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Se muestran los artículos pertenecientes a Mayo de 2006.
09/05/2006
Competencia desleal.- Los políticos me están haciendo competencia desleal.
Albert Boadella, bufón y fundador de Els Joglars. Este siempre ha sido un mundo duro para los cómicos.
10/05/2006
Concurso de relato breve Se ha convocado el I Concurso de relato breve poquetacosa.com. Si te gusta escribir, no pierdas esta oportunidad de adquirir prestigio internacional. Dinero no, la cosa no tiene dotación económica pero sí un trofeo con su plaquita grabada y todo. Pincha aquí para informarte. Saludos y suerte.
14/05/2006
El vacío de las definiciones.- Democracia, Justicia, Libertad... Ya no las conocemos. Nos limitamos a repetir sus nombres.
Poquetacosa después de intimar seriamente con una conocida marca de ron.
22/05/2006
El cronovisor. Allá por el 1972, saltaba una curiosa noticia en todos los medios de comunicación. Un equipo científico, dirigido por un benedictino especialista en prepolifonía (que también, hay que ver en qué cosas se especializa la gente) había conseguido dar forma a un invento que venía llamado a revolucionar el mundo tal y como lo conocemos, etc etc. Se trataba nada más y nada menos que del Cronovisor, un cacharrejo que nos permitiría ver y escuchar personas y hechos ocurridos hace la leche de tiempo. Como ocurre siempre con estas cosas, el tema se sustentaba en incontrovertibles teorías científicas. En este caso, nada más y nada menos que en la primera ley de la termodinámica, la que habla de la conservación de la energía. Si damos por hecho que la energía no se crea ni se destruye, el cronovisor debería ser capaz de, como quien dice tirar del hilo, desenredar la madeja de energía remanente, y volver a codificar sonidos e imágenes del pasado para hacerlas perceptibles por nuestros imperfectos sentidos. No voy a contar la historia completa del cacharrejo porque es fácil encontrarla en la red. Solo comentaré aquí, muy sucintamente, cómo terminó (¿seguro que terminó?... titototin…totin…totin…). Que fué, ni más ni menos que como cabe esperar que termine cualquier buena historia de conspiranioias: Ese Vaticano que se acojona al ver el potencial del inventito de marras, esos servicios secretos que se alborotan, esa etiqueta de top-secret, esa órden del Papa de turno conminando a guardar silencio sobre el asunto, ese director del proyecto que (convenientemente) estira la pata. Vamos, lo de siempre. Sin embargo, hoy no quiero hablar de ese desprestigiado cronovisor. No señor. Hoy, con grave riesgo para su bienamado pellejo, haciendo chakras sordos a los mensajes telepáticos de los hombres de negro que silencio avisan y amenazan miedo, Poquetacosa (o sea, yo) va a hablarles del Auténtico Cronovisor (mayúsculas reverenciales incluídas). Ese que los amantes del misterio misterioso, empeñados en que los árboles no les dejen ver el bosque, parecen no conocer. El auténtico cronovisor, no es un proyecto secreto. Su uso y disfrute es libre y, en su versión más básica, gratuíto. Lo usamos continuamente, aunque para explotar todo su potencial necesitaremos una noche oscura y estrellada y un lugar sin demasiada contaminación lumínica. El auténtico cronovisor siempre ha estado ante nuestros ojos… de hecho son nuestros ojos. Sí, amigos y vecinos, nuestros ojos nos permiten asomarnos a las ominosas tenebrosidades (titototin… totin… totin…) del pasado. Su mecanismo también se fundamenta en un hecho científico, en el que que nos cuenta que la velocidad de la luz es finita, 300.000 Km/s sobre poco más o menos. ¿Cómo afecta esto a nuestro cronovisor? Pues sencillamente, en que si miramos lo suficientemente lejos podremos ver el pasado, por cada 300.000 Km que nuestra mirada se adentre en la distancia, también retrocederá un segundo en el tiempo. Vamos a explicar esto con unos ejemplos prácticos. Si volvemos la vista hacia Sirio, sistema éste tan querido para el mundo magufo, no lo veremos tal y como es en la actualidad, la luz que nos llega de Sirio salió de allí, aproximadamente cuando el mundo del colorín, lloraba con esas lágrimas suyas tan parecidas a la saliva goteante de los carroñeros, la muerte de Lady Di. Pero eso es poco tiempo, nuestro cronovisor puede llegar más lejos. Si miramos hacia Regulus, la estrella α de la constelación de Leo estaremos viendo el tiempo en el que se hacía uno de los mayores descubrimientos de la egiptología y que quedó eclipsado por la inminencia de la II guerra mundial: el descubrimiento en Tanis, por parte del egiptólogo Pierre Monet, de la tumba de Psusenes I. Un faraón cuyo ajuar eclipsaba al del mismísimo Tutankamon, y que reinó hace 3.000 años. Durante su reinado ocurría el drama que podemos ver en la fotografía que ilustra esta entrada: la agónica muerte de una estrella, que tras consumir todo su combustible, expulsa al espacio su envoltura gaseosa dando lugar a lo que conocemos como NGC 6543, la nebulosa del ojo de gato para los amigos. Pero claro, para ver espectáculos como ese, nuestros queridos cronovisores necesitan aumentar su poder mediante ayuda óptica. Esa foto en particular fué sacada por el instrumento óptico más poderoso que tenemos a nuestra disposición en este momento: el telescopio espacial Hubble . Tiemblo al pensar lo que será capaz de mostrarnos el James Webb cuando entre en servicio. Pero volvamos a poner los pies en la tierra. Polaris, la estrella que nos muestra el norte, envió la luz que hoy vemos, durante el reinado de Felipe II, cuando los tercios españoles hacían temblar Europa y un tal Miguel de Cervantes daba por finalizada su carrera militar. Y podemos llegar aún más lejos. Mirando a la Nebulosa de Orión, nos adentramos 1.500 años en el pasado, 163.000 observando la Nube Mayor de Magallanes, 2,4 millones de años si miramos hacia la galaxia de Andrómeda. Esto a simple vista y sin ayuda. Un telescopio nos puede llevar más allá. Nos permitirá observar por ejemplo, el cúmolo de Virgo, un conjunto de galaxias que se encuentra a 50 millones de años luz. Si recurrimos al actual rey de los telescopios, el Hubble , la cosa ya da vértigo. Su famosa foto de campo profundo, nos muestra un conjunto de galaxias, tal y como eran hace 14.000 millones de años. A estas alturas, la enormidad de las distancias pone a prueba hasta a las mentes más abiertas. El cronovisor, efectivamente existe; aunque la mayoría del tiempo lo dediquemos a la mezquina ocupación de observarnos el ombligo, lo tenemos a nuestra disposición, sin necesidad de mediums, ouijas, ni aparatejos raros vetados por el Vaticano, para mostrarnos las verdaderas maravillas del universo.
23/05/2006
¿Conocer la Ciencia?Soy consciente del mundo en el que vivo. Un mundo en el que sentido común, responsabilidad, decencia y tantas otras cosas que consideramos buenas ( sin comprender muy bien por qué , que esa es otra), son sacrificadas en los altares de más altos fines: Beneficio Grande y Rápido a costa de lo que sea. El idealismo hace tiempo que lo tengo ingresado en un hospital de cuidados paliativos, muy malito él, temiéndome que ocurra lo peor en cualquier momento. Ya no me rasgo las vestiduras con la frecuencia de ántes; ciertos despropósitos han dejado de pillarme desprevenido. Pero estoy divagando. Desde hace unos meses podemos encontrar en los quioscos una nueva revista de divulgación científica, conocer la Ciencia, se llama. Seguro que algunos la conocéis. La primera entrega venía al atractivo precio de un euro y las dos siguientes traían como obsequio un juego tipo Trivial con preguntas y respuestas sobre ciencia, bastante facilitas para una cultura general medianita como es mi caso. Si lo que pretendían con estas maniobras mercadotécnicas era enganchar lectores, desde luego conmigo lo consiguieron. En cuanto a sus contenidos, desde el principio los encontré amenos y expuestos de forma clara y accesible. Es de lo que se trata en una revista así ¿no? Los contenidos me recordaban en cierto modo a los de la sección Zapping de Axxon a la que soy asíduo y me permito recomendar aquí: sin ser un prodigio de rigor conseguían su objetivo: informar y, lo que es más importante, suscitar la curiosidad. El lector avispado habrá advertido a estas alturas que, a pesar de hablar más o menos bien de conocer la Ciencia lo hago en pasado. La razón es sencilla: no pienso volver a comprar esa publicación, y mira que he estado a punto de suscribirme y todo. El caso es que ya en el segundo número me encontré con un breve que me llamó la atención. Bajo el epígrafe «nuevas amenazas para el clima» se afirmaba que uno de los materiales contaminantes responsables del cambio climático es ¡la caspa! Además, estaba redactado de tal manera, que una lectura descuidada del breve texto nos hacía pensar en la caspa como uno de los mayores responsables de tan desagradable efecto meteorológico. Amarillismo; me dije y seguí adelante sin darle mayor importancia al tema. Quien esté libre de pecado etc. por un momento pensé en escribirles para que me aclararan tan peregrina afirmación, pero me olvidé. Sin embargo lo hizo otra lectora, supongo que atormentada como yo algunas temporadas, por tan antiecológico problema capilar. La respuesta que recibió en el número siguiente la educada incredulidad de la lectora no me gustó nada. La encontré despectiva. En ella se afirmaba que parte de la responsabilidad del cambio climático recae en partícululas en suspensión de orígen biológico y la caspa, como todos sabemos es de origen biológico, aunque en los casos más graves parezca de origen meteorológico (esto último es mío). Vaya, me dije. A este tío deberían embrearlo y emplumarlo en la plaza pública junto con el de la pérfida caspa. Y seguí adelante con la lectura sin darle mayor importancia al asunto. Ayer cayó en mis manos el cuarto número de conocer la Ciencia. Aprovechando que la quiosquera es amiga mía y no me pone mala cara si hojeo un poco las revistas antes de comprarlas, procedí. Ya en la contraportada, la primera en la frente. Me encuentro con el anuncio a toda página de un juego patrocinado por Movistar y cuyo tema es ¿adivináis? Pues sí, la película recientemente estrenada y basada en la infumable novela (y apoteósico éxito de ventas) del señor Marrón. Va a ser que el responsible de marqueting no se reúne con los que marcan la línea editorial de la revista con la debida asiduidad (como podéis comprobar soy un tipo permisivo, paciente casi hasta la nausea), o si se reúne manda más que ellos. Mala cosa. Y seguí con mi hojeo; eso sí, ahora iba con las orejas tiesas y temiéndome lo peor. Desgraciadamente acerté; casi al final, enla sección donde se recomiendan libros, documentales y demás, me encuentro con que me recomiendan a media página que bajo ningún concepto debo perderme cierto documental que amenaza con revelarme los aspectos más inquietantes del más grande genio del Renacimiento, sociedades secretísimas y prioratos de Sión incluídos. O sea, qu en una revista con supuesta vocación de divulgación científica tratan de colarme un subproducto de lo que ya de por sí, es lo más abyecto del guano literario. Pues va a ser que no. Así que, con un sonoro ¡A la Mierda! Que asustó a mi amiga quiosquera, devolví la revista al estante. No tengo nada en contra de que un iletrado con jersey de cuello alto se haga muchimillonario vendiendo un bodrio infumable que por alguna razón que no entiendo, han dado en llamar novela. Tampoco tengo ningún problema con que a provechando el tirón, se exprima también la teta cinematográfica y ya puestos, todas las tetas que haga falta. Es triste pero sé una o dos cosas sobre el mundo que habito. Sin embargo no permito que traten de tomarme el pelo. Eso sí que no. Y además estoy harto. Harto de encontrarme hasta en la sopa al señor Marrón, su parto, y toda la pléyade de subproductos que han generado. Harto de que traten de venderme la moto del fenómeno literario (como mucho fenómeno mediático y de los cutres). Harto de bombardeo, harto del señor Marrón y sus defensores, de sus campañas promocionales y hasta de sus detractores. ¡Harto! Así que Sres. de conocer la Ciencia. En el caso improbable de que lleguen a leer esto, tengo un mensaje para ustedes: ¡Que les den! Con su política de la pela por encima de todo acaban de perder un suscriptor. ¿A que jode? Pues eso.
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