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poquetacosa

Camino de Salannah

El desierto, torturado por un sol implacable se extendía de horizonte a horizonte; allí las distancias no podían medirse en irrisorias medidas como leguas, millas o estadios. El desierto se medía en semanas, meses, y aún años de viaje. En medio de esa cruel llanura, destacándose como unos granos de pimienta especialmente disciplinados en una montaña de sal, avanzaba una caravana. Cientos de bestias de carga vigiladas por sus arrieros y lujosas carretas de mercaderes formando una hilera que se movía con ese andar pausado y aparentemente lento pero implacable que parecía pensado para cubrir largas distancias. En la cabecera de ese imponente navío del desierto cabalgaban dos gallardas figuras. Sus guías. Hijos de las dunas nacidos en lo más recóndito e inhóspito de ese infierno. Hombres duros, de mirada acerada y miembros enjutos y flexibles. Cabalgaban en dos briosos corceles enjaezados de plata y cuero e iban cubiertos de la cabeza a los pies con oscuras telas que no dejaban al descubierto mas que sus ojos de halcón. De sus anchos cinturones colgaban sables pesados y afilados como cuchillas; sus largos arcos de cuerno y sus aljabas repletas de emplumadas flechas eran promesas de muerte para todo aquel que osara interferir en el regular pacífico paso de la caravana. Educados desde la más tierna infancia en las más despiadadas privaciones, la lucha, y la sabiduría de la arena; eran capaces de vivir donde otros habrían muerto, de luchar donde otros habrían desesperado, de seguir cuerdos donde otros habrían enloquecido. Eran temidos y respetados y su reputación era bien merecida.

De pronto uno de ellos habló: debo decirte, oh hermano en las dunas (que los dioses de la arena mantengan tu cantimplora siempre llena de agua, tus alforjas llenas de queso de cabra, y tu entrepierna libre de insidiosos parásitos) que si hubiésemos seguido el camino de las montañas (como propuse yo humildemente) en vez de elegir el del llano (como impusiste tú inflexible, oh grande entre los grandes, que los dioses etc. etc.), a estas horas estaríamos ya en Salannah refocilándonos en sus múltiples tabernas y gastando alegremente nuestro oro en sus ruidosas casas de placer. El aludido guardó silencio mientras dirigía sus ojos oscuros y fríos hacia el horizonte, y por fin respondió. Hay que joderse – dijo – el viaje que me estás dando. Y mientras el sol enrojecía y hundía en el horizonte añadió: además, Salannah es un nido de maricones.
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