial idea. Estoy harto – le dijo a su hermano – de andar siempre de acá para allá vigilando tontas ovejas. Lo que me gustaría de verdad es vivir en una casa de piedra y que otros trabajaran para mí. Salann, que era algo lento de entendederas reflexionó sobre lo que su hermano le había dicho y por fin respondió. Para vivir en una casa de piedra necesitarías una ciudad hermano mío, y no hay ciudades por aquí. La ingenuidad juvenil dictó la respuesta de Upa. Pues fundaré una aquí mismo, al pie de aquel manzano. ¿Y cómo se llamará esa ciudad? – se animó Salann – . Se llamará Upah en honor a su fundador. Pues vaya nombre, yo la llamaría Salannah que es un nombre mucho más bonito. Encuentro que Salannah es un nombre un poquito afeminado – bromeó Upa – pero si quieres te propongo un trato. El primero que llegue a ese manzano y se coma una manzana decidirá el nombre de la ciudad. Salann era más lento de entendederas que su hermano pero más rápido de piernas, así que cuando éste llegó al pie del manzano, Salann reía de contento y saltaba gritando Salannah, Salannah, con la boca llena de fruta. Upa adoraba a su hermano, y como era además mucho más inteligente, no encontró ningún reparo en que le diera su nombre a la ciudad imaginaria. Y así transcurrió el día.

Pasaron las semanas y un día, Upa se despertó de la siesta que había estado haciendo a la sombra del manzano y echó de menos a Salann. Miró alrededor y por fín lo descubrio acarreando y amontonando las piedras más grandes que podía encontrar. Al preguntarle qué hacía éste le respondio que como veía que pasaban los días, llegaba el invierno y no pensaba fundar su ciudad, él se había puesto manos a la obra para levantar una buena casa con corral para ellos y sus ovejas. Porque – reflexionó juicioso – todas las ciudades deben comenzar con una primera casa. Upa, como hemos dicho adoraba a su hermano y decidio seguirle el juego al ver que lo hacía feliz. Sin embargo se propuso ir desilusionándolo paulatinamente, porque al fin y al cabo eran nómadas y los nómadas deben moverse siempre en busca de pastos mejores. Salann se tomó el juego tan en serio, que un mes despues, con la ayuda de su hermano ya había levantado una bonita y pequeña cabaña de piedras y barro con el techo de ramas entrelazadas. Cuando estuvo terminado el cercado le propuso a su hermano que, con el permiso de su padre se quedaran allí en vez de bajar al campamento a la orilla del río. Y no solo hicieron eso, sino que cuando a su tribu de pastores le llegó el momento de seguir el camino del sur hacia los pastos de invierno, ellos se quedaron en su casa de piedra. Algunos, su padre entre ellos se rieron ruidosamente de su decisión prometiendo volver el año siguiente para enterrar sus cadáveres congelados. Sin embargo las cosas ocurrieron de una forma muy distinta. En los alrededores del manzano los pastos eran abundantes, tanto que podrían haber mantenido cien rebaños como el suyo; el invierno fue inusitadamente suave con apenas alguna helada de poca importancia, y cuando volvio la primavera y con ella la tribu de nómadas que había sido su familia, Upa y Salann habían prosperado. Sus rebaños se habían multiplicado y ellos se habían dedicado a añadir nuevas estancias a su casa y a excavar un estanque donde abrevar sus ovejas. Su antigua tribu sin embargo volvía diezmada. Primero una sequía inesperada en el sur había agostado los pastos, luego las plagas, los bandidos y las alimañas se cebaron en lo que había sido una de las más orgullosas y populosas tribus de esa parte del mundo. Pocos fueron los que volvieron ese año al valle. Pocos y en tan mal estado que parecían fantasmas pálidos y ojerosos acosados por el hambre y la enfermedad. El padre de Upa y Salann no estaba entre ellos. Los dos hermanos se apiadaron de su gente y compartieron con ellos su buena suerte. Poco a poco se fueron multiplicando las casas de piedra y las tiendas y los enormes carromatos que habían sido el orgullo y la seña de identidad de su cultura se desmantelaron para usarlos en otros menesteres. Cuando llegó el invierno habían dejado de ser nómadas. Los bueyes ya no tiraban del carro sino del arado, los orgullosos caballos pasaron de ser un medio de transporte a una fuente de diversión, los dioses de la estepa fueron sustituídos por diosas de la fertilidad. Todo podría haber quedado así, en una próspera aldea agrícola, ganadera y autosuficiente. Sin embargo una guerra en el lejano norte que hizo peligrar las rutas de comercio lo cambió todo. Un buen día llegó una caravana cargada de riquezas a Salannah (pues al final ese era el nombre de la aldea); en su camino hacia las prósperas y civilizadas ciudades del occidente, buscando rutas más seguras se topó con la pequeña aldea que había crecido alrededor del manzano. Intercambiaron parte de sus perfumes y especias por carne de cordero y frutas de la vega a la orilla del río. El año siguiente fueron dos las caravanas. Despues tres, y más tarde muchas más. Para cuando eso ocurrió Salannah ya no era una pequeña aldea con toscas casas de piedra. Se habían establecido comercientes y artesanos, se había contratado una milicia, se había levantado una muralla. Durante todo ese tiempo Upa había sido el cerebro de Salannah; su hermano Salan era su sonriente cara. Murieron muchos años despues; gordos y ricos, y ni un solo día dejaron de cuidar el manzano que a esas alturas era un arbol imponente. Despues de su muerte, los descendientes de Salann (Upa no los había tenido) gobernaron la ciudad.

