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poquetacosa

Interludio (de las memorias de un lactante. Parte II)

Poco tengo que contar sobre mi estancia en el hospital durante mis primeros días. La protección constante de mis papis unida al bendito control de visitas convirtió mi vida recién estrenada en una constante siesta salpicada de vez en cuando por alguna que otra tetica. Al parecer los familiares políticos hembra de pelos raros tenían prohibida la entrada (estoy casi convencido que papá-satélite y el tío empujacamas tenían mucho que ver en eso) y, si bien de vez en cuando podía escuchar los ominosos sonidos que hacen al moverse por el mundo y que se ven redoblados cuando alguien se atreve a llevarles la contraria, éstos no eran para mí más amedrentadores que los que haría… digamos un león furioso de 250 kg. Visto por la tele. Sin embargo, un día y despues de efectuar una impecable operación de infiltración, Tía Vicenta consiguió forzar el bloqueo. Los pocos pelos que adornaban mi cabezota se pusieron como escarpias al escuchar el acojonante grito de guerra que lanzó no bien hubo abierto la puerta de la habitación: ¿¿¡¡Aaaayyyy…comoestámichiquirriquitinnnnn!!?? Los mofletes empezaron a escocerme casi sintiendo ya el doloroso pellizco que suele seguir a ese grito. Entonces, cuando ya todo parecía perdido, Super-Mamá vino al rescate: «Ay tia, no sea usted escandalosa que el nene ha pasado muy mala noche y ahora está durmiendo». Mentira cochina claro, yo estaba perfectamente despierto y había pasado una noche perfectamente normal vociferando como un animal. Sin embargo, en un alarde de sangre fría unida a un instinto ancestral de conservación que impele a todo cachorro, sea cual sea su especie, a quedarse inmóvil ante cualquier peligro grave, mantuve el tipo sin dar señales de vida hasta que pasó el chaparrón. Me porté como un machote.

Y por fín llegó el gran día. Por fín nos fuímos a casa. Ya tenía yo ganas de conocer mi reino. ¡Temblad objetos frágiles! ¡Temblad animales de compañía! El Rey… ¿Qué digo Rey? El Emperador de la casa ha llegado. La idea cuando salímos del hospital era ir controlando ya todos los enchufes, cajones, y otros objetos y lugares potencialmente peligrosos de la casa para ir haciéndome una composición de lugar. La realidad es que el meneíto del coche unido a la barriga llena me quedé sopa y sólo me desperté cuando me pusieron en la cuna con lo cual tuve que dejar la inspección para más tarde; no pude dejar de notar sin embargo, que mi habitación estaba amueblada y decorada con exquisito gusto: Winny de Pooh, enanitos y pitufos varios, piolines y gatos de peluche… un decorador del Corte Inglés no podría haberlo hecho mejor. Y es que soy un bebé con suerte. Mis papis (sobre todo mi mami que es la mami más guapa del mundo) son guays.
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