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poquetacosa

El manzano de Salannah.

Desde tiempos inmemoriales, existe en Salannah una curiosa costumbre. Aunque dadas sus implicaciones, tal vez más que «costumbre», sea una tradición. Sea como sea algo muy antiguo que se remonta a los tiempos de fundación de la ciudad. He aquí la leyenda. Cuentan los más viejos del lugar (esto es un eufemismo, porque la esperanza de vida en Salannah nunca pasó de 35 años) que hace miles de años pasó por el valle donde ahora se levanta Salannah una tribu de pastores nómadas. El jefe del clan tenía dos hijos gemelos: Upa y Salann. Un día salieron los dos muchachos del campamento a pastorear los rebaños de su padre (que como era jefe del clan esa mañana estaba muy ocupado durmiendo la mona) y a Upa se le ocurrió una genial idea. Estoy harto – le dijo a su hermano – de andar siempre de acá para allá vigilando tontas ovejas. Lo que me gustaría de verdad es vivir en una casa de piedra y que otros trabajaran para mí. Salann, que era algo lento de entendederas reflexionó sobre lo que su hermano le había dicho y por fin respondió. Para vivir en una casa de piedra necesitarías una ciudad hermano mío, y no hay ciudades por aquí. La ingenuidad juvenil dictó la respuesta de Upa. Pues fundaré una aquí mismo, al pie de aquel manzano. ¿Y cómo se llamará esa ciudad? – se animó Salann – . Se llamará Upah en honor a su fundador. Pues vaya nombre, yo la llamaría Salannah que es un nombre mucho más bonito. Encuentro que Salannah es un nombre un poquito afeminado – bromeó Upa – pero si quieres te propongo un trato. El primero que llegue a ese manzano y se coma una manzana decidirá el nombre de la ciudad. Salann era más lento de entendederas que su hermano pero más rápido de piernas, así que cuando éste llegó al pie del manzano, Salann reía de contento y saltaba gritando Salannah, Salannah, con la boca llena de fruta. Upa adoraba a su hermano, y como era además mucho más inteligente, no encontró ningún reparo en que le diera su nombre a la ciudad imaginaria. Y así transcurrió el día.

Pasaron las semanas y un día, Upa se despertó de la siesta que había estado haciendo a la sombra del manzano y echó de menos a Salann. Miró alrededor y por fín lo descubrio acarreando y amontonando las piedras más grandes que podía encontrar. Al preguntarle qué hacía éste le respondio que como veía que pasaban los días, llegaba el invierno y no pensaba fundar su ciudad, él se había puesto manos a la obra para levantar una buena casa con corral para ellos y sus ovejas. Porque – reflexionó juicioso – todas las ciudades deben comenzar con una primera casa. Upa, como hemos dicho adoraba a su hermano y decidio seguirle el juego al ver que lo hacía feliz. Sin embargo se propuso ir desilusionándolo paulatinamente, porque al fin y al cabo eran nómadas y los nómadas deben moverse siempre en busca de pastos mejores. Salann se tomó el juego tan en serio, que un mes despues, con la ayuda de su hermano ya había levantado una bonita y pequeña cabaña de piedras y barro con el techo de ramas entrelazadas. Cuando estuvo terminado el cercado le propuso a su hermano que, con el permiso de su padre se quedaran allí en vez de bajar al campamento a la orilla del río. Y no solo hicieron eso, sino que cuando a su tribu de pastores le llegó el momento de seguir el camino del sur hacia los pastos de invierno, ellos se quedaron en su casa de piedra. Algunos, su padre entre ellos se rieron ruidosamente de su decisión prometiendo volver el año siguiente para enterrar sus cadáveres congelados. Sin embargo las cosas ocurrieron de una forma muy distinta. En los alrededores del manzano los pastos eran abundantes, tanto que podrían haber mantenido cien rebaños como el suyo; el invierno fue inusitadamente suave con apenas alguna helada de poca importancia, y cuando volvio la primavera y con ella la tribu de nómadas que había sido su familia, Upa y Salann habían prosperado. Sus rebaños se habían multiplicado y ellos se habían dedicado a añadir nuevas estancias a su casa y a excavar un estanque donde abrevar sus ovejas. Su antigua tribu sin embargo volvía diezmada. Primero una sequía inesperada en el sur había agostado los pastos, luego las plagas, los bandidos y las alimañas se cebaron en lo que había sido una de las más orgullosas y populosas tribus de esa parte del mundo. Pocos fueron los que volvieron ese año al valle. Pocos y en tan mal estado que parecían fantasmas pálidos y ojerosos acosados por el hambre y la enfermedad. El padre de Upa y Salann no estaba entre ellos. Los dos hermanos se apiadaron de su gente y compartieron con ellos su buena suerte. Poco a poco se fueron multiplicando las casas de piedra y las tiendas y los enormes carromatos que habían sido el orgullo y la seña de identidad de su cultura se desmantelaron para usarlos en otros menesteres. Cuando llegó el invierno habían dejado de ser nómadas. Los bueyes ya no tiraban del carro sino del arado, los orgullosos caballos pasaron de ser un medio de transporte a una fuente de diversión, los dioses de la estepa fueron sustituídos por diosas de la fertilidad. Todo podría haber quedado así, en una próspera aldea agrícola, ganadera y autosuficiente. Sin embargo una guerra en el lejano norte que hizo peligrar las rutas de comercio lo cambió todo. Un buen día llegó una caravana cargada de riquezas a Salannah (pues al final ese era el nombre de la aldea); en su camino hacia las prósperas y civilizadas ciudades del occidente, buscando rutas más seguras se topó con la pequeña aldea que había crecido alrededor del manzano. Intercambiaron parte de sus perfumes y especias por carne de cordero y frutas de la vega a la orilla del río. El año siguiente fueron dos las caravanas. Despues tres, y más tarde muchas más. Para cuando eso ocurrió Salannah ya no era una pequeña aldea con toscas casas de piedra. Se habían establecido comercientes y artesanos, se había contratado una milicia, se había levantado una muralla. Durante todo ese tiempo Upa había sido el cerebro de Salannah; su hermano Salan era su sonriente cara. Murieron muchos años despues; gordos y ricos, y ni un solo día dejaron de cuidar el manzano que a esas alturas era un arbol imponente. Despues de su muerte, los descendientes de Salann (Upa no los había tenido) gobernaron la ciudad.

Y ocurrió que un día Salannah se quedó sin jefe. El último integrante de la dínastía de los Salánidas se rompió la cabeza al caer de su caballo y no dejó descendencia. Se sucecieron las escaramuzas entre distintas facciones poderosas para hacerse con el mando de la ciudad. La pacífica y cosmopolita Salannah se ensangrentó en una guerra civil que hizo peligrar el comercio que constituía la mayor de sus riquezas. Era otoño, tiempo de manzanas, cuando un viejo y sabio consejero recordó la historia del manzano, de la carrera de Upa y Salann y propuso que se decidiera así la sucesión. Los los levantiscos jefes de los clanes, conscientes de lo perniciosa que era la situación para la ciudad, pactaron una tregua y se sometieron al arbitrio del anciano. Él establecería las reglas y así lo hizo. Los jefes guerreros deberían esperar en cierto lugar, a la entrada del valle y fuera de los muros de la ciudad a que se abrieran las puertas. Cuando eso ocurriera deberían correr hacia el manzano, y el primero en llegar y comer su fruta gobernaría la ciudad durante un año. Entonces se repetiría la competición y así se instauró la peculiar forma de elegir gobernante que imperó en Salannah durante mucho tiempo. Con los años el concurso se tornó más duro. Los aspirantes se rodeaban de tropas armadas y usaban mil y una artimañas para llegar los primeros al manzano y entorpecer a sus contrincantes. Intrigas, veneno, dagas, todo valía con tal de conseguir la primera manzana. Salannah se ensangrentaba el día de la elección, pero al menos era una situación controlada, ocurría solo una vez al año y todos acataban el resultado sabiendo que el año siguiente volverían a tener su oportunidad. Todo siguio así hasta que un hombre excepcionalmente cruel y poderoso accedió al trono. El año siguiente, el día del concurso todos los aspirantes aparecieron muertos y él no tuvo mas que encaminarse tranquilamente hacia el manzano y comerse la manzana del poder mirando a la multitud con expresión desafiante. Tal vez fuera debido al pequeño ejército armado hasta los dientes que lo rodeaba, pero nadie tuvo nada que objetar. Además, tampoco había sido un mal gobernante; la ciudad había prosperado durante el año que él pasó en el trono. Durante los años que siguieron, su poder se consolidó y no hubo otro aspirante que él. Sin embargo nunca dejó de cumplir con el rito de comer la primera manzana. Ni él, ni sus descendientes que gobernaron la ciudad en lo sucesivo, pues sabían que al populacho se lo puede putear de mil y una maneras, pero violar las tradiciones es la forma más segura de tener problemas. Y con uno de esos descendientes, Iosephus XII (Pepe el Manzanita por mal nombre) arranca la historia que contaré… mañana.

"¡Oiga usté! ¡Yo tengo derecho a creer en lo que me de la gana!"

Cuando un charlatán, sea profesional o amateur (los profesionales son más retorcidos, los amateur más apasionados) se queda sin argumentos, cosa que ocurre más pronto que tarde a poco que se les pidan pruebas lógicas que respalden sus delirios, suelen recurrir como último e incontestable recurso al entrecomillado que he puesto como título.

Y ahí (nunca mejor dicho) hemos topao con la iglesia. Libertad de culto, libertad de creencias, libertad de irracionalidad, libertad,libertad, libertad... nunca una palabra tan bonita fue tan prostituída salvo, tal vez Paz.

Sin embargo las creencias irracionales casi nunca son algo gratuíto. No. La cosa suele pasar factura. Sobre todo si las inscribimos en un marco de desesperación que es, al fin y al cabo su mejor caldo de cultivo. No, esta no es una de mis divagaciones. Si quieres saber de verdad de qué hablo pincha AQUÍ y saca tus propias conclusiones. Yo ya he pinchado y, con tu permiso me voy a vomitar.

El pensamiento crítico y el Casio de mi madre.

Mi madre tiene un reloj de esos baratitos, de plástico y goma. Un Casio me parece que es. Lo compró en una de esas tiendas de todo a cien porque mi madre, tanto en su ejercicio profesional como en el ejercicio de la maternidad (las cosas son aún así, no nos equivoquemos), pasa mucho tiempo trasteando con agua y con otros líquidos menos recomendables. Y claro, no quería estropear el reloj bueno, el dorado, que le regalaron hace tiempo. El caso es, que al reloj en cuestión un buen día se le agotó la batería. Normal. Generalmente, si a un reloj como ese se le gasta la pila lo tiras y te compras otro. Suele salir más barato. Sin embargo a mi madre le encanta su reloj sumergible de plástico y lo llevó a la relojería para que sustituyeran la batería. Y el reloj, claro, volvió a funcionar tan bien como hasta entonces. Sin embargo, por alguna razón había dejado de ser sumergible: cuatro gotas de agua, el cristal de la esfera empañado por dentro y vuelta a la relojería. Ya en tan digno establecimiento la conversación se desarrolló más o menos como sigue:

- Buenos días ¿en qué puedo ayudarla? – amplia sonrisa del relojero.
- Pues verá usted, es que ayer vine para cambiarle la pila a un reloj y ahora le entra agua.

El profesional de la manecilla coge el reloj, lo observa con aire experto, asiente un par de veces como para sí, condescendiente, y con gesto algo despectivo lo deposita en el mostrador y procede a dictaminar:

- Este tipo de reloj, sobre todo los de diseño cuadrado como es el caso que nos ocupa, una vez abierto resulta muy difícil, por no decir casi imposible que recuperen la estanqueidad.
- Hombre… tampoco creo yo que haya que estudiar en Salamanca. Que es un Casio de seis euros, no el batiscafo de Cousteau.

El digno comerciante en pelucos que acusa la puya como una duda a su profesionalidad y, destornillador en ristre y con gesto algo mosqueado procede a levantar la tapa del peluco de la discordia, para descubrir que la junta de goma responsable de la estanqueidad del aparato está doblada en una esquina. Con maestría la endereza, la coloca en su sitio, vuelve a apretar los tornillos y ¡Oh Milagro! El peluco en cuestión vuelve a estar preparado para convivir sin peligro de empañamientos con todo tipo de líquidos domésticos.

La historia del reloj no es mas que un ejemplo; hay más. De hecho es algo que puede ocurrirnos en cualquier momento en que necesitemos los servicios de un profesional cualificado, si ese profesional es menos cualificado y más caradura de lo que en un principio pudiera parecer. Verbigracia. El albañil que hemos contratado nos deja una pared torcida cual muralla china. Le pedimos explicaciones y la respuesta puede ser más o menos que no, que la pared no está torcida, que se trata de un efecto óptico propiciado por la distribución general de la vivienda; póngase usted aquí –no, ahí no, un poco más a la derecha- y verá cómo la ve recta. Un fontanero: efectivamente caballero la tubería nueva que acabo de instalar pierde un poco de agua, pero no es mi culpa, la culpa es del arquitecto que al hacer el proyecto no ha tenido en cuenta el influjo de las mareas sobre todos y cada uno de los fluidos. El carpintero. Debo darle la razón, apreciada señora en que la puerta al parecer, no cierra como es debido y hace un desagradable ruido al arrastrarse por el suelo. Sin embargo no debería darle importancia pues es un fenómeno bien conocido en nuestra profesión y se debe básicamente a que la madera aún no se ha adaptado a este entorno que, por otra parte sufre constantes y acusados cambios tanto de temperatura como de humedad E=mc2… pero usted págueme y no se preocupe porque ese problema se soluciona solo en un par de meses. La respuesta adecuada en estos casos suele ser algo así como que las fluctuaciones macrofinancieras en Wall Street combinadas con una desagradable infección por hongos que sufre el cajero del banco impedirán que (póngase el nombre del profesional que corresponda) cobre su trabajo hasta que no esté bien hecho. Y suele funcionar. Después de responder eso y tras los morros y las blasfemias el voy baja de rigor, la pared suele terminar recta, la tubería bien sellada, y la puerta abre y cierra como una seda.

Sin embargo, si estos profesionales tan… poco profesionales esgrimen esas torpes excusas para camuflar su torpeza es, ni más ni menos porque en la mayoría de los casos funcionan. Y… ¿Sabes qué? Pues que no me extraña. Vivimos en un mundo en el que una parte importante de la población está convencida de que la posición de tal o cual esfera gigante de gas incandescente que se encuentra por otra parte a un montón de años-luz, en el momento del nacimiento influye sobre el carácter y el futuro de la criatura. De que unos monigotes pintados en trozos de cartón, interpretados convenientemente por el caradura de turno, son capaces de predecir nuestro futuro y hasta nuestro pasado. De que cualquier sustancia sospechosa que se le pase por los cojones (a veces creo que literalmente) al curandero chalado de guardia es más efectiva para curar nuestros males que cualquiera de los medicamentos probados y reprobados que existen… y así, ad nauseam que decía uno por ahí. Y claro, no me extraña que cualquier elemento se suba alegremente al carro de la credulidad para justificar sus chapuzas. Si la luna es capaz de moldear mi carácter ¿Cómo no va a serlo de afectar la estanqueidad de una tubería?

Eso sí. Aquí todos somos muy guays, muy comprensivos y muy políticamente correctos. Cada cual es muy libre de creer en lo que se le pase por la cabeza por disparatado que parezca. Todo en aras de la libertad. Pero ¿somos así más libres? No, que va, no lo somos. Así lo único que somos es más borregos. ¿Para qué pensar, informarse y sacar conclusiones si hay otros que lo hacen por nosotros? Y además dicen unas cosas tan bonitas… Seamos democráticos porque la verdad lo es. Votemos. Y si el resultado de la votación es que tenemos que meter la astrología, la transcomunicación instrumental (jugar a interpretar palabras en el ruido blanco de una grabación) y la cirugía psíquica en las universidades, pues hagámoslo, creemos cátedras especializadas en fantasmas y fotografías Krilian. Una vez conseguido esto ya podremos dar el Gran Paso. Estaremos existencialmente preparados para irnos definitivamente a la MIERDA.

La puta de Salannah

Ella era puta como su madre; también la madre de su madre había sido puta. De hecho incluso el padre de la madre de su madre había sido puta. No me preguntéis cómo es posible que un duro (y peludo) mercenario de mediana edad se levante un buen día hecho una puta. En Salannah pasan cosas más extrañas a veces. Pero volviendo al mercenario que se hizo puta, no faltaba quien decía que tambien era un hijo de puta; aunque sospecho que eso nada tenía que ver con su madre que era curandera y remendadora de virgos. Pero esa es otra historia y puede que algún día os la cuente. Volvamos con la biznieta del mercenario-puta porque ella es la protagonista del relato de hoy.

El barrio rojo de Salannah ha sido tradicionalmente un barrio de putas. Se dice que eso se remonta hasta miles de años atrás, incluso hay una leyenda y todo; pero tambien es verdad que la gente dice muchas tonterías. Nuestra puta, por ser aún jóven y bella se ganaba al vida en uno de los antros menos sórdidos de ese sórdido barrio. Los había peores; en callejuelas estrechas y apenas iluminadas se refugiaban viejas y ajadas glorias de tan digna profesión, que enfermas y derrotadas sobrevivían a base de pequeños y repugnantes trabajos semiocultas en la misericorde penumbra. Curiosamente, de la zona más oscura del barrio rojo, a pesar de la pésima salud que disfrutaban por lo general quienes allí se ganaban la vida, sacaban pocos cadáveres. Puede que ese curioso hecho esté relacionada con la abundancia de ratas que allí había, pero quién quiere saberlo. En estos poco alegres pensamientos andaba perdidan nuestra protagonista mientras soportaba en un cuartucho mugriento las violentas embestidas de un obeso mercader que había llegado esa misma mañana con una caravana procedente del desierto. Esos pensamientos fueron los que le proporcionaron las fuerzas y la determinación necesarias para llevar a cabo su plan y que habían flaqueado alarmantemente durante las últimas horas.

Cuando los gemidos del mercader se tornaron más fuertes y su respiración más superficial ante la inminencia del orgasmo, ella empuñó el largo y afiladisimo estilete que había ocultado unas horas antes debajo de la almohada y con suavidad, casi con cariño, lo introdujo entre las costillas del hombre. La empuñadura vibró levemente cuando la punta de acero tocó el corazón y él se puso tenso. En su mirada se reflejó la incredulidad y cogió aliento para gritar. No llegó a hacerlo. De sus ojos se esfumó de pronto todo rastro de vida y lo que iba a ser un grito, privado de fuerza se transformó en un suspiro que habría parecido de satisfacción de no haber sido por la mirada vidriosa y la sangre que parecía salpicarlo todo. Mientras forcejeaba para desembarazarse de pesado cuerpo del mercader recordó algo que le habían contado tiempo atrás: en algún lejano país definían el orgasmo como «la pequeña muerte». Vaya –pensó-, pues a este le ha llegado una muerte grande o, al menos de tamaño natural; esto sí ha sido un servicio completo. Los caminos del pensamiento son a veces bastante inoportunos.

Cuando el cielo empezaba a clarear Salannah era una mancha brumosa y deformada por las nieblas de la mañana que se iba tornando cada vez más irreal a medida que ella se alejaba cabalgando sobre una bonita yegua y seguida por un borrico con las alforjas rebosantes por el oro del mercader. Cuando el sol naciente le bañó el rostro de luz, ella sonrió feliz por primera vez en su vida al pensar que la pequeña vida que se desarrollaba en su vientre nunca sería puta. Na había remordimiento, la prostitución es un oficio duro y el barrio rojo de Salannah un lugar podrido.

En justificación y descargo del cabrón de Miguelito

Miguelito había nacido cansado. Al menos eso decía, o más bien vociferaba a cada momento su santa madre. La madre de Miguelito descrita por una persona educada habría sido una mujer con carácter. Pero Félix Rodriguez de la Fuente habría descrito, usando su voz más admirativa y tensa, como una alimaña sin paliativos. La buena señora se deslomaba de sol a sol; limpiando sobre limpio, ordenando sobre ordenado, a veces cocinando sobre cocinado. No paraba ni un minuto y terminaba los días agotada. Su comportamiento no era obsesivo como se podría esperar de una persona así, qué va, su constante actividad era un simple acto de desprecio: para poder decir con la cabeza bien alta lo muchísimo que trabajaba ella y poner así de relieve la vaguería y estulticia que imperaban en el resto del mundo. Sus contadisimos ratos de ocio los dedicaba a dos cosas fundamentalmente: a gritarle a Miguelito (su marido hacía tiempo que había tirado la toalla y se había muerto, de un infarto como no podía ser de otra manera) y a tejer junto con alguna de sus vecinas, una red de maledicencias de proporciones fractales. Con semejante progenitora, llegó el momento en que ante Miguelito se abrieron dos únicos caminos a seguir: el primero consistía básicamente en volverse majareta y, un buen día agarrar un cuchillo de cocina mellado y soltando espuma por la boca apuñalar a la vieja hasta que cerrara de una vez por todas el nido de mierda que tenía por boca. Pero como Miguelito había heredado alguno de los genes prácticos que tenía su padre (que era contable) eligio el segundo camino que consistia básicamente en pasar de todo. Mientras estaba en su casa, su posición natural era la horizontal. El cansancio mental que le provocaba ver a la arpía afanándose de aquí para allá a todas horas le impedía cualquier actividad, incluso leer un libro o ver la televisión. Aunque su inactividad no era achacable exclusivamente a ese cansancio existencial. Más bien era una suerte de método de autodefensa que fue desarrollando y perfeccionando con el paso del tiempo desde que había escogido el camino del pasota. Su estrategia era la de cualquier animalillo pequeño y vulnerable en una situación extrema: pasar lo más desapercibido posible. En los oscuros y enrevesados pasillos de su mente, allí donde anidan los sentimientos y las emociones más viscerales las puertas se fueron cerrando una tras otra. Y un buen día, sin saberlo siquiera tiró la llave. Con la inteligencia emocional encerrada y olvidada, otros procesos mentales ocuparon su lugar. Con el tiempo la mente de Miguelito fue capaz de trazar con precisión de tiralíneas el camino que va desde el deseo a su satisfacción, derribando o sorteando impecablemente los obstáculos que van una cosa a la otra sin importarle demasiado las implicaciones morales de sus actos y quién se vería perjudicados por ellos; y todo imprimiendo el mínimo esfuerzo. Miguelito se transformó en un hombre sin moral. Sin embargo pasó algún tiempo antes de que eso se hiciera evidente.

Como a todo el mundo en esta vida (excepto a los herederos profesionales), a Miguelito le llegó el momento de ponerse a trabajar. El dudoso honor de lanzarlo al mundo laboral les tocó en suerte a los antiguos jefes de su padre. Hay gente a la que le toca la primitiva; a esos buenos señores les tocó Miguelito. Su padre había sido un buen trabajador: callado, poco problemático, serio y efectivo en su labor; alguien en quien siempre se podía confiar. Sus antiguos jefes adoptaron alegremente al huérfano sintiendo que le devolvían un favor a un viejo amigo. Al principio no se arrepintieron de su decisión. El hijo era tan callado, tan serio, tan efectivo y tan gris como el padre. Sin embargo un día todo cambió; y la culpa la tuvo una estrella del rock. Estaba Miguelito un día tomando un café durante el descanso del trabajo cuando algo llamó su atención. En la televisión se veía un aeropuerto y un pequeño avión a reacción del que descendía a duras penas, acosado por sus fans y rodeado por sus escoltas un cantante de moda. A Miguelito siempre le había traído al fresco la música fuera del género que fuese. Fue el avión lo que llamó su atención; y se preguntó cómo se sentiría un hombre al tener su propio avión. Con el último sorbo de café se propuso comprobarlo. Para cuando pagó el café ya había trazado un plan. Y a partir de ese mismo momento se ocupó en llevarlo a cabo.

Sus jefes se dieron cuenta pronto de que su trabajo había dado tanto un salto cualitativo como cuantitativo. Tan callado como siempre, de vez en cuando se permitía hacer certeros comentarios que tras su aparente sencillez revelaban una gran efectividad en beneficio de la empresa al ser llevados a cabo. Poco a poco le fueron encomendadas labores de más responsabildad y complejidad hasta el punto de que llegó a hacerse imprescindible y estar más cerca de los jefes de lo que lo estaba ninguno de sus compañeros. Apoyándose en su nuevo estatus que le proporcionaba cierta inmunidad pasó a dar una vuelta más de tuerca a su comportamiento y a parasitar labores que otros llevaban a cabo. Los pocos que se atrevieron a denunciar ese comportamiento eran brutal y rápidamente desacreditados. Los dueños de la empresa lo achacaban todo a envidias internas; era comprensible, máxime viendo cómo medraba su negocio impulsado por los toques de geniales de Miguelito. Y siguieron así de ciegos hasta que un día se encontraron en la calle, con cara de idiotas y con una mano detrás y otra delante.

Con el tiempo Miguelito llegó a controlar, con su efectividad de máquina bien engrasada todos los procesos de control y gestión de su empresa. Hasta tal punto era así, que los dueños a veces se preguntaban qué hacían yendo todos los días a trabajar. Una tarde, cuando todos los empleados se habían marchado a casa, estaban barajando la posibilidad de elevar a Miguelito a la categoría de socio cuando éste entró en el despacho y, tan serio y mesurado como siempre les dio a leer un fajo de papeles. Sus expresiones pasaron de la sonriente tranquilidad al estupor y del estupor a la rabia. Esos papeles demostraban que, en algún momento durante esa semana habían vendido a Miguelito su empresa, sus casas, y hasta los Scalextric de sus nietos. Todo estaba firmado por triplicado de su puño y letra. No había posibilidad de error. Poco despues un par de guardias de seguridad recien contratados ponían en la calle a dos ancianos que ya no tenían nada. Uno de ellos se suicidó esa misma noche, el otro vivio muchos años en un psiquiátrico, desquicidado y gritando día y noche lo cabrón que era Miguelito. Mientras tanto Miguelito se arrellanaba en el sillón principal del gran despacho y soltaba un leve suspiro de satisfacción. Sin embargo no sonreía, aún quedaba mucho por hacer.

Llegaron entonces tiempos duros. Los empleados fueron fáciles de manejar. A pesar de que todos estaban al corriente de lo que había ocurrido y un par de ellos incluso se habían imaginado algo parecido fueron pocos los que lo hicieron patente. Al tercer despido fulminante todo volvio a estar como si nada hubiera ocurrido. Miguelito llevaba la empresa con mano de hierro pero nada ocurría si todo el mundo cumplía con su obligación. El que cometía un fallo no tenía una segunda oportunidad. Las verdaderas dificultades las plantearon algunos empresarios que tenían tratos con su negocio. Trataron de hacerle el vacío, cortarle las líneas de suministro, ponerle la zancadilla, porque todo el mundo apreciaba a los dos ancianos desahuciados. Sin embargo un par de visitas de los nuevos guardias de seguridad y dos o tres maniobras disuasorias llevadas a cabo por su nuevo (y poco escrupuloso) abogado devolvieron tambien esas aguas turbulentas a su cauce. Y la estrella de manolito continuó su fulgurante ascensión. Compró otras empresas, arruinó algunas que le hacían la competencia e hizo pactos ventajosos con otras que le hacían sombra y… más tarde tambien fueron suyas. Su camino estaba sembrado de buenos negocios, cadáveres financieros, y algún que otro cadáver menos financiero y más maloliente. Su olfato, su determinación y su falta de escrúpulos se hicieron famosos en el mundo de las altas finanzas. Ya nadie lo llamaba Miguelito; con 35 años lo llamaban Don Miguel usando un tono entre de adulación y de temor reverencial. Eso no impedía, o más bien era una consecuencia lógica, que a sus espaldas todo el mundo echara pestes de él. Miguelito lo sabía pero le importaba poco. No tenía tiempo para esas cosas.

Una mañana Miguelito recibio una llamada del hospital. Su madre había sufrido un infarto y su pronóstico, dado lo avanzado de su edad, era grave. Hacía años que no la veía y lo único que sabía de ella era que malvivía con una exigua pensión de viudedad. De todas formas era su madre y además la beneficiaria del único sentimiento que seguía vivo en él despues de tantos años. La odiaba a muerte. Así que se dijo que la visitaría. Pero antes hizo una llamada a su abogado que, rápido y eficaz le entregó una carpeta en el mismo vestíbulo del hospital. Su madre había envejecido. Eso era indudable; sus cabellos se habían tornado blancos y la flaccidez de la piel le daba una expresión casi dulce. Tambien su carácter parecía haberse dulcificado con los años. Al reconocer a Miguelito dos huesos lagrimones rodaron por sus mejillas mientras balbuceaba frases inconexas feliz de ver otra vez a su vástago perdido. Miguelito sonrió a la enfermera de la U.V.I., una sonrisa algo culpable que ella correspondió comprensiva y lo dejó a solas con su madre. Él cogio una mano pálida y traslúcida, como de cera y le dio suaves palmadas susurrando frases tranquilizadoras hasta que la anciana se calmó. Despues sacó su carpeta y le leyó el contenido. Hablaba de asilos inmundos, cuentas de ahorros embargadas y de la expropiación de la casa. Todo era falso, por supuesto, pero los papeles tenían esa impresionante pinta oficial llena de cuños y firmas ilegibles. De todas formas Miguelito sabía que la anciana nunca conocería el embuste. Porque acto seguido el pip pip monótono del monitor cardiaco se aceleró, se volvió irregular y la anciana empezó a convulsionarse en la cama mientras ponía los ojos en blanco y echaba espuma por la boca. La enfermera, con semblante preocupado lo sacó de allí rápida y suave pero firmemente y corrio las cortinas en el momento que llegaba el médico a todo correr. Miguelito se marchó del hospital, ya no tenía nada que hacer allí. Una vez en su despacho introdujo la carpeta en la destructora de documentos. Justo despues del entierro de su madre, en una reunión con el ejército de economistas que trabajaban a sus órdenes se dio cuenta de que no solo se podía permitir comprarse un avión. Podía comprarse una compañía aérea si le apetecía. Un año despues, sobrevolando el Atlántico en su avión privado (había ido a recogerlo personalmente) firmaba la venta de todas las acciones de sus múltiples empresas. Si existiera la justicia poética, podría contar cómo en el momento de firmar, una tormenta se apoderó del pequeño reactor, lo zarandeó hasta arrancarle las alas y lo estrelló contra el Mar de los Sargazos. Sin embargo, aunque la justicia poética existe tiene que compartir su espacio con el refrán que dice que mala hierba nunca muere. En este caso ganó el refrán. Miguelito vivio muchos años aún, retirado en una finca del tamaño de un pequeño país y con su propio aeropuerto. Cuando tuvo su avión, se ocupó de que su dinero fuera bien invertido y se dedicó a hacer lo que más le gustaba en este mundo: nada. Bueno… eso no es completamente cierto. Al menos una vez a la semana volaba en su avión.

Y al final Miguelito murio, como no podía ser de otra manera. Expiró dulcemente en su cama rodeado de llorosos herederos profesionales. No faltó en su entierro quien, en voz baja comentó lo cabrón que había sido en vida; pero fueron los menos, cuando uno tiene suficiente dinero y además está muerto se le perdonan algunas cosas. De todas formas Miguelito no era malo, nunca lo fue realmente. Miguelito solo quería un avión y no tenía sentimientos que lo estorbaran para conseguirlo.

Camino de Salannah

El desierto, torturado por un sol implacable se extendía de horizonte a horizonte; allí las distancias no podían medirse en irrisorias medidas como leguas, millas o estadios. El desierto se medía en semanas, meses, y aún años de viaje. En medio de esa cruel llanura, destacándose como unos granos de pimienta especialmente disciplinados en una montaña de sal, avanzaba una caravana. Cientos de bestias de carga vigiladas por sus arrieros y lujosas carretas de mercaderes formando una hilera que se movía con ese andar pausado y aparentemente lento pero implacable que parecía pensado para cubrir largas distancias. En la cabecera de ese imponente navío del desierto cabalgaban dos gallardas figuras. Sus guías. Hijos de las dunas nacidos en lo más recóndito e inhóspito de ese infierno. Hombres duros, de mirada acerada y miembros enjutos y flexibles. Cabalgaban en dos briosos corceles enjaezados de plata y cuero e iban cubiertos de la cabeza a los pies con oscuras telas que no dejaban al descubierto mas que sus ojos de halcón. De sus anchos cinturones colgaban sables pesados y afilados como cuchillas; sus largos arcos de cuerno y sus aljabas repletas de emplumadas flechas eran promesas de muerte para todo aquel que osara interferir en el regular pacífico paso de la caravana. Educados desde la más tierna infancia en las más despiadadas privaciones, la lucha, y la sabiduría de la arena; eran capaces de vivir donde otros habrían muerto, de luchar donde otros habrían desesperado, de seguir cuerdos donde otros habrían enloquecido. Eran temidos y respetados y su reputación era bien merecida.

De pronto uno de ellos habló: debo decirte, oh hermano en las dunas (que los dioses de la arena mantengan tu cantimplora siempre llena de agua, tus alforjas llenas de queso de cabra, y tu entrepierna libre de insidiosos parásitos) que si hubiésemos seguido el camino de las montañas (como propuse yo humildemente) en vez de elegir el del llano (como impusiste tú inflexible, oh grande entre los grandes, que los dioses etc. etc.), a estas horas estaríamos ya en Salannah refocilándonos en sus múltiples tabernas y gastando alegremente nuestro oro en sus ruidosas casas de placer. El aludido guardó silencio mientras dirigía sus ojos oscuros y fríos hacia el horizonte, y por fin respondió. Hay que joderse – dijo – el viaje que me estás dando. Y mientras el sol enrojecía y hundía en el horizonte añadió: además, Salannah es un nido de maricones.

Los caballeros de Salannah

Los caballeros de Salannah eran en verdad gente dura. Curtidos en mil batallas y entrenados hasta la extenuación. Sus cargas eran un espectáculo de brillos y colores: armaduras pulidas, melenas al viento, relumbrar de picas y espadas desenfundadas. Y encajes, sedas, rasos y satenes; porque los caballeros de Salannah eran un «poquito» maricones. Muchos de sus enemigos comprendieron demasiado tarde su error al confundir maricones con afeminados. Los caballeros de Salannah, en plena refriega, en medio de la batalla cuando los ideales y las altas metas se diluyen en la pura y perfecta violencia, cuando el ansia de matar al enemigo se transforma en lucha por sobrevivir, eran los más crueles, los más sanguinarios, los más violentos. Porque los caballeros de Salannah, en medio de la vorágine no luchaban por su vida, ni siquiera lo hacían por defender al compañero; luchaban para salvar al amante.

La estatuilla

Había una vez un hombre feliz excavando en el jardín de su casa. De pronto su azadón emitió un ruido metálico y tintineante al tropezar con algo duro. Con sumo cuidado desenterró el objeto y ante sus ojos incrédulos apareció una pequeña estatuilla dorada. Era bella, bien trabajada en todos sus detalles y aparentemente muy antigua. El hombre fue a ver a un anticuario para mostrarle su hallazgo y el anticuario le confió que la estatuilla era muy valiosa pero que lo sería aún más con el paso del tiempo. El hombre volvió a su casa y puso la estatuilla en un estante pues era bella y agradable a la vista. Decidió que no la vendería de inmediato pues no necesitaba dinero y podía permitirse esperar a que su valor aumentara. En medio de la noche despertó bañado en sudor y con una certeza instalada en su mente: unos ladrones habían entrado en su casa y habían robado su estatuilla. Se levantó de un salto, bajó a trompicones la escalera hasta el salón, y no respiró tranquilo hasta encontrar la estatuilla tal y como la había dejado en su estante. Para más seguridad esa noche la pondría debajo de la almohada. Sin embargo ni aun así logró conciliar el sueño. Por la mañana la escondió en el cajón de los calcetines y, cansado y ojeroso se fue a trabajar. En el trabajo no pudo concentrarse. No podía sacarse de la cabeza la imagen de dos ladrones que aprovechando su ausencia entraban en su casa y lo revolvían todo hasta dar con su estatuilla. A media mañana no lo pudo soportar y alegando que estaba enfermo (cosa del todo creíble dado su aspecto) volvió corriendo a casa y no respiró tranquilo hasta encontrar la estatuilla tal y como la había dejado en el cajón de los calcetines. Más clamado y con la estatuilla firmemente agarrada se dedicó a reflexionar qué debía hacer. Pensó en venderla inmediatamente pero no necesitaba el dinero y podía esperar un poco más. Tal vez estaría más segura en la caja de seguridad de un banco, pero los bancos son asaltados continuamente y ningún seguro le pagaría con justicia una estatuilla cuyo valor no dejaba de aumentar con el paso del tiempo. Decidió que en casa estaba más segura. Por la noche volvió a poner la estatuilla debajo de la almohada pero no logró conciliar el sueño. Si se dormía (pensaba) entrarían los ladrones y se llevarían su estatuilla. Por la mañana no fue a trabajar. en lugar de eso puso su tesoro en una mochila y se fue a la ciudad. Caminaba asustado, mirando a todas partes y aferrando la mochila como si dentro guardara sus últimos alientos. Después de comprar una escopeta, unas gruesas rejas para las ventanas y una cerradura nueva y más segura para la puerta se sintió mucho mejor. Tanto que en contra de su costumbre se dio el lujo de comer en un pequeño restaurante. Sin embargo la comida le supo a ceniza; todo el mundo parecía mirar con ojos codiciosos la mochila que mantenía firmemente sujeta sobre sus rodillas y cuando el camarero se acercó para preguntarle si quería café dio un respingo, pagó y salió de allí a toda prisa. No respiró tranquilo hasta que llegó a su casa y las rejas y la nueva cerradura estuvieron instaladas. Se arrellanó en un sillón, introdujo dos cartuchos en la escopeta, se acomodó la mochila como un cojín y suspiró con satisfacción. Despertó cuando ya había anochecido y no pudo dormir más. Tanto mejor. Los ladrones se mueven siempre de noche. El día siguiente, cuando fue a trabajar llevaba la estatuilla cuidadosamente envuelta en el fondo de su cartera. En el trabajo, igual que en el restaurante todas las miradas se le antojaban codiciosas y hambrientas. Cualquier comentario, por inofensivo que pareciera hacía que saltara del susto y apretara su cartera con más fuerza. Durante la pausa para el café alguien comentó entre risas que debía llevar en la cartera un boleto premiado de la primitiva o algo así porque no se había separado de ella en todo el día. A él no le hizo gracia al broma. Algo saben –se dijo-, sus comentarios parecen jocosos e inofensivos pero lo saben y solo esperan el momento oportuno para robarme mi tesoro. Decididamente ese no fue un buen día. Ni lo siguientes tampoco.

Con el paso del tiempo se fue volviendo huraño y perdió a sus amigos, al final también terminó perdiendo su trabajo. Mejor –pensó-, no necesito trabajar siendo dueño de un tesoro. Se van a enterar todos cuando me decida a venderlo y me vuelva inmensamente rico. A pesar de las rejas, la cerradura nueva, y la escopeta que siempre mantenía cargada y a punto seguía sintiéndose inseguro y con sus últimos ahorros instaló una alarma y compró dos perros guardianes. Dos fieras negras e imponentes que patrullaban tranquilizadoramente el jardín. Vivía del subsidio de parado y apenas salía de casa para ir corriendo al supermercado y comprar comida precocinada o para sacar del banco su subsidio. Los vecinos empezaron a darse codazos y a golpearse las sienes con el dedo al verlo pasar. Lo llamaban loco y él lo sabía. Que me llamen lo que quieran –pensaba-, cuando venda mi tesoro me llamarán excéntrico. Un día, reflexionando llegó a la conclusión de que las rejas, la escopeta, las cuatro cerraduras (su número no dejaba de aumentar), la alarma y los perros no eran suficientes. Cualquier ladrón medianamente hábil podría sortear todo eso y más. Así que decidió que debía usar la inteligencia. Una noche, a salvo de todas las miradas, abrió un agujero en el jardín, metió dentro con mucho cuidado la estatuilla y encima plantó un enorme cactus. Con una sonrisa de satisfacción y las manos sangrantes y llenas de espinas (en su enajenación ni siquiera se le había pasado por la cabeza ponerse guantes) volvió a entrar en la casa. A ningún ladrón se le ocurriría mirar debajo de un cactus. Sin embargo, para más seguridad, decidió que esa noche dormiría en un sillón junto a la ventana; sin perder de vista el cactus y con la escopeta cargada sobre su regazo. Durmió a ratos y acosado por las pesadillas.

Pasó el tiempo y redujo al mínimo las salidas. Iba una vez al mes al banco y sacaba todo su dinero; la comida se la traía a casa el repartidor del supermercado y él aprovechaba para hacerle el pedido para la semana siguiente. Descuidó su aseo y el de la casa pues no se sentía bien si perdía de vista el cactus que estaba cada vez más crecido. El hecho de ir a la cocina para tomar un vaso de agua era una tortura. Los desperdicios y los envases vacíos se acumulaban a su alrededor. Hacía sus necesidades por la noche, en el jardín y la escopeta cargada se transformó en un miembro más de su anatomía. Los perros, hartos de comer un día sí y dos no saltaron la valla del jardín y escaparon. Mejor así –pensaba él-, no eran mas que un par de bestias perezosas. Su ocupación más placentera, la única aparte de vigilar consistía fantasear sobre lo que haría el día que se decidiera y vendiera su tesoro. Entonces podría ducharse, afeitarse, comprar ropa bonita y comer bien todos los días. Dinero de momento no le faltaba. Sus costumbres eran frugales y no gastaba mas que una décima parte de su subsidio en comida. Podía aguantar mucho tiempo así, y mientras tanto el valor de su tesoro no paraba de aumentar.

Un día, una vecina se quejó del mal olor que salía de la casa y llamó a la policía. Llamaron a la puerta pero como no contestaba nadie la echaron abajo. Lo encontraron sentado en el sillón. Muerto pero agarrando aún la escopeta cargada. Era solo piel y huesos y sus cuencas vacías miraban vigilantes hacia el jardín.

El tiempo pasó y la casa fue vendida. La compró un hombre feliz que nada más instalarse se puso unos guantes gruesos de cuero, cogió su azadón y se dispuso a arrancar el feísimo cactus que crecía en medio del jardín…

Los pinitos egiptológicos de don Pedro Amorós. Parte II y final.

Despues de un par de días haciendo relajación trascendental, meditación ayurvédica y un par de canutitos, vuelvo a encontrarme mentalmente preparado para abordar la magna tarea que supone comentar esta perla de la erudición egiptológica perpetrada por mi más admirado humorista alicantino. El varias veces Presidente del SEIP D. Pedro Amorós.

Pero hagamos un poco de memoria. Nos quedábamos hace unos días totalmente patidifusos y mentalmente algo perturbados al descubrir que las piedras del revestimiento de la Gran Pirámide habían sido pulidas hasta un punto de perfección equiparable al del espejo principal del telescopio del Monte Palomar. Despues de tamaña revelación, y a pique de sufrir un jamacuco existencial o un soponcio tántrico no me quedó mas remedio que tomarme un descanso. Veamos cómo sigue la cosa. De momento comenzamos con “Datos, todavía más desconcertantes”. Para ilustrar la imposibilidad de que la Gran Pirámide fuera comenzada y terminada durante el reinado del mismo faraón, Amorós nos dice que

“las últimas zonas de construcción, las terminaciones eran más burdas y en ocasiones menos perfectas. Con lo cual tenemos un importante aspecto para diferenciar la época”

No deja de ser meritorio que alguien que ha demostrado su incapacidad para distinguir el granito rosado de la caliza blanca se meta en semejantes sutilezas. Personalmente no cuento con información como para afirmar o desmentir que existan diferencias lo suficientemente aparentes en la construcción de la Gran Pirámide como para hacernos pensar que su construcción se desarrolló en épocas distintas. Si alguien cuenta con esa información le agradecería que me la hiciera llegar. Mientras espero sentado como buen investigador de sillón, pasaré a cosas aún más inquietantes o el viaje en el tiempo de un cacho de palo.

“Un equipo de investigación español, encontró en el fondo del pasadizo de la verdadera entrada a la pirámide un fragmento cilíndrico de madera que se demostró científicamente que pertenecía a un bloque de granito que se encuentra en la entrada y sirvió como sistema de cierre. Un dato muy curioso, es que cuando llevaron a una Universidad americana a analizar este pequeño cilindro de madera, los científicos se asombraron cuando el veredicto del C14, dató del 2016 después de Cristo, este hallazgo. ¿ Quiere decir esto que viene del futuro?”

Antes de nada me gustaría saber más sobre el intrépido equipo de investigación y cómo demostraron “científicamente” que el trozo de madera en cuestión pertenecía efectivamente a ese contexto. Si no es demasiado pedir tambien me encantaría saber el nombre de la Universidad americana que lo analizó. Más que nada para que me pusieran al día de sus métodos en datación por Carbono 14. Porque a lo mejor estoy equivocado, pero yo tenía entendido que dicho método lo que mide es la descomposición de un isótopo que comienza en el momento de la muerte del tejido analizado. Con lo cual la fecha más reciente que se puede conseguir mediante C14 es hoy mismo, y en ningún caso fechas futuras. Esto se pone misterioso, y más si tenemos en cuenta que

“Un científico inglés, examinó los orificios donde supuestamente se insertarían esos seis cilindros, y encontró las marcas de un broca algo extrañas.
En primer lugar, la broca tendría que tener una "dureza 500", para poder haber trepanado de la forma en que lo hizo este bloque de granito. Tengamos en cuenta que el material más duro que se conoce es la vidia, que es el diamante sintético y tiene "dureza 11" y se utiliza en los talleres para cortar precisamente el granito. En seccionar un bloque de granito de un metro, se invierten horas con nuestra técnica actual. Según los cálculos de este científico inglés, en base a la medida de separación de las marcas dejadas por la broca, el proceso de perforación con el que se trataron los orificios del bloque de cierre, fue tres veces más rápido que como hoy en día lo hubiéramos conseguido con nuestro sistema.”


El científico en cuestión es nada menos que Flinders Petrie, y las conclusiones sobre las características de los taladros son del ingeniero Benjamin Baker. En una inspección superficial, y midiendo las marcas dejadas por el taladro en la piedra, Baker llegó a la conclusión de que semejante trabajo sería imposible de llevar a cabo usando las herramientas de su época. Sin embargo, un exámen más minucioso al microscopio nos muestra otra cosa. Las marcas dejadas por el supuesto supertaladro no son paralelas como cabría esperar de una penetración regular. Ni siquiera marcan toda la longitud del agujero, sino que aparecen y desaparecen. Exactamente igual que ocurriría si los agujeros hubieran sido trabajados por abrasión y usando poca presión. Un tal Dennys A. Stocks lleva más de 20 años trabajando en este sentido. Usando técnicas de arqueología experimental y basándose en modelos aparecidos en distintas inscripciones, Stocks ha fabricado taladros y los ha usado tal y como habrían hecho los antiguos egipcios obteniendo buenos resultados. O sea, que por mucho que pese a magufos ufológicos varios, los antiguos egipcios no solo podían, sino que tallaban, taladraban y pulían piedras duras sin demasiados problemas.

“Sólo con observar el obelisco inacabado de las canteras de granito rosa que se encuentran en Aswan, nos damos cuenta que la forma "acucharada" con la que esta esculpido, encierra un misterio superior al que simplemente nos explican los arqueólogos”

Sólo con observar el obelisco inacabado de las canteras de Aswan, nos damos cuenta de la característica forma acucharada que dejaban las mazas de dolerita usadas para tallar el granito. Son precisamente estas piezas inacabadas las que ilustran con más fuerza la grandeza de esta civilización. Y por fin nos acercamos a la conclusión, y lo hacemos de la forma más previsible posible: los dogones de Mali, tribu que Amorós sitúa “a cierta distancia del nacimiento del Nilo”. Si quieres traducir en kilómetros tan indeterminada distancia consulta un atlas. Despues de una breve introducción a los misterios de la cosmogonia de los dogones (si te interesa otra visión del tema puedes leer este artículo) el amigo Amorós se adentra en el apasionante mundo de la astronomía y afirma que

“para mayor asombro, hace tan solo cinco años, se pudo analizar mediante un sistema espectral, la densidad que tendría la estrella Sirio B, dando casualmente una "dureza 500"”

Tendría gripe. O diarrea. O simplemente se fumó la clase el día que explicaron la dureza y la densidad de los materiales. Porque si Mr. Amorós hubiera asistido ese día a clase sabría que dureza y densidad son cosas distintas. Vamos a poner un ejemplo sencillito. La dureza del diamante es 10 en la escala de Möhs y su densidad es de 3,52 g/cm3 en los cristales más puros. La dureza del plomo es 2 en la misma escala, sin embargo su densidad se dispara hasta los 11,37 g/cm3. Sí, Mr. Amorós, ese simpático señor que le vendio a usted un juego de densísimas brocas de plomo lo estáfó. Si intenta taladrar con ellas algo más duro que un trozo de pan recien hecho se fundirán. Y por fin llegamos a la gloriosa culminación de los pinitos egiptológicos de Don Pedro, y lo hacemos como no podría ser de otra manera: dejando la puerta de las estrellas de par en par

“Si pensamos que la raza egipcia, originariamente pudiera venir de centro-africa, y más concretamente de una región cercana a las tierras de los Dogones, e intentamos dar una explicación coherente a la construcción de las pirámides, posiblemente encontremos alguna solución cuando comparemos la dureza de un material como el que pudiera haber sido traido por una raza extraterrestre, en la visita realizada a esta tribu y que casualmente coincide con el que la ciencia dice que tiene la estrella de donde estos venían, con el material de la dureza necesaria para realizar las trepanaciones del bloque de granito que supuestamente sirvió de sistema de cierre.
Pero claro, es una utopía pensar que una raza extraterrestre pudiera haber venido a la Tierra, ¿ NO CREEN ?...


De este párrafo me encantan sobre todo las mayúsculas finales; y los puntos suspensivos. Pues bien, creo que para terminar voy a responder a la pregunta final de Mr. Amorós. No considero una utopía el pensar que unos hombres-pez se acercaron a una enana blanca hace miles de años y allí abrieron unas minas para recoger el material que permitiría a los egipcios taladrar granito. No, para nada lo considero una utopía. Lo considero una total, absoluta, y supina GILIPOLLEZ.

Está confirmado.

Está confirmado.

Lo que hasta ahora no era sino una desagradable sospecha, como cuando sientes que alguien se ríe de ti a tus espaldas, está confirmado de forma oficial: los políticos, politicastros, trepas, ganapanes, robabolsos, mamones irresponsables de la teta institucional que nos gobiernan (y tambien los que aspiran a hacerlo, para qué nos vamos a engañar) nos han tomado por totales, absolutos, y "guays" GILIPOLLAS. Sobre todo a los menores de 34 años. Afortunadamente ya no estoy en ese grupo, pero la vergüenza ajena me impide desvincularme del todo.

La chorrada completa la podéis encontrar AQUÍ.

Aviso: Aquellos que tengáis una conexión tan asquerosa como la mía: 14.400 bps cortesía no sé si de Telefónica o de Wanadoo (se echan las culpas mutuamente) absteneros de pinchar en el enlace, es una página en flash (o en alguna otra cosa pija por el estilo) y tardará un huevo de rato en cargarse.

De todas formas no preocuparos. Vaticino que durante los próximos días váis a tener tiempo de hartaros del referendumplus de los cojones y de paso ciscaros en los antepasados fiambres del/la creativo/a publicitario/a que ha parido el invento en cuestión.

Si a alguno lo reconcome la curiosidad, aquí dejo el eslogan de la campaña para que vayáis haciendo boca: "Referéndum Plus, una bebida energética que anima a votar a los y las jóvenes en el próximo referéndum de la Constitución Europea"

Hala, que no sea na.

Un golpe de timón

Este garito en el que ahora te encuentras, amable lector (¡Hola mamá!) nació, como ya dije en el primer post, con vocación de válvula de escape para la mala leche. Y así va a seguir. Sin embargo la realidad a palo seco es jodida de digerir, y el universo magufo a pesar de los peligros que encierra lleno como está de paladines de la imbecilidad es, en el fondo muy aburrido. Los mismos idiotas diciendo las mismas idioteces terminan por cansar.

Uno de los métodos que tengo yo para escapar de estas cosas consiste en sumergirme en mundos e historias ficticias y mi intención es poner algunas aquí para uso, disfrute, y posiblemente tambien para desespero de los pocos que me visitáis. Las desbarradas indignadas que tienen como protagonistas a políticos, magufos, y demás especies carroñeras pueden ser distribuídas, fusiladas, retocadas y todo lo que se os ocurra. No ocurre así con las historias ficticias. Esas tambien pueden ser copiadas y distribuídas siempre que se respete la firma y nunca con ánimo de lucro. Sí, ya sé que hay que estar muy loco para tratar de lucrarse vendiendo lo que yo escribo, pero cosas más raras se han visto. En el caso hipotético de que hubiera alguien lo suficientemente loco, no tiene mas que ponerse en contacto conmigo para negociar la mejor manera de hacerme llegar mi 10 % ;-).

Y sin más rodeos, a continuación dejo un par de esas historias: un acercamiento al maravilloso mundo de Salannah, y la historia de un pobre imbécil.

Que te diviertas.

La triste historia de un hombre bueno

Allá por el año 280 de nuestra era nació un hombre bueno. Se llamaba Nicolás y con el tiempo, llegó a ser obispo de Licia en Asia Menor. Su fortuna al parecer, no era desdeñable, y el bueno de Nicolás la utilizaba para tratar de remediar las miserias ajenas. Eran, supongo, otros tiempos y la iglesia era más pura, estaba más cerca de su fuente. Tampoco debemos olvidar que Nicolás era, como ya he dicho un hombre bueno. Y su bondad lo convirtio en leyenda. Al morir alcanzó el que debe ser el rango máximo al que se puede aspirar en la jerarquía eclesiastica (aunque este rango esté últimamente un poco desprestigiado por sus más recientes adquisiciones) y lo hicieron santo subiendo a los altares como San Nicolás de Bari, ciudad donde descansan sus restos. Es el patrón de los marineros del Mediterráneo Oriental y tambien fue muy venerado por los marineros holandeses. La leyenda lo transformó tambien en protector de los niños y cuenta en su caché con algunas resurrecciones infantiles. Supongo que esto, unido al uso que daba a su fortuna, es lo que terminó transformando su figura en la de un santo bonachón que hace regalos. Su fiesta se celebra en los países germánicos el 6 de diciembre y es muy parecida a la fiesta de los Reyes Magos un mes despues. Allá se cuenta que cabalga en la noche montado en un corcel gris dejando regalos a los niños buenos y a los hombres de buena voluntad.

Cuentan que, a bordo de un barco colonizador holandés viajó a América y se instaló en Nueva Amsterdan (la actual isla de Manhattan). Fue allá donde su culto empezó a cambiar. Y tambien a corromperse. Despues de diversas vicisitudes, algunas de las cuales quedaron descritas por Washington Irving (famoso en nuestro país por sus Cuentos de la Alhambra) ocurrio algo que cambio la historia de Santa Claus (contracción de Sanctus Nicolaus): en la Navidad de 1930 fue adoptado por la Coca-Cola con gran éxito de público y crítica, un pelotazo de márketing en toda regla. Sin embargo sería el año siguiente y tras pasar por los pinceles del pintor publicitario Habdon Sundblom, cuando adoptó la forma que ha llegado hasta nuestros días: vestido de mamarracho con una especie de pijama blanco y rojo, los colores corporativos de la Coca-Cola y pinta de abuelete borrachín. A partir de entonces dejó de ser un santo de caridad para transformarse en todo lo contrario, el máximo patrón (seguido de cerca por San Calentín) del neoliberalismo más frio y despiadado. El que fue patrón de marineros lo es ahora de frustraciones. El que fue protector de niños los corrompe ahora con deseos vacíos, superficiales y muchas veces irrealizables mientras protege a multinacionales sin alma; la vendieron por un mayor margen de beneficios. El que fue un hombre bueno ha sido transformado en un hijo de puta.

Los huesos del buen San Nicolás se remueven en su tumba. Parapsicólogos de todo el mundo mundial y grabadores de psicofonías varias, cuentan que aquello no parece la cripta de una catedral sino las maracas de Machín.

Admiro a San Nicolás como admiro a todos los hombres buenos, pero al hideputa de Papá Nöel no le dejo entrar en mi casa. Aquí vienen los Reyes Magos como han venido toda la vida, y si bien es verdad que tambien se han transformado unos cabrones, que han sido corrompidos por la publicidad y la firme voluntad de sacarnos hasta el último céntimo, al menos estos son nuestros cabrones y no han venido importados entre las mercancías de un centro comercial.

TRANSPARENCIA

Decidí escribir esta entrada cuando leí el texto que enlazo al final. Sin embargo despues de ponerme, a pesar de las ideas que tenía... en fin, que ninguna me parece conveniente, o tal vez lo son todas pero no se cómo expresarlas. Impotencia, incredulidad, y una cólera sorda y desagradable comiéndome las tripas. No, la verdad es que al igual que otros, (Nemo, El Aldeano...) no estoy capacitado para comentar esto pero sí creo necesario que se lea y se conozca. Por una vez, a este incontinente verbal le faltan las palabras.

Declaración leída por Pilar Manjón como portavoz de la Asociación 11M Afectados del Terrorismo.

Feliz Navidad.

Y llegó la Navidá

Yo soy un tipo de pueblo pero por los pelos; de hecho no soy de monte por una cuestión de 150 metros sobre poco más o menos. Y en el pueblo sigo. Supongo que debido a esto, cuando viajo a una ciudad grande –en este caso Valencia- el impacto navideño que sufro es más acusado que en otras personas más cosmopolitas. Esas luces, esas sonrisas un poquito psicóticas en la gente cargada de bolsas llenas de comida, que en un milagro de multiplicación lo único que ha multiplicado es su precio y regalos de esos de X´99 €. Pero no es eso lo que transportó a mi hilo de pensamiento hasta la teoría que en seguida expondré. La culpa fue de la decoración de un centro comercial junto a la estación de autobuses: Era la representación de una especie de belén tal y como lo imaginaría un psicópata con mal gusto. Todo lucecitas de colores, intermitencias y deslumbres para mis ojos poco acostumbrados a tanto despliegue. Y claro, el pensamiento que siguio a semejante visión no podía ser otro: joder Lvisen –me dije-, si Aquél que nació, se supone que para redimir nuestros pecados y toda esa mandanga viera eso, se le caían las filacterias del mismo susto. Porque yo, ateo como soy, tengo mi educación religiosa como casi todo hijo de vecino en este país. Y lo que el cura de mi pueblo enseñaba era que estas eran unas fiestas de reconciliación, buena voluntad, villancicos y todo ese rollo. Pero del consumismo y neoliberalismos salvajes, oye, no dijo nada. Entonces, pensando pensando, sin comerlo ni beberlo, surgió

La Teoría Navideña.

Ese tal Jesús, que según todos los indicios era un buen tipo y tal, nunca podría estar de acuerdo con esto. ¡Coño! Él expulsó a gorrazos a los mercaderes del Templo. Algo no cuadra. Pero yo, arriesgando levemente mi pellejo, y a peligro de que los hombres de negro (esos de la voz untuosa y el alzacuellos) me capen, o me excomulguen, o algo, he encontrado y comunico al mundo la explicación que explica (valga eso) por qué estas fiestas son como son.

33 años despues del antihigiénico Nacimiento en un establo, nuestro protagonista fue debidamente torturado, machacado y crucificado –en principio- para expiar nuestros pecados que, a esas alturas debían de ser ya muchos. Prometio que resucitaría al tercer día para subir a los cielos con su padre (que por alguna razón que nunca he logrado desentrañar era él mismo junto con un pájaro), y alguien resucitó, pero no fue ese hombre bueno. Como todos recordaréis Jesús no murio solo en el Gólgota. Estaba acompañado, a la derecha por Dimas (el buen ladrón) y a la izquierda por Gestas (el ladrón que no quiso arrepentirse). Supongo que en esa época la… llamémosla estructura burocrática del Cielo no estaba montada del todo, y tuvo que ser El Inefable quien cursó y delegó de forma imperfecta la resurrección de su Hijo Predilecto muerto a manos de sus otros hijos. Bueno… imaginad la carga emoncional del asunto, un hijo recien muerto y todo eso, el caso es que El Inefable cometio algún tipo de error administrativo y, la resurrección, en vez de llegar a su destinatario le llegó al cabrón de Gestas y fue este quien subio a los Cielos y se apalancó a la Derecha del Padre. Y allá que se quedó, y por eso tenemos las navidades que tenemos. Algo que originalmente fue pensado como una fiesta de reconciliación se ha transformado, junto con San Calentín, en la fiesta del neoliberalismo más recalcitrante; porque vamos a ver ¿existe ladrón más cabrón e irredento que el neoliberalismo que, auxiliado por su hijo el márketing (padre de todas las frustraciones) roba a los pobres para dárselo a los ricos? Yo diría que no. Y claro, así nos va, así nos luce el pelo con esas sonrisas psicóticas y esas cargas de regalos que casi nunca nos podemos permitir.

Y la cosa no queda aquí, otro día hablaré del tal Papá Nöel, otro hijoputa vasallo de Gestas.

Pero eso será otro día.

Mariconadas

Aun a riesgo de resultar redundante, e inspirado por lo que he leído aquí, quiero tocar yo también el tema de la homosexualidad. Vaya en mi descargo que es algo que ya tenía preparado antes de leer sobre lo mismo en Saber/creer. Bien es verdad que lo que viene ahora está un poco retocado, pero en esencia sigue siendo lo mismo.

A diferencia de Asigan, yo no considero la homosexualidad como algo natural (ahora es cuando empiezan a lloverme gorrazos). Y no la considero natural porque el sexo, fisiológicamente hablando tiene un único fin: el reproductivo, la perpetuación de la especie, la transmisión de la información genética. El placer asociado no es mas que un cebo, un medio que utiliza Mamá Naturaleza para conseguir un fin ¿Quién querría dedicarse a una actividad tan agotadora si no obtuviera algún beneficio a cambio? Con esto no quiero decir que la homosexualidad deba ser anatemizada y rechazada socialmente, al contrario. Sin embargo opino que en este tema, como en muchos otros hace falta inyectar un ingrediente fundamental: un poquito de naturalidad. Al fin y al cabo, las relación heterosexuales usando métodos anticonceptivos (San Durex, patrón del látex líbrame de los poros así como yo sigo las instrucciones del folleto) es tan poco natural como las relaciones homosexuales. Sin embargo, nadie se rasga las vestiduras (bueno, algunas veces y en momentos especialmente apasionados sí se rasgan) al enterarse de que la niña no es virgen; más bien la mayoría, las mamás sobre todo, respiran tranquilas al saber que esa falta de virginidad no lleva asociada una preciosa barriga antes de tiempo.

Cuando se aboga de la supuesta «naturalidad» de la homosexualidad, siempre se citan esos estudios que demuestran que dicho comportamiento entre animales efectivamente, existe. Bueno… eso me suscita algunas preguntas. ¿Tiene ese comportamiento un ecosistema estable y sano como marco? ¿Es un comportamiento indefinido o, por el contrario los machos tratan de aparearse con hembras cuando tienen ocasión? La tendencia a la actividad sexual es distinta entre el macho y la hembra según la especie (un acuario con guppys necesita varias hembras por macho, y en otras especies es al revés) ¿Se dan los casos de homosexualidad tanto en machos como en hembras independientemente de lo sexualmente activos que sean? Bueno… no se, esas teorías me parecen demasiado difusas como para que no puedan ser discutidas, y considero que hacen más mal que bien si lo que queremos es que cada cual viva su sexualidad como le de la gana o como sus tendencias afectivas le dicten.

Porque sea como sea en la naturaleza, un rasgo más de la inteligencia humana, es la diferenciación entre sexualidad y procreación, y también –por qué no- entre sexualidad y afectividad.

Es lo que decía antes, la homosexualidad no me parece natural (y no quiero que se considere eso sino como una postura de tinte meramente biológico) pero sí considero que necesita un poquito más de naturalidad. Y también necesita menos reprimido con sotana de esos que braman contra los comportamientos anti-natura amenazando a diestro y siniestro con los tormentos del infierno mientras se les hace el culo Channel Nº 5 en cuanto ven un adolescente de carnes prietas. también sobran esos mamones de boca limpia, a los que se les llena la boca de libertad y orgullo gay y que, en cuanto les tocas un poco la bisectriz y pierden los papeles, lo más vejatorio que se les ocurre llamarte es maricón. Para que la homosexualidad no solo sea aceptada y reconocida socialmente sino que vaya un paso más allá y se transforme en algo tan normal como la heterosexualidad hay otra cosa que sobra: sobran los maricones. Me explico. ¿Qué carajo es eso del Orgullo Gay? Digo yo que la tendencia sexual de cada cual no es algo de lo que sentirse orgulloso. No sé, por poner un ejemplo, un médico puede sentirse orgulloso cuando, después de muchos años de esfuerzo y estudio logra salvar una vida; pero si ese médico es homosexual… pues no creo que por eso deba sentirse orgulloso. Tampoco avergonzado, ojo, pero ¿orgulloso? ¡Venga ya! Esos desfiles llenos de colorines y estereotipos, plagados de locas gritonas con tanga; esas salidas del armario con cobertura total de los medios no hacen, a mi modo de ver y también al de algún que otro homosexual serio que conozco, mas que encasillar y perjudicar a un colectivo que ya está bastante jodido y asediado. Coño, yo no cojo el día de San Calentín y me disfrazo de chulopiscinas, a medio afeitar y marcando paquete para gritar al mundo lo machotote que soy. Pues así debería ser con los homosexuales. Si esas mamonas que no es que pierdan aceite, sino que lo van tirando tratando de salpicar a cuanta más gente mejor, se controlaran un poquito, seguro que podríamos empezar a pensar en educar a nuestros hijos en la aceptación y el respeto, y al cabo de una generación el ser homosexual sería tan normal como el ser heterosexual; vamos que daría igual y a nadie le importaría.

Sin embargo, tal y como están las cosas… jodido lo veo.

Declaración de principios.

Como digo en el encabezado, este garito (al que te doy la bienvenida) nace con vocación de trinchera. Pero no solo como refugio. Tambien quiere ser un puesto de avanzada desde donde poder disparar. Porque yo soy un tipo agresivo. Mu malo y mu cabrón. Y conste que antes no lo era. La vida y las mareas de imbecilidad que se nos vienen encima me han hecho de mí lo que soy. Mi armamento no es gran cosa; apenas un pequeño fusil que dispara palabras y, que además se encasquilla a veces. ¿Su alcance? Ya veremos, pero supongo que no demasiado. Sin embargo pienso ponerme a pegar tiros a diestro y siniestro. Que no sé si acertaré, pero como acierte... De todas formas, si no acierto al menos haré algo de fuego de cobertura para los que tambien han renunciado a la borreguez y cuentan con armas mejores que las mías; que trato de poner mi granito de arena, vamos.

¿Mis objetivos? Bueno... confieso que tengo varios frentes. Por una parte están los adalides (y adalidas) de lo políticamente correcto. Los más peligrosos se suelen disfrazar de progresistas. Esos que se la cogen con papel de fumar no vaya a ser que digan algo inconveniente, chupiguays de salón que miman hasta la nausea su aspecto conciliador, más que nada para esconder un corazón negro como los cojones de un grillo. Otro frente lo forman los engañabobos, charlatanes, sacaperras, gurúes y gurúas varios de lo paranormal y aledaños. Esos que detrás de una fachada más o menos melosa pintada de colores pastel (unos colores pastel muy misteriosos, sea eso como sea) y victimismo esconden una caja registradora de puta madre. Mi único objetivo para con esos es robarles víctimas. Y es fácil (al menos en teoría). El método consiste en ayudar a esas víctimas, porque víctimas son, a que aprendan a pensar por ellas mismas. No quiero que piensen como yo, mi afan proselitista es comparable a la finura de mi lenguaje, solo pretendo que piensen por si mismos, que desarrollen el menos común de los sentidos y con él su libre albedrío. Así de simple.

Un tal Petronio dijo una vez: "Mundus vult decipi; ergo decipiatur". Pues bien: que se vaya a la mierda Petronio.