Y ocurrió que un día Salannah se quedó sin jefe. El último integrante de la dínastía de los Salánidas se rompió la cabeza al caer de su caballo y no dejó descendencia. Se sucecieron las escaramuzas entre distintas facciones poderosas para hacerse con el mando de la ciudad. La pacífica y cosmopolita Salannah se ensangrentó en una guerra civil que hizo peligrar el comercio que constituía la mayor de sus riquezas. Era otoño, tiempo de manzanas, cuando un viejo y sabio consejero recordó la historia del manzano, de la carrera de Upa y Salann y propuso que se decidiera así la sucesión. Los los levantiscos jefes de los clanes, conscientes de lo perniciosa que era la situación para la ciudad, pactaron una tregua y se sometieron al arbitrio del anciano. Él establecería las reglas y así lo hizo. Los jefes guerreros deberían esperar en cierto lugar, a la entrada del valle y fuera de los muros de la ciudad a que se abrieran las puertas. Cuando eso ocurriera deberían correr hacia el manzano, y el primero en llegar y comer su fruta gobernaría la ciudad durante un año. Entonces se repetiría la competición y así se instauró la peculiar forma de elegir gobernante que imperó en Salannah durante mucho tiempo. Con los años el concurso se tornó más duro. Los aspirantes se rodeaban de tropas armadas y usaban mil y una artimañas para llegar los primeros al manzano y entorpecer a sus contrincantes. Intrigas, veneno, dagas, todo valía con tal de conseguir la primera manzana. Salannah se ensangrentaba el día de la elección, pero al menos era una situación controlada, ocurría solo una vez al año y todos acataban el resultado sabiendo que el año siguiente volverían a tener su oportunidad. Todo siguio así hasta que un hombre excepcionalmente cruel y poderoso accedió al trono. El año siguiente, el día del concurso todos los aspirantes aparecieron muertos y él no tuvo mas que encaminarse tranquilamente hacia el manzano y comerse la manzana del poder mirando a la multitud con expresión desafiante. Tal vez fuera debido al pequeño ejército armado hasta los dientes que lo rodeaba, pero nadie tuvo nada que objetar. Además, tampoco había sido un mal gobernante; la ciudad había prosperado durante el año que él pasó en el trono. Durante los años que siguieron, su poder se consolidó y no hubo otro aspirante que él. Sin embargo nunca dejó de cumplir con el rito de comer la primera manzana. Ni él, ni sus descendientes que gobernaron la ciudad en lo sucesivo, pues sabían que al populacho se lo puede putear de mil y una maneras, pero violar las tradiciones es la forma más segura de tener problemas. Y con uno de esos descendientes, Iosephus XII (Pepe el Manzanita por mal nombre) arranca la historia que contaré… mañana.
¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres
¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres

0 comentarios

¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